La presión ganadera, la forestal y la de las obras públicas no son elementos suficientes para comprender la regresión del oso a finales del siglo pasado y comienzos de éste. Si consultamos el Diccionario Geográfico de Pascual Madoz de 1845 y buscamos el pueblo de «Hecho», pronto aparecerá el factor explicativo señero: «Hay en esta villa un cazador que a la edad de 42 años llevaba muertos 6 osos presentados en la población, 90 sarrios y 13 lobos, subiendo por las peñas más escarpadas lo mismo que los animales a quienes persigue».
Este hecho y otros recogidos por información oral producen la siguiente reflexión: ¿Cómo es posible que queden aún quince osos con prácticas como ésta que arrancan ya desde la Edad Media? Realmente, cuando menos, resulta curioso.
Pero, ¿quiénes eran estos rudos y osados cazadores? En general tiones solitarios, o como sucedía con la artesanía, cabezas de familia de casas humildes que necesitaban sumar ingresos a su menguado patrimonio. Este sería el caso del sastre de Espierba, que en 1860 mató al último oso de Pineta.
Por algunas aldeas del Pirineo, y por supuesto en Echo y Ansó, he recogido la tradición oral sobre varios cazadores de osos del siglo XIX cuya constante era la vida solitaria y el aspecto desalmado y rudo, según la más clásica tradición del cine.
En realidad estas informaciones podrían gravitar sobre uno o dos personajes: en el monte de Echo existe una cueva denominada Del Onsé, llamada así por acoger a un afamado cazador de osos. Sin saber si de nuevo en Echo o en Ansó, porque me lo contaron en Ligüerre de Ara, a donde a comienzos de siglo iban los leñadores de estos valles, vivía un solitario cazador de osos, cojo a resultas de su oficio, que se ganaba la vida enseñando las pieles por las casas...
Otro personaje solitario, éste también del siglo XIX, fue uno del valle de Canfranc, quien casi ganó un concurso convocado seguramente por el Ayuntamiento y que consistía en matar doce osos. El los aniquilaba siempre igual: acudía a las oseras en invierno, tallando escalones en el hielo, especialmente en la cara norte del Aspe. Su llegada provocaba la salida de la osa, que estaba en época de cría, y que se ponía de pie meneando árboles, momento que el cazador aprovechaba para dar a un buen blanco. Nuestro cazador no pudo con el número doce, que le desarticuló el cuerpo para llegar a morir a la villa.
Sin embargo, no siempre fue la caza del oso una actividad solitaria: si las partidas nacían del interés comunitario, podía ir más gente, dándose también el caso de ir una pareja de socios como en Yésero, donde Antonio Samper y Ramón de Chacón constituyeron en el siglo XIX un buen tándem.
Los cazadores especializados vivían de recorrer los pueblos del valle con la piel del oso y enseñándola casa por casa, al igual que hacían los ermitaños itinerantes con sus capillas portátiles. Pocas veces recibían dinero, siendo más corriente que se les diese patatas, tocino y pan. En tiempos más recientes el cobro era institucional, poniendo la recompensa los ayuntamientos; así, en Echo, me contaron haber visto colgado un oso del balcón consistorial en 1940.
En el siglo XIX las armas de caza eran tan rudimentarias que acrecentaban el valor que hacía falta para enfrentarse al animal. Se cargaban por la boca de fuego y prendían con pedernal.
La inseguridad era tal que muchas veces «sacaban falta», como le sucedió al cazador cojo de Ansó: al no salir el disparo, y viendo que el oso se avalanzaba, se tiró al suelo haciendo el muerto y según ordenaban los cánones. Mientras la fiera se alejaba un poco para hacer un agujero donde conservar a la víctima como alimento, cargó de nuevo el arma y lo mátó.
La baja técnica de las escopetas y lo accidentado de la geografía ursina magnificaban los hechos de valor: en Ansó, al pie de la Sierra de Alano, en la partida Baquera, un cazador siguió al oso hasta la misma cueva, introduciéndose por un estrecho corredor hasta que vio brillar los ojos, momento en que disparó su arma.
Con los años el oso fue desapareciendo y también lo hicieron aquellos «legendarios» cazadores. El cazador furtivo actual, con sus terribles y sofisticados medios, humilla a la Naturaleza y se humilla a sí mismo.