Mosen José Pardo Asso

Imagen de Chaime Marcuello Servós

Si algo queda claro después de leer la "Ortografía sin reglas", es que la lengua fue una de las preocupaciones de mosén José. Vimos que en esa obra se planteaba esta cuestión de un modo pragmático. El objetivo principal era facilitar la escritura correcta para todas aquellas personas que tuvieran pretensiones de mejorar en ese aspecto. La expresión escrita de las ideas y de las palabras eran una tarea fundamental. Mosén José manifestaba, sin decirlo expresamente, una intuición privilegiada: la lengua y sus adyacentes son un punto radical de lo humano, sea como fuente de cultura, de poder o reconocimiento social.

Pero para mosén José, ésta no era su primera incursión dentro del campo de la "filología". En el año 1938, había publicado su "Nuevo Diccionario Etimológico Aragonés". Gracias a este libro, la memoria parcial de don José ha permanecido viva. El diccionario se conoce por sus dos apellidos. Es el Pardo Asso. Por ello, se puede considerar que es la obra más importante de las cuatro que nos han llegado. Dada la coyuntura política y cultural en la que se pubhcó el libro fue todo un hito. Hoy es una joya para bibliófilos y filólogos.

Como tal diccionario, es un repertorio de palabras, pero palabras propias del país. Son vocablos aragoneses que mosén José consideraba ligados a las tierras en las que él había vivido. Eran unas palabras, la mayoría de ellas, perdidas y alejadas de los compendios académicos establecidos.

El Diccionario se compone de cuatrocientas páginas en total. Por orden alfabético, se transcriben muchas de las expresiones que él pudo oir -y probablemente utilizó- en los lugares del Pirineo donde este hombre vivió y ejerció su sacerdocio. Además, no olvidemos que su familia procedía de Santacilia de Jaca. Como todo mozé de esa redolada aprendería a hablar en la lengua de los suyos. Sólamente los estudios le permitirían cobrar conciencia de las diferencias entre ese hablar popular y el lenguaje de los eruditos.

Este fenómeno es difícil de entender para aquellas personas que no han sentido esa disparidad. Una disparidad que no sólo era una cuestión filológica. Como luego veremos al analizar el prólogo, mosén José tuvo que experimentar en su propia piel la paradoja de expresarse en una lengua que no encajaba con los patrones oficiales. Y algo más, una experiencia peor, en esos años y hasta bien entrados la década de los 70, e incluso hoy, en el norte de Aragón la discriminación por razones de lengua era y es un hecho. Si alguien se expresaba como lo habían hecho sus mayores estaba hablando mal, no sabía hablar. Era así porque no existía el aragonés como lengua propia en la conciencia de sus hablantes. Tampoco en la de don José.

Entre las cuatrocientas páginas del Diccionario -de la misma forma que en la "Ortografía"- mosén José dedica unas pocas páginas como prólogo: de la siete a la doce, no más. En ellas, presenta el propósito del conjunto y transmite las ideas de fondo. Son las ideas que están latentes a su obra. Reflejan tanto los intereses del autor como algunos de los valores imperantes del momento.

Comienza el prólogo justificando su diccionario. Tiene miedo de que su empresa sea considerada "mezquina y ridícula". Quiere "confeccionar un Diccionario de voces que se usan exclusivamente en Aragón". Pero sabe que no será valorado. La hegemonía de la lengua castellana como "idioma culto" no permite demasiadas afirmaciones separadas de su orden establecido. Quien no hablase castellano no hablaba "lenguaje puro". El aragonés como idioma consolidado no existe, ni en el universo académico y erudito al cual dirige su Diccionario mosén José, ni tan siquiera entre las gentes sencillas de donde toma las voces.

Mosén José aporta su trabajo después de muchos años de observación. Cree que con ello colabora al enriquecimiento de "nuestra lengua común". Lo hace mediante una metáfora muy simbólica, para los aragoneses de su tiempo:

"porque los idiomas todos, como los ríos, crecen siempre con la afluencia de los pequeños arroyos que se agregan a su caudal, y muchas de estas voces regionales desechadas, menospreciadas como bárbaras, pueden ser admitidas en el Diccionario de la lengua sin menoscabo de su pureza y pulcritud".

Mosén José lo explicita con claridad: la lengua que hablan sus paisanos es una lengua bárbara para los oídos de los ajenos a ella. El afán academicista de fijar y dar esplendor ha calado en la conciencia de los filólogos de tal forma que aquello que no encaja es condenado al "barbarismo". A pesar de ello don José no cejó en su empeño.

Las voces que recoge tienen entidad, no por sí mismas, sino porque sus usuarios las emplean. Son palabras que expresan ideas y son capaces de comunicar significados con sentido entre sus hablantes, de ahí que mosén José se empeñe en darles categoría de palabras clasificadas, si se permite "diccionariables". Con esta actitud de nuestro autor, se entreve un dato subyacente: el hecho de aparecer un vocablo en un repertorio le concede honra y decencia. Como si a partir de ese instante se pudiera decir: - "Esta palabra vale, es del Diccionario."

De ese modo se exorcizan las burlas y los desprecios. Si el interlocutor no conoce el vocablo, no es porque esté mal utilizado, es por su desconocimiento. Nadie podrá ser despechado por ignorante al usar esas palabras que son de su entorno. Puestos en esa tesitura, podría haber optado por deslindar este idioma del oficial. Pero don José no termina de dar el paso que desmarque el habla de sus paisanos del español.

Mosén José tiene claro que "la riqueza de la lengua consiste en la abundancia de voces que expresan con precisión las ideas y no en la variedad y diferencia que las mismas representan". Y lo hace constar frente a las tesis de otros filólogos que opinan lo contrario. En definitiva, quiere colaborar a que se engrose la riqueza filológica del idioma español, que el considera una de las lenguas más "hermosas de Europa". No puede saltar por encima de los muros simbólicos de su tiempo.

Aquí es donde se ven las limitaciones de don José. Le era imposible salir de su universo referencial, tanto en lo estrictamente filológico como en lo metafilológico. Por eso se equivocó cuando afirmó que:

"Al confeccionar este Diccionario de voces aragonesas no trato de formar el catálogo de un dialecto particular, porque este nombre no se puede dar sino a una lengua distinta en sintaxis o por lo menos en la declinación y conjugación; porque, aunque haya diferencias considerables entre el castellano y el habla aragonesa, sobre todo con el del Alto Aragón, no discrepan en lo esencial".

Estudios posteriores han mostrado las diferencias esenciales entre estas dos lenguas procedentes del latín. En el momento de la publicación de la obra tenía que ser muy difícil pensar desde otras coordenadas. La Cruzada española era un yugo que pesaba incluso en los difusos límites de las lenguas. Por eso, si leemos en las entretelas del texto, el equivoco de mosén José quizá no lo sea tanto. Detecta "diferencias considerables", no se atreve a decir que son distintas, para él coinciden "en lo esencial". Ambas afirmaciones no van desencaminadas... En efecto, lo esencial entre las dos lenguas es su derivación del latín. Las estructuras generales necesariamente han de presentar similitudes, aunque luego las diferencias sean considerables. Pero el peso ideológico asociado a la lengua hegemónica no permitía pensar con otra clave ni ir más allá de los límites establecidos.

Situados en esa perspectiva, es probable que con este Diccionario esas fronteras se estuviesen rebasando. Para mosén José es una "injusticia, una falta contra nuestra civilización anterior, o por lo menos una vana presunción, el querer desechar todas las voces que se usan en Aragón".

Él quiere rescatar del olvido, perpetuar las palabras que colaboran a "dar belleza y fuerza de expresión a nuestro idioma". Un idioma que es el común, el español. Dentro de ese universo de valores, ¿qué cosa mejor le puede suceder al habla aragonesa que ser incluida dentro del hermoso y rico idioma español?. Mosén José es aragonés hasta la médula y quiere lo mejor para Aragón, un Aragón que él siente dentro. Esa pasión tiene que encajar en el mundo de referencias donde vive. De ahí se concluye que es una consecuencia necesaria elevar de rango a lo que otros llaman barbarismo, -esa forma de hablar que realmente tienen unas "diferencias considerables"-.

En este sentido apunta con una frase-párrafo una cadena de ideas que no tienen desperdicio:

"Con el curso de los tiempos, la variedad eufónica de las provincias que refina o adultera la lengua con su manera y deje regional; y hasta por la etimología de las palabras que el pueblo conserva aun pura, se ha establecido diferencias entre el habla aragonesa y el idioma castellano que nunca podrán eliminarse porque van como incrustadas en su alma: pero eso en nada perjudica a la claridad, antes bien la ayuda, conocido el significado de las palabras propias de cada región, no por su pronunciación o amaneramiento que los escritores festivos les dan como recurso al gracejo o mal informados, sino por su expresión genuina y tal como el vulgo profiere, aunque, a veces, con alguna alteración".

Don José, que antes ha dicho que en lo esencial coinciden el idioma castellano y el habla aragonesa acaba de contradecirse. Las diferencias que los separan están "incrustadas en su alma". Para un cristiano como él, no puede haber lago más esencial. En el alma, aragonés y castellano son distintos. Con esta afirmación ha roto el límite simbólico, aunque no se atreva a expresarlo con más nitidez. Aunque no le quepa en su orden de valores ha abierto una brecha entre una lengua y otra, entre aragonés y español, que no se queda en lo superficial de la pronunciación o en los chistes fáciles con los que juegan "escritores festivos".

En los párrafos siguientes, aclara que su repertorio de palabras no es exhaustivo, ni tampoco lo ha pretendido. Pero si que quiere mostrar los errores del Diccionario de la Academia:

"Sería prolijo enumerar todas las deficiencias de que adolece el Diccionario de la Academia por falta de una buena asesoración en cuanto se refiere al habla regional, y más aún el hacer constar todas las voces que unos y otros han coleccionado y que no se diferencian del idioma castellano en algo esencial".

Mosén José aporta cinco mil vocablos de su colección particular junto con un fundido de las recogidas por el Diccionario de la Academia y otros repertorios. Lo que quiere es "conservar las que son verdaderamente un valor filológico sobre el castellano" de tal forma que se eliminen las que son relevantes. Esto es, su repertorio ofrece palabras "con expresión de conceptos que no tiene la Academia y propia personalidad por su origen". Lo cual expresa con mucha humildad:

"...como se puede observar examinando las etimologías que me ha sido posible encontrar valiéndome del único medio que conozco algo, el latín, y por ser ésta la fuente de donde fluye, en casi su totalidad, nuestro léxico regional".

De nuevo ha aportado un dato desde el cual se podría haber emancipado a la lengua aragonesa de su vasallaje con el español. El latín es el tronco de donde proviene nuestro léxico". Esto es un punto importante para considerar al aragonés como dialecto del latín y no del español. Insiste en la idea al que su "pretensión [era] encontrar la verdadera madre que dió vida al habla de Aragón". Quizá es que las diferencias eran tan considerables que se necesitaba una arqueología más honda que la simple afirmación hegemónica del español.

Para don José este fin "justifica la temeridad" de atreverse a buscar etimologías. Se siente osado, se siente en terreno vetado, se siente sobre tierras movedizas:

"... si acaso mi empeño fuera esfuerzo inútil, mi amor a lo nuestro disculpa que, osado, profane su altar sin otro carácter que mi buen deseo de aragonés puro ni más tecnicismos que mis cortos conocimientos de latín".

La idea de profanación, el símbolo del altar, muestran la importancia que para mosén José tenía esta tarea. Una labor envuelta en una atmósfera cuasirreligiosa en la que se manifiesta una pasión profunda y enorme por el aragonés. Parafraseando la escena bíblica de la expulsión de los mercaderes del Templo invoca a D. Jerónimo Borao como un aragonesista que sería capaz de desalojar:

"el templo de la cultura aragonesa, invadido por mercaderes que, con humorismo falto de ingenio y ayuno de gracejo, sólo saben ridiculizar al tipo aargonés poniendo en su boca barbarismos y sandeces, como si Aragón fuera la cuna de la zafiedad y de la estupidez".

Mosén José ha transcrito en este párrafo parte de sus tesis sobre el humor aragonés que publicó en ese otro par de obritas ya citadas, desconocidas en la actualidad, que analizaremos en el próximo artículo. Pero, además se ha confesado aragonesista en la defensa del patrimonio cultural aragonés. Una empresa en la que se une especialmente a su mentor Sr. Allué Salvador, por aquel entonces presidente de la Diputación.

Con este Diccionario mosén José quería mostrar a los "intelectuales que sólo en las vacaciones veraniegas y alguna otra vez solamente conviven con el pueblo" que la gente de su país no era inculta, ni estúpida y mucho menos zafia como les parecía cuandos se expresaban las gentes "en toda su nanturalidad". Esto fue una labor de afirmación de lo propio desde la cultura y el estudio de un hombre sencillo e inteligente habla pasado... "toda mi vida entre el pueblo rural compartiendo con él sus penas y alegrías". Un matrimonio fructífero.