Antonio Durán

En la catedral de Huesca, bajo los escudos antiguos de la Ciudad Victoriosa, que la representaban en forma de una muralla y con una parlante «muesca» sobre ella, vimos unos cientos de conmovidos ciudadanos pasar, por última vez, el menudo pero vivaz cuerpo de Antonio Durán Gudiol, oscense de Vich o viqués de Huesca, como se prefiera, pequeño gran hombre que, durante largos lustros, nos dedicó a los aragoneses lo mejor de su tiempo y de su vida.

Tras las representaciones institucionales y eclesiásticas, las mitras, los báculos y las vestiduras solemnes, una curiosa e insólita asamblea ciudadana contemplaba, conmovida y en silencio, la marcha definitiva de este modesto, humildísimo sabio, ejemplar ciudadano y compasivo sacerdote que fue don Antonio Durán Gudiol.

Letrado, activo, diligente, ingenioso, educadamente socarrón, amoroso de las gentes y las tierras junto a las que transcurrió su fecunda vida, desempeñó los honores como servicios y los cargos como cargas.

Más sabio que otros de mayor relumbre, cuidó con celo exquisito el tesoro extraordinario que guarda el archivo de la Seo altoaragonesa, cuyos secretos conocía como nadie y cuyo desvencijamiento impidió.

Colaboró con los prelados en la conservación del rico patrimonio diocesano, dirigió con suave acierto el Instituto de Estudios Altoaragoneses, alumbró con su dulce empuje el interés general por los monumentos de la comarca de Serrablo y, sobre todo, ayudó a cuantos se lo requirieron y a muchos más que no.

Tengo ante la vista dos de sus últimos escritos, pero no todos los que de su mano vieron la luz en los últimos meses, porque su laboriosidad, aunque afectada por un cruel morbo, fue en todo momento superior a mi capacidad para seguirlo.

Los que digo versan, una vez más, sobre uno de los momentos de la Historia de Aragón que gozó de sus predilecciones: los albores del Reyno. Su afición a la historia eclesiástica le llevó en muchas ocasiones a indagar sobre la veracidad de las tradiciones hagiográficas más antiguas de Aragón, como las de las santas Nunito o Nunilona y Alodia; y, por la misma razón, encontró justamente apasionante el estudio de los primeros cenobios y monasterios, nacidos en tiempos en que la poquedad documental y la distancia cronológica hacen de toda averiguación una prueba de constancia, perspicacia y profesionalidad. Pero él, sabía.

Interesado siempre por lo que podríamos llamar las «crisis originarias», por los momentos de alumbramiento, pasó muchos días de su vida enfrascado en el estudio de los dos primeros soberanos de Aragón, Ramiro I y Sancho Ramírez, padre e hijo, el conocimiento de cuyas figuras tanto le debe.

Por una parte, la tradición había consagrado como certeza la bastardía del primer monarca de los aragoneses. Por otra, el hijo de éste, heredero de un reino sin corte ni ciudad, había sido capaz de crearlas, de abrir al pequeño Estado pirenaico las amplias puertas de Europa y de convertirse, con su corona, en un personaje de relieve peninsular y mediterráneo.

¿Cómo no iban a interesar a don Antonio las hazañas, a veces sin luz ni brillo espectacular, de estos dos estadistas del lejano siglo onceno?. Todo cuanto era origen, albor, génesis, aquello que, como el grano de mostaza, surgía de una simiente mínima y alcanzaba grandeza insospechable parece que interesó sobremanera a este hombrecito cordial y placentero, capaz de excelentes denuedos.

En los años setenta tuve el placer de comenzar mi trato con él e, incluso, de provocar de su mano algunas páginas. Había redactado yo por entonces el texto de las solapas de la Colección Básica Aragonesa, que puso en marcha J. M. Pisa desde Guara Editorial, y allí se acogió la primera biografía moderna de Ramiro I.

Ahora, en edición renovada y de mucho más empaque material, ha editado Ibercaja este «Ramiro I de Aragón», en el que Durán sigue manteniendo la falsedad de la bastardía ramiriana. El otro texto, «Sancho Ramírez, rey de Aragón, y su tiempo», debido a varios historiadores nuestros (Sarasa, Cabanes, D. Buesa, Laliena, J. F. Utrilla, M. I. Falcón, Lapeña, M. C. Lacarra y Orcástegui), se editó en Huesca, por el Instituto que aún dirigía.

Y le antepuso, por gusto y oficio, unos párrafos sin desperdicio, encontrando, con delicadeza inteligente, el modo de no romper el protocolo a la vez que aportaba una pincelada expresiva sobre el rey que tuvo la iniciativa «revolucionaria de abrir a Europa las fronteras del reino aragonés, adelantándose a los otros reinos cristianos de España», reforma «que no fue lo pacífica que se supone», por la oposición de su hermano, el infante García, a quien había logrado promover a obispo de Jaca y con quien acabó manteniendo una relación tormentosa y dramática.

En fin. ¿qué homenaje hacer a este hombre bueno, cuando ya no está junto a nosotros, que no sea el de agradecerle para siempre su trabajo, leerlo y esparcir su fruto?.