Al hablar de la religiosidad popular, y de las romerías en particular; forzosamente se debe hacer un alto para analizar el siglo XVII. En esta centuria calamitosa, de la que bipolar y complementariamente brotará un enfervorizamiento religioso y a la vez una inflación supersticiosa, las romerías y toda la religiosidad popular envolvente acabarán de constituirse para llegar hasta el desmantelamiento de la sociedad rural en el siglo XX.
El siglo XVII es una centuria de recesión. El techo demográfico en Aragón se alcanza entre 1601 y 1605 -antes de la expulsión de los moriscos-. Cada día más, se busca la explicación a esta recesión en 1a resultante de combinar la situación de mundo lleno, generada en el siglo XVI, con el cambio climatológico que empezó sobre 1580 y que se ha dado en llamar la Pequeña edad glaciar COLAS, G.SALAS, J. A.op. cit., pp. 45-60.
. Esta hostilidad obsesiva del medio natural se plasmará esencialmente en sequías, plagas y pestes. La conjugación en el ciclo anual de frío y sequías tal vez se pueda explicar por el deslizamiento general de los centros de acción atmosférico hacia el Sur, con lo que el anticiclón de las Azores no permitiría la llegada de frentes lluviosos en primavera y en otoño -momentos claves en el ciclo agrícola- mientras que en invierno se darían prolongadas situaciones del Norte.
Al observar las fechas que a lo largo del estudio, desde el siglo XVI al XX, encarnan desgracias naturales, salta a la vista que un 40 % de ellas acontecen en el siglo XVII, hecho que refuerza lo dicho sobre la hostilidad de la centuria (vid. anexo V-l0).
En general, los periodos calamitosos señalados por los historiadores para Aragón COLAS, G.SALAS, J. A.op. cit., pp. 53-60.
coinciden con los que aparecen en el trabajo para Serrablo y Campo de Jaca, ya que observando el ámbito geográfico de las gentes que acudían a las veneraciones se hace notoria -la generalidad del fenómeno: afectaba a las Cinco Villas, Pirineo francés, Somontano, Valle del Ebro etc.
Sin embargo, en estas montañas, al margen de las sequías y malas cosechas del primer tercio de siglo, cabe resaltar dos hechos: el primero fue la llegada durante el año 1654 de la peste bubónica, que procedente de Argel, había brotado en Valencia en 1647; su llegada se reflejará rápidamente en las gráficas demográficas (vid. Senegúé. Anexo I.5); el segundo hecho destacable dentro del contexto aragonés es la especial hostilidad en la montaña de la década de los ochenta, donde pestes, sequías y plagas se aúnan, siendo significativa la dureza del año 1680 y la plaga de langosta de 1687, que han recogido incluso las inscripciones en la arquitectura popular de la comarca (vid. anexo V.10).
La situación recesiva se verá plasmada también en el panorama arquitectónico, en el que la casa-bloque simple será elemento suficiente ante el estancamiento económico Garcés, JoséGavín, JulioSatué, Enrique Arquitectura popular de Serrablo. Instituto de Estudios Altoaragoneses. Huesca 1988 III.2.2.
. A pesar de todo, lo cierto es que la recesión no afectó por igual a todos los montañeses: algunas familias infanzonas construyen edificios costosos, será el caso de las viviendas-fortaleza de Gillué, Yéspola, etc., o las casas con grandes salas de suelos fabricados a base de cantos rodados (casa Isábal de Lárrede, etc.). La arquitectura popular del siglo XVII también reflejará el fervor religioso del momento; prueba de ello serán las cruces que de forma casi generalizada rematarán los retardatarios arcos conopiales.
El catastrofismo del siglo creará un sentimiento de impotencia, que los rígidos cauces postconciliares de la iglesia no podrán canalizar en su totalidad, surgiendo así lo que algunos autores han dado en llamar inflación supersticiosa.
El incremento del fervor religioso conllevará una intensificación de la inversión popular, directa o indirectamente, en ermitas, retablos, jocalías. etc.; acción que, dadas las características del siglo, verá realzado su sentido penitencial.
En el orden estrictamente religioso, el siglo XVII reportará:
Como se ve, el siglo XVII dejará prácticamente trazadas las pautas religiosas por las que hasta el siglo actual se regirán las romerías; sin embargo habrá que esperar a la expansión económica para que éstas dejen de tener en exclusividad un carácter trágico-religioso para convertirse además en lúdicas y catalizadoras de lo social y de lo económico.
Respecto a la inflación supersticiosa (vid. II.2.3.) Satué, Enrique Las romerías de Santa Orosia. III.3.3.
, cabe pensar que surge en base a los efectos psíquicos producidos por el catastrofísmo del siglo por un lado, y a la rigidez de la iglesia postrentina, incapaz de catalizar el substrato pagano que siempre envuelve a la religiosidad popular por otro. El fenómeno se pronuncia a dos niveles: de forma generalizada e inmerso en la vida cotidiana en uno, y en otro, más extremo, con ubicación geográfica concreta, en el conocido foco del valle de Tena, estudiado en su tesis doctoral por Angel Gari Gari Lacruz, Angel Las romerías de Santa Orosia. Brujología. Congreso de San Sebastián. Ponencias y comunicaciones. Madrid 1975 pp. 37-52
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No parece arriesgado otorgar cierta relación entre las fechas del fenómeno brujesco del valle de Tena (1637-1643) por un lado el que la mayoría de los encausados fuesen mujeres por otro y, finalmente, las desastrosas cosechas del primer tercio de la centuria: la miseria agudizaría la jerarquización y opresión que la institución de la casa otorgaba a sus miembros, especialmente a las mujeres englobadas en el tionaje (vid. I.3.3.); de allí el que un gran sector femenino que alcanzó la madurez en aquellas décadas precedentes a mediados de siglo acusasen especialmente carencias físicas y desajustes psíquicos A la hora de enjuiciar la superstición-brujería-desajustes psicofísicos en el valle de Tena, habrá que tener presente la endogamia mantenida en la zona hasta el siglo XX, y el hipertiroidismo y sus secuelas psíquicas, pues la cabecera del valle es granítica y por lo tanto deficitaria en yodo. .
En la vida cotidiana del siglo XVII solía ser corriente la búsqueda por la colectividad de personas del grupo sobre las que descargar y sublimar las tensiones que creaba la experiencia vital del momento, fenómeno que contaba con la aquiescencia de la Iglesia, que así pretendía difuminar su impotencia para controlar los continuos azotes de la naturaleza; este será el caso de una familia serrablesa de Ipiés, acusada de brujería y perseguida fatalmente por la histeria colectiva del pueblo en el año 1645 Gari Lacruz, AngelBrujería en Serrablo. VV.AA., Miscelánea de estudios en honor de don Antonio Durán Gudiol. Sabiñánigo 1981 pp. 143-154. .
Por otra parte la centuria decimoséptima, con su superávit demencial, institucionalizó la asistencia de los endemoniados a los santuarios para evitar su posesión -en realidad, enfermedad psico-fisica-. De este siglo proviene también la configuración del ámbito geográfico con que los endemoniados acudían a los santuarios de Serrablo.