Tendencia europea en la pintura altoaragonesa de la segunda mitad del siglo XV

Las circunstancias geográfico-históricas que confluyen en el Alto Aragón durante la segunda mitad del siglo XV hacen de este territorio hispano un cruce de caminos que se verá enriquecido con la llegada de variadas influencias culturales y artísticas.

En el terreno de la pintura sobre tabla se advierten relaciones con el exterior debidas a la llegada de pintores foráneos y a la marcha de artistas oscenses a trabajar fuera en busca de nuevas orientaciones profesionales. Es también frecuente el caso de artistas que en su primera juventud irán a formarse fuera de Aragón con lo que ello supone de enriquecimiento personal y ampliación de horizontes lo que después se refleja en su biografía. Los centros habituales de procedencia de los pintores que vienen a trabajar a tierras altoaragonesas o a recibir enseñanzas de los pintores oscenses más acreditados son principalmente de Lérida, Tarragona, Barcelona y Valencia, sin olvidar algunos castellanos y navarros.

Lo s pintores oscenses que busquen sus enseñanzas lejos de su tierra natal se dirigen en un primer lugar a Zaragoza, por su proximidad geográfica, y luego hacia Barcelona, por ser la ciudad condal el centro más destacado de actividades artísticas dentro de la Corona de Aragón durante el siglo XV. Tampoco hay que olvidar a Valencia que vive durante la segunda mitad del siglo XV un buen momento para las Bellas Artes y, particularmente en el apartado de la pintura sobre todo con destacados pintores, Jacomart, Reixach, a nivel internacional.
Otra vía de recepción de influencias exteriores en los talleres pictóricos altoaragoneses es la del mecenazgo, nobiliario y eclesiástico, a través de la adquisición de obras de arte realizadas fuera de Huesca pero cuyo destino es el de decorar edificios públicos y privados de los altoaragoneses.

Los lugares de ubicación de los principales centros de producción de retablos son en la segunda mitad del siglo XV las ciudades de Barbastr o, Huesca y Jaca; coinciden con las sedes episcopales o catedralicias y con los centros de asentamiento de comunidades religiosas, masculinas y femeninas importantes. Junto a ello hay que recordar la existencia de monasterios alejados de los centros urbanos, como Santa María de Casbas, Santa Cristina de Somport y Santa María de Sigena que enriquecerán notablemente su patrimonio mueble durante esta centuria.

Las obras se encargan mediante capitulaciones notariales (de las que se conservan numerosos ejemplos en los archivos aragoneses) en las que se indican las condiciones de su realización, plazos a tener en cuenta, costo y tamaño, además de la técnica a emplear y su iconografía. En ocasiones el contrato se acompaña de un dibujo o boceto (el caso del retablo de la Virgen con el Niño encargado a Bernardo de Arás para el lugar de Pompien, cuya traza se guarda en el Archivo Histórico de Huesca) para mostrar el aspecto que tendrá el encargo una vez terminado.
Los m odelos que se proponen por parte del demandante hacen referencia a obras conocidas por el artista contratado bien por ser suyas bien por pertenecer a un pintor de reconocidas popularidad y solvencia profesional.
En la segunda mitad del siglo XV es frecuente que los pintores recurran para sus composiciones al uso de grabados, muchas veces flamencos o alemanes, recibidos en Zaragoza y después en Huesca a través de los comercios de venta de libros y de los talleres de los impresores que se habían establecido en Aragón como Juan y Pablo Hurus, Enrique Botel y Mateo Flandro, entre otros.

Desde el punto de vista estilístico las tendencias manifestadas a través de las obras que se conservan son variadas; no cabe hablar únicamente de "pintura hispano-flamenca en el Alto Aragón"; aquí coinciden influencias flamencas y holandesas, borgoñonas y provenzales sin olvidar aquellas más cercanas como las catalanas, valencianas y mallorquinas.
La escuela de Zaragoza, de tanta riqueza de matices a finales del XV, será un lugar de atracción para muchos artistas oscenses sin desdeñar la influencia directa ejercida por aquellos pintores zaragozanos, como Martín de Soria, Martín Bernat, cuyas obras sean solicitadas para decorar iglesias situadas en distintos lugares de la diócesis oscense. La segunda mitad del siglo XV coincide con el auge del retablo como mueble litúrgico, frente a una cierta decadencia de la pintura aplicada al muro. Los retablos, de configuración arquitectónica, ofrecen una disposición horizontal, en pisos, y vertical, en calles, heredadas de la centuria precedente. Su tamaño varía, según sea el lugar de destino, y su temática sigue la tradición regional y local, a la hora de elegir una determinada representación religiosa. No son raros en el Alto Aragón los retablos de carácter mixto en los que se combina la escultura para la figura titular y la pintura para el resto (se recuerdan los retablos de la iglesia de Santa María de San ta Cruz de la Serós y de San Salvador en Pallaruelo de Monegros, este último destruido casi totalmente en la guerra civil), y la técnica más utilizada es la de los colores aplicados al temple que después se completará con retoques al óleo para ser sustituida, al final de la misma centuria, por el óleo con el que se obtienen mejores resultados en la policromía.
El oro, material utilizado abundantemente en las pinturas sobre tabla durante el siglo XIV, como medio de desmaterializar los fondos y de embellecer los nimbos y ropajes de los personajes sagrados, irá poco a poco reduciendo su presencia en las obras para ser sustituido por paisajes, más naturalistas y acordes con el nuevo tratamiento dado a las figuras a las que se trata de representar con mayor autenticidad y realismo.

Los pintores activos en el Alto Aragón durante la segunda mitad del siglo XV, de los que se conoce documentación y de los que, en ocasiones, se conserva parte de su obra lo que permite ide ntificar su personalidad artística, son los siguientes: los oscenses Juan de la Abadía el mayor (1469-1498) y su hijo Juan de la Abadía el menor (1498-1511), Pedro García de Benabarre (1445-1496), el castellano pero afincado en Zaragoza, Miguel Jiménez (1462-1505), con su hijo Jiménez, los zaragozanos Martín de Soria (1449-1505) y Martín Bernat (1445-1503), sin olvidar a Pedro Díaz de Oviedo (1487-1510) del que se desconoce su lugar de nacimiento. Junto a ellos surgen otros nombres de pintores de los que hasta la fecha actual no se ha podido identificar su estilo, tales como el leridano Franci Joan Bachet (1482-1506), discípulo y colaborador de los Abadía, los oscenses Alfonso Pérez (1471-1507), Juan Reg (1483) y Paulo Reg (14935), y los zaragozanos Miguel Vallés y sus hijos Miguel y Bartolomé (1457-1499) con destacada actividad en la Jacetania. Y quedan sin atribución todavía bastantes pinturas sobre tabla de las que no se tiene documentación firme. Todo ello corrobora el importante papel desempeñado por los representantes del estilo gótico final en el Alto Aragón y la necesidad de seguir con las investigaciones emprendidas para saber un poco más de una de las etapas más significativas de nuestro pasado artístico(1).

  • [1] Las dataciones de los pintores corresponden a los datos proporcionados por la documentación de archivo, y corresponden en la mayoría de los casos, a los años de actividad de sus autores.