Mi querido Don Antonio. Maestro y Amigo

Hace unos meses vivimos, en ese entorno entrañable y acogedor del claustro de San Pedro el Viejo de Huesca por el que usted ya sabrá si pasea en las noches de luna el recuerdo del lejano don Ramiro el Monje, una entrañable jornada de cariñoso homenaje hacia su persona, hacia don Antonio Durán Gudiol, catalán de Vic y aragonés de todos los rincones de esta centenaria tierra. Una jornada en la que nos reunimos en torno al maestro, y en la silenciosa pero impagable cercanía de la excepcional personalidad de Alicia, muchas gentes que habíamos tenido el alto honor de poder vivir y compartir su intenso tiempo histórico, de hombre sabio, de persona buena, de mosen creyente a prueba de toda incomprensión.

Unos lo conocimos en las largas conversaciones sobre el pasado, tenidas en ese recoleto entorno de su despacho desde el que se veía el perfil de Guara si el humo del Celtas dejaba apreciar el horizonte, otros lo vivieron en la entrega desinteresada de un hombre de Dios dispuesto a ser testimonio diario de su cristianismo, algunos lo sintieron cercano a la dura vida cotidiana desde las ondas de Radio Huesca en esas frías madrugadas de invierno y también hubo quienes lo supieron aliado en esa empresa de abrir las puertas de un mañana lleno de justicia, aliado y fiel hasta la frontera... Y ahora, cuando los muchos que de verdad lo hemos querido lo necesitamos mantener en el eco de su voz o en la inmensa paz de su sonrisa, los recuerdos se nos agolpan en las manos y en el corazón empeñados en la inútil tarea de sentir que el viejo maestro no se nos ha ido para siempre. La muerte es dura para los que se quedan y que razón tienen los viejos pensadores. Dura para los que pierden un amigo, pero menos dura para los que sabemos la alegría con la que nuestro amigo se preparó para disfrutar de esa Gloria eterna a la que se ha hecho acreedor en cada sonrisa, en cada ayuda, en cada renuncia, en cada gesto de humildad. En él se cumplió la máxima de san Francisco de Asís: "yo necesito poco y ese poco lo nececito muy poco".

Pero estabamos hablando de aquella tarde en San Pedro el Viejo, con su último libro publicado sobre la mesa, cuando me tocó hacer a petición suya -y nadie sabe cuánto le agradecí aquel gesto de confianza- una breve reflexión sobre su dimensión como historiador. Hoy, cuando este ya veterano Boletín de “Amigos de Serrablo” quiere fijar en cariñoso homenaje las palabras que nos hablan del maestro y amigo, quiero traer a este espacio serrablés que tanto significó para Antonio Durán Gudiol ese conjunto de síntesis y valoraciones.

Lo he contado y escrito varias veces, pero permítanme que lo vuelva a relatar. Yo conocí a don Antonio en la escalera de un viejo caserón de la Plaza Lizana hace casi veinticinco años, cuando le pregunté a él mismo en qué piso vivía don Antonio Durán Gudiol. Me sonrió y me invitó a seguirle, ascendimos las escaleras en silencio y cuando llegamos a la puerta abierta de su casa me dijo aquello de "Usted dirá". El destino, como pueden comprobar, comete caprichos que la razón no comprende. Y bendito destino el que quiso que desde aquella mañana, con el correo en sus manos y con la inexperiencia en las mías, pudiera darse aquel encuentro que consolidó una sólida amistad adornada con todas las discusiones sobre ese siglo XI que es algo tan querido, vital y cercano. Hemos hablado del Serrablo, de los mozárabes, de la familia real aragonesa, del archivo de la catedral de Jaca, del tabaco y de la Iglesia. Y siempre he podido detectar en él a un gran narrador, pausado y anhelante de saber más, con un olfato excepcional para detectar el error documental y siempre trabajando en busca de la cercanía del ser humano de todos los tiempos. Con estas coordenadas su trayectoria yo la veo así y así se lo dije en esa tarde estival.

Los primeros tiempos.

Vic, allá en las tierras de los indómitos ausetanos, pone el escenario a la primera etapa, la etapa de equipamiento de una persona que se autoconstruye a partir de una elección que recae sobre su propio ser y existencia. Su vivencia de la identidad cristiana es el punto de partida, es la experiencia fundante que configura y marca el modo de ser y vivir. Pero, en este momento, don Antonio ya está en contacto con una persona fundamental Eduardo Junyent y, a través de él, con el acertado modo de cuidar y entender el patrimonio cultural que ha definido desde finales del siglo XIX ese modelo de acción museística propio de las tierras catalanas y del que tanto hemos tenido que aprender. Estudia y trabaja en el campo de la documentación, comienza a vivir en toda su amplitud y profundidad la experiencia pastoral y, por encima de todo, define su dimensión de hombre preocupado por los demás.

El año 1946 se abre una segunda etapa en la historia de este cura historiador, pocos años después de que los vientos de la incomprensión y la intolerancia avivaran los fuegos de la guerra y las desgracias del odio. Don Antonio ya sabía de ello en primera persona y además había consolidado el sentido realista de la vida, cuando aprueba la oposición para ocupar el cargo de canónigo archivero de la catedral de Huesca. Ganó la oposición, como era de esperar en una persona tan bien preparada por su estudio y tan bien formada por sus ilustres maestros. Ganó en la oposición y en disgustos, pero sobre todo logró poner en marcha el tiempo de la creatividad. La vida, allá en la quietud de esa sala del archivo de la catedral o en la comprometida y valiente oratoria del púlpito de los domingos en la catedral oscense, se va revelando como empeño de plenitud.

En esta etapa de expansión comenzó don Antonio a trabajar en la historia de la catedral oscense, casi como ente vivo del cual acabaría publicando muchos años después su magnífica Biografía de la catedral (1991). Su construcción, sus documentos, su derecho, sus penitencias, sus hábitos, su música, su liturgia... van siendo exhumados de esos viejos pergaminos y libros en los que han guardado su secreto durante siglos. Junto a ellos, entra en escena su inquietud por un tema nuevo: Los santos altoaragoneses, con un precioso libro editado en 1957 y dedicado a Dolores Gudiol. En su presentación escribe cosas tan modernas y tan antiguas como "Veneremos la montaña, amemos el bosque, besemos la nieve.. y admiremos a nuestros santos, poetas del gesto, del ademán, de la acción. Y yuxtapongamos a la belleza de sus gestas y a la estética de su vivir, la prosa de nuestras vidas vergonzosamente cristianas... La Verdad será confiada al que tenga las manos inmaculadas y blanco el corazón". Por primera vez se encara el tema de los santos altoaragoneses con seriedad, rigor y con un documentado estudio de las fuentes que hacen absolutamente imprescindible ese trabajo hoy, cerca de cuarenta años después.

El análisis de nuestro remoto pasado.

El camino iniciado. por el canónigo archivero Durán iba dando sus frutos, el legado documental custodiado en la sede capitular ya no tenía secretos para él y comenzó el estudio de los fondos oscenses desperdigados por otros archivos nacionales y extranjeros. Estudió las fuentes documentales custodiadas en los archivos vaticanos y al final, era inevitable que se abriera una nueva etapa en la dinámica investigadora de Antonio Durán: una etapa de interiorización que es etapa de estabilidad en cuanto a su creatividad como humanista y que se inaugura en el año 1962. Y que yo llamo de interiorización puesto que es como una reflexión íntima sobre todo ese caudal de información que se ha ido acumulando.

Ese año fue el de la publicación del más importante estudio escrito sobre los inicios de la historia aragonesa: un trabajo titulado La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I, editado por el Instituto de Estudios Eclesiásticos de Roma y que pretendía salvar los dos obstáculos de la investigación histórica medieval del reino de Aragón: la escasez de fuentes publicadas y el enmañarado problema de las falsificaciones hechas a gran escala. Lo logró, trazó un nuevo planteamiento de los innumerables problemas históricos y abrió con este libro la moderna historiografía del medievo aragonés, convirtiéndose en el gran maestro de la historia eclesiástica medieval.

A este trabajo le acompañó la Geografía medieval de los obispados de Huesca y Jaca, también publicada en el año 1962 y por el Instituto de Estudios Oscenses que se convierte en punto obligado de referencia en la actividad investigadora de don Antonio, una convivencia de muchos años que enriquecerá la nueva concepción del ya Instituto de Estudios Altoaragoneses bajo su actual dirección. Otro punto importante de referencia será Radio Huesca, en la que don Antonio encontró el apoyo de la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, que creyó firmemente en él como hizo también el obispo don Lino de Huesca.

A partir de estos dos trabajos se desencadena un aluvión de investigaciones claves: los monasterios (Loarre y San Juan de la Peña), la Universidad sertoriana y sus orígenes eclesiales, los obispos de Huesca; a la vez que edita -entre 1965 y 1969- la Colección diplomática de la Catedral de Huesca, en la que beberemos todos los medievalistas y con la que don Antonio ya ha entrado en contacto con el gran maestro Lacarra que comienza a aceptar las tesis de don Antonio sobre Los orígenes de los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, un amplísimo trabajo que ganó el Premio nacional de investigación Menéndez Pelayo y que no se publicó por ese nefasto deporte nacional que se llama envidia y se viste con telas de tribunal de pureza ideológica.

El Serrablo, su gran ilusión.

La década de los años de 1970 es el momento en el que don Antonio entra en el estudio de un tema de investigación sugerente y absorvente para él: el mozarabismo de El Serrablo y sus recónditas iglesias, una comarca que la recorrió y amó, que presidió largas tardes de amable conversación con su excepcional y gran amigo Julio Gavín. En Sabiñánigo y en 1973 publicará su obra sobre El arte altoaragonés de los siglos X al Xl y será el verdadero impulsor, el padre de la asociación Amigos de Serrablo. Estamos en el cuarto momento de esta vida dedicada a la investigación: una etapa en la que si nos dejamos llevar por el lenguaje poético sería definible como etapa de calidad de amor de cercanía generosa y humilde a las cosas que han sido abandonadas en el olvido, en ese olvido que era para Herodoto la condición de la memoria. Como el padre de la historia, don Antonio se adentra en la narración de las claves que han hecho posible el nacimiento de Aragón y construye una auténtica teoría, una interpretación de la historia aragonesa que permite intuir nuevos caminos y nuevos entendimientos.

Una teoría que se construye para explicar la secuencia histórica que va desde el origen del condado de Aragón en el siglo IX hasta la fundación del reino de Aragón en el siglo XI. Siempre haciendo hincapié en la enorme importancia que tenía el valorar las influencias carolingias y musulmanas (a través del mundo mozárabe) que definen la personalidad de lo aragonés. Y dos claves que ocuparán su reflexión humilde y cariñosa: El monasterio de Siresa y el rey Ramiro I, su amigo, su confidente, su fugitivo y su sueño, la persona que de haberle conocido habría conquistado las tierras del oriente para nombrarle obispo de Roda: Antonio en Roda de Isábena.

Y en esta cuarta etapa estamos felices asistiendo al reencuentro con los temas recurrentes de este maestro de historiadores que entiende que el pasado también es nuestro tesoro, de este catalán que defiende ferozmente su condición de oscense, de este cura que ha sabido vivir su fé en toda su amplitud y profundidad. No podía ser otra cosa: Huesca y la vida religiosa, Huesca y la vida, Huesca y las procesiones, Huesca y las ermitas. Y en Huesca don Antonio Durán Gudiol..., del que bien se puede decir aquello que declaraba un testigo en el proceso de su querido maestre Sebastián Ximénez, escultor, cuando decía que "hasta de presente sabe que éste fue, era y es, persona de buena fama, buena vida, honesta conversación..., buen cristiano y en su oficio buen oficial".

Y aquí, desde ese soleado día del Señor en el que usted marchó al cielo, han acabado las largas conversaciones sobre el ayer y han cesado de escribir sus bolígrafos. Adiós querido maestro, recordado amigo, ha llegado tu tiempo para saber la verdad de todas las cosas y, mientras ya has podido conocer al buen Ramiro, aquí seguimos estrujando las parcas noticias de los documentos, ilusionandonos con cada nuevo conocimiento y pensando que -por encima de ese maravilloso cielo azul de esta tierra- aún contamos con tu cálida sonrisa de amigo alegrándose con cada pequeño triunfo de aquellos que tuvimos la dicha de aprender contigo. Por todo ello, sólo quiero desear que los caminos de Serrablo y los perfiles de sus iglesias sean un grandioso himno de alegría en tu honor.