El hombre de la boina

Aquella mañana de 1975 el cuartel quedó tendido en el suelo, apelmazado por una densa niebla de otoño. El ruido de los tambores y cornetas de la banda, otras veces atronador, se ahogaba entre las diminutas gotas de agua que saturaban el ambiente.

Los mulos desbocados y el tropel de los atemorizados reclutas que los perseguían era otro de aquellos sonidos que en aquella mañana reptaba torpemente bajo el abrumador manto de la niebla.

Por contra, en aquella maña de física comprimida, los efluvios de las cuadras eran más densos y penetrantes que de costumbre.

Algunos soldados, que ya madrugaban en la ímproba ciencia del escaqueo, pasaban a un palmo de nuestras narices. Desfilaban sin rumbo tras las enormes vidrieras de Jefatura de instrucción atenazados por el frío y el acartonado roce del chester en sus carnes. A veces, alguno se giraba hacia nosotros y el vaho de su aliento empañaba los cristales y nuestra conciencia, sobre todo la de alguno de los nuevos, la de los bultarracos o sacopetates; aquellos que, a pesar de que constituíamos la última casta viviente de Jefatura y que alguna mañana sentimos tener un lugar de privilegio entre los muertos uniformados, en realidad éramos unos enchufados.

En una esquina, absorto, caído de hombros y haciendo aros de humo con el cigarro estaba el de la Marcha verde, un tipo pesado que recitaba epopeyas que nadie escuchaba y que, a punto de licenciarse, lo habían enviado al cuartel más próximo a su casa. A su lado estaba el del heliógrafo, que siempre olía a amoniaco y que aquel día, por razones obvias, holgazaneaba como lo hacían todos los de las castas superiores.

El furri de Teruel era un tipo rural, visceral y primario; auténtica sabia de enebro que por ninguno de sus poros dejaba aflorar un asomo de ilustración. Nadie mejor que él para ejercitar el imperecedero sistema de ritos de paso y de castas entre la tropa. Aquella mañana repartía su arduo quehacer entre dos actividades igual de atávicas: con un ojo exploraba el sexo de una revista y con el otro controlaba un cepo de gorriones plantado en el jardín.

En el cuarto de al lado un soldado seboso, de mirada mansa y prematuramente calvo, clasificaba pilas de libros en la mesa del comandante. Los sacaba de un labrado armario negro de estilo castellano y bajorrelieves imperiales. Curiosamente aquel individuo era un licenciado en Historia fichado por su activismo estudiantil y político y, también curiosamente, era él el que clasificaba los libros requisados en el cuartel por el servicio que velaba por nuestra lealtad ideológica. Aquel personaje romo había llevado la dialéctica a tal extremo que supo mutar su destino de castigo en una batería de carga y descarga a lomo por el de bibliotecario del comandante que lo controlaba.

Lalo, que así se llamaba el sujeto en cuestión, era la antítesis del furri de Teruel, varado en los páramos de la ignorancia y de la brutalidad, cual acémila a un pesebre.

Bien fuese por su bondad o porque desdeñaba los derechos jerárquicos que le daba su condición de bisabuelo a las puertas de la licencia, el caso es que los nuevos, los de la existencia negada, nos acercábamos cada día más a él.

En la esquina de la mesa tenía una pila de siete libros idénticos que guardaban un descuidado equilibrio. Eran «los politzer» que él nos recomendaba desde para el mal físico hasta para el mal de amores, que por entonces teníamos muchos. Decía que era lo único aceptable que había dentro del armario, del mismo modo que aseguraba que Huesca sólo tenía una cosa buena y que era el programa que hacía un cura en la emisora local con el título de «El hombre de la boina».

Creo que se emitía a las nueve de la mañana, cuando los zafarranchos y las coces de los mulos tensaban más el ambiente. Poco a poco, a la par que me introducía en las artes de la vida cual personaje de Quevedo, fui acercándome al bibliotecario y a la voz de Don Antonio, que así se llamaba el cura.

Aquella mañana brumosa habló por la radio del judío converso Pedro Alfonso, oscense del siglo XII, autor de la Disciplina Clericalis y símbolo de la tolerancia y de la convivencia pacífica entre los pueblos, las culturas y las lenguas.

Oir aquello ante el acecho bárbaro del bisabuelo de Teruel y escucharlo en aquel otoño del 75 en que entrábamos a las garitas de dos en dos con la bayoneta calada cual sombras vivientes de los muertos de Anual, resultaba cuando menos chocante.

Bien se valió de que aquel Atila de los páramos del jamón no tenía muchas luces y que no prestaba atención a las monsergas del cura y que, por cierto, no sabía que éste era catalán pues de lo contrario aquello hubiese representado el troceo del transistor y la consiguiente bronca.

En cambio, si que conocía los orígenes del cura un maestro catalán de Berga que lo escuchaba como alivio a sus permanente inhibición de identidad pues ya se sabía: en Jefatura y ante el bisabuelo sólo se podía hablar «en cristiano»...

Otra mañana de aquel lejano y frío otoño vi que Lalo, el bibliotecario romo y rojo, tenía sobre la mesa un libro distinto a los que él manejaba de ordinario. Me dijo que era uno de los libros que escribía el cura de la radio. Era El arte altoaragonés de los siglos X y Xl-una reliquia que guardo y que no tardé en leer con auténtico apasionamiento-.

Para mí aquellos días supusieron la entrada en la universidad de la vida y del saber. Yo, en realidad, a pesar de mis origenes humildes, aún no me había quitado de encima el relente de la leche en polvo y el brillo de los zapatos de charol de la primera comunión.

Sumido de pleno en aquel ávido aprendizaje, una mañana escuché a Don Antonio y me percaté de que había, según él, otro tipo de aprendices que lo tenían más chungo que yo. Lalo me contó que además de ser investigador tenía un compromiso social muy fuerte. Y tanto que lo debía de tener, pues yo no estaba acostumbrado a oir aquellas cosas en un medio de comunicación:

- "«Ustedes me disculparán -empezó Don Antonio- pero otra vez he de meterme con los aprendices. Un grupo de ellos, con ganas de ver el mundo con sus propios ojos y de juzgar el entorno con sus espabiladas inteligencias, se han reunido para la reflexión, el estudio, el pensamiento y han pubilcado un documento en el que matizan su situación en el trabajo, en la escuela de formación profesional y en su juventud. Y no para hacer un panegírico de sus cualidades, de sus valores, de sus personas sino para detectar la realidad que les envuelve y analizar su propia responsabilidad en los males que les acucian. Hay en ellos unas inmensas ganas, muy justas por cierto, de que se deje de considerarlos niños de obedecer y callar de un lado y objetos de fácil explotación a cambio de consumismo alienante de otro lado»."

Llegada la emisión a este punto Lalo dió un formidable golpe con un «pollcher» del montón en la propia mesa y las carnes de su cuello se enrojecieron desbordando las apreturas del cuello de la guerrera.

Nosotros, los de la existencia negada todavía, escuchábamos embelesados aquel hablar pausado, seguro pero aterciopelado. Aquel discurso sensato y justo que inconscientemente hacíamos extensivo a nuestra condición de aprendices en la supervivencia castrense...

Lalo tanteó con sus dedazos el volumen de la radio, recompuso su postura y barrió con su vista el entorno, según sus viejos hábitos clandestinos. Mientras la radio seguía:

- "Los aprendices, y me parece estupendo, quieren ser ellos mismos y quieren ser artífices de sus propias vidas. Reclaman con toda justicia el respeto que merece toda persona humana desde la indefensión en que se encuentran ante patronos y encargados, desde la marginación de que se sienten víctimas en la escuela, desde el autoritarismo de los padres, desde la sensación de víctimas del consumismo que los manipula en las diversiones y desde la falta de libertad que les cohibe desde todos los ángulos. Piden a gritos el acceso a la cultura, al deporte, a la formación humana, el ser tenidos como personas y no -dicen textualmente- como meras máquinas para producir y consumir."

De nuevo otro sobresalto nos sacó aquella mañana de nuestro encandilamiento: el furri, que a veces tenía algún gesto solidario, aporreó la pared desde la oficina contigua: - "¡Diana, bultarracos, que viene el comandante...!"

En un instante nos batimos en retirada y la habitación quedó en perfecto estado de revista. El bramido de la banda retomó el protagonismo en el cosmos y Lalo siguió fichando los libros del contubernio.

Cuando llegaban los días de fiesta el cuartel podía llegar a adquirir un encanto insólito: los pájaros picoteaban el grano de los mulos hasta en la entrada del edificio donde ensayaba la banda. Era entonces cuando los eremitas del silencio -que no éramos muchos- oficiábamos los plácidos rituales de la lectura y el asueto.

Lalo, para aquellas paradisiacas tardes, tenía dos lugares predilectos: uno era las aulas de alfabetización, que los días de entre semana albergaban a la cuarta parte de los soldados charnegos y el otro era, por supuesto, la oficina de Jefatura, al cobijo de los bajorrelieves imperiales del inquisidor armario negro.

Allí lo encontré un domingo. Escuchaba a Labordeta. Creo que era aquello de las «Coplas de Severino el sordo» que le hacían tanta gracia. Digo esto porque lo del «Canto a la libertad» se guardaba para momentos más rituales y sublimes, para cuando él se encerraba con los fichados de otras baterías.

Antes de licenciarse aún coincidimos algún otro día de fiesta y hablamos largo y tendido. Aún conservo una larga lista de bibliografía que me pasó y que yo leí y subrayé con cándida avidez.

El Pirineo aparecía con frecuencia en nuestras conversaciones y era aquí donde yo me amparaba para catapultarme hacia humildes disquisiciones científicas y filosóficas.

También solía leer «Andalán». Aún recuerdo una portada de este semanario: Un saturno goyesco se alzaba sobre los picachos del Pirineo mientras retenía en su mano las llaves de las casas que eran abandonadas por riadas de boinas andantes y pañuelos anudados que, camino de la ciudad, arrastraban su maleta.

A propósito de aquel dibujo le hablé de que yo tenía un tío en Susín que se había quedado sólo, que no se había marchado como los de la portada de «Andalán».

Cuando Lalo escuchó el nombre de Susín dió un chasquido almohadillado con sus dedos y abrió «el libro del cura». Tenía señalada la página y la abrió automáticamente teniendo tiempo incluso para mojar en la lengua su abombillado dedo pulgar.

- "Mira, Ainielle -me dijo casi en plan de confesión- tengo yo en Susín un asunto del cura que me trae loco. Fijate en esta ese retorcida e incisa de un sillar del ábside de la iglesia...."

Efectivamente la vi pero no descubrí nada extraño en ella, se trataba, como muy bien decía Don Antonio en la página 121 de su libro, de uno de los sillares reutilizados de una construcción anterior al templo actual.

Para Lalo, aquel lejano amigo rojo y romo, las cosas iban más lejos: la doble espiral del sillar de Susín simbolizaba el camino positivo y creativo de la humanidad y, para mí, el inconfesado idealismo que ocultaba su materialismo acérrimo.

Según él la espiral inferior, levógira y más pequeña, representaba a las miserias destructivas del ser humano. En cambio, la superior, dextrógira y más amplia, la renovación creadora, el halo creativo y solidario de las gentes, el vértice cristocéntrico de Teilhard de Chardin...

Han pasado muchos años y muchas veces al pasar por Susín y ver la ese del ábside me he acordado de Lalo, de Don Antonio y de su libro.

Este otoño del 94 que, por cierto, también tiene nieblas, ha muerto el cura, Don Antonio, «El hombre de la boina», el animador de los aprendices. De Lalo no sé que ha sido. Pensé verlo varias veces en el funeral de su cura pero no era él, ¿o sí?, no lo se; había mucha gente. Sí que vi a cuarentones que fueron aprendices en las juventudes obreras y católicas y al que le dibujó para su libro la ese de Susín.

Hoy, día siete de diciembre, por fin, la niebla ha levantado y al llegar a casa he encontrado la esperada señal de vida del viejo amigo. Me ha enviado la tarjeta postal casera que aquí reproduzco. Contiene un dibujo jeroglífico que entiendo muy bien. En él firma y escribe: «A crecer tocan...!» Y yo he añadido al pie: «No pides nada, viejo amigo, rojo y romo...».

Huesca, 7 de diciembre del 94.

El texto de «El hombre de la boina» es literal y proporcionado en grabación sonora gentilmente por Radio Huesca, Cadena SER.