Una hoja trémula colgada de la rama sustentada por el magisterio de los Sabios y que lucha por no caer con el viento otoñal.
Con la muerte de Antonio Durán Gudiol se cierra un ciclo espléndido de la Historia de Aragón, porque Lacarra, Ubieto y él mismo son ya historía, pero historia revivida en sus muchas páginas que constituyen para siempre referencias obligadas, autoridades, en el sentido de clásicos imperecederos. Pues, ¿no se sigue leyendo a Zurita a pesar de responder a un tiempo tan remoto y de haber escrito al modo historicista, pero histórico, que en su tiempo imperaba?.
Un navarro de origen, un aragonés de convicción y un catalán de nacimiento, estarán ya, seguramente, averiguando para siempre el lugar y las precisas circunstancias de la derrota del ejército carolingio, allá por el año 778, y a manos de quién o de quienes: vascos, sarracenos o aquitanos.
El uno, Lacarra, con su tímida mirada de escudríñador del pasado de Aragón, o de Aragón en el pasado; el otro con el arranque montaraz de quien contrarresta la duda científica con la seguridad manifiesta; el tercero, don Antonio para todos, con la pícara sonrisa que traduce una duda metódica celosamente guardada pero descubierta, a su pesar, por sus íntimos.
Y, sin embargo, los tres se respetaron y se admiraron como auténticos maestros que fueron entre sí; construyendo con su esfuerzo y aplicación los cimientos de nuestro pasado. Porque los tres eran maestros y a la vez discípulos; porque los tres ignoraban más cuanto más sabían, reconociendo humildemente las dificultades y desconocimientos, pero sin alardear de lo sabido ni esconder lo ignorado. Porque los tres eran sabios, y como tales modestos, honrados y respetuosos.
No hicieron una historía de cartón piedra, ni levantaron falsos escenarios tan efímeros como ostentosos, ni buscaron la fama ni el reconocimiento. Aunque los tres recibieron en vida los mayores laureles de su tierra de adopción o de orígen. Y algún día habrá que hacer un balance historiográfico sobre la obra que tan insignes conocedores del pretérito de Aragón nos han legado como precioso tesoro que todos debemos conservar y difundir. Pero no es ahora el momento.
En un tiempo de incertidumbre sobre el porvenir, de inseguridad hacia el futuro y de tanta confusión mental e ideológica, despreciemos a quienes buscan en el pasado la justificación de sus conductas, la negación de la evidencia y la cortina de hurno de su soberbia. Y acudamos de nuevo a nuestros clásicos que hicieron patria sin renegar de sus orígenes vecinos y hemanos.
Pero una patria fundada sobre un solar antiguo que debe respetarse a sí mismo para que sea respetado ahora y siempre. Y ahí encontraremos siempre a Lacarra, Ubieto y Durán; los tres según el aforismo juanramoniano: el orden en lo exterior y la inquietud en lo interior. Los tres con la misma timidez de la duda existencial y académica; esa duda que, como decía el mismo Juan Ramón, no se cura nunca porque no es una enfermedad.
Los tres sabios dominaron los instrumentos necesarios para descifrar las claves de la historia de Aragón en sus primeros siglos condales y monárquicos, las relaciones entre las gentes que poblaron y ocuparon el territorio aragonés, el papel de la Iglesia en la configuración del reino o las herencias culturales de un espacio receptivo y abierto a los vientos de la historia.
No se ha vuelto a dar una tríada como la que hoy, con la desaparición de Durán Gudiol, añoramos y lloramos. Y todos hemos quedado huérfanos por tercera vez. Pero nos quedan sus libros, inmensos como el océano del tiempo, acertados como el vuelo del águila; porque el pasado síempre estará presente, y en ese presente encontraremos a la diestra a quienes más jóvenes que ellos tendieron puentes desde su altura hasta quienes se han ido acercando con respeto y admiración. Y ojalá esos puentes tendidos por manos femeninas no se rompan en muchos años.
Esteban Sarasa es Profesor Titular de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza.