Nuestro oso en el recuerdo

LA VIDA COTIDIANA

Hogares, chimeneas, veladas invernales y el mito del oso. E. SATUÉEl oso, acosado por la hostilidad de lo malos años, o por la ruptura de su ecosistema ideal, no dudó en romper con su presencia la vida ordinaria de las aldeas pirenaicas. Sería la única ocasión en que algunos miembros de la comunidad, especialmente mujeres, lo pudiesen ver (una abuela de Ainielle salió al umbral circundante al pueblo y viendo que aquello seguía, exclamó: "Pero zagal, si aún hay más mundo!").

Más corriente era su presencia nocturna en los campos más alejados, a veces a una hora del pueblo, cuando maduraban sus frutos: manzanas, trigo, cebada, etcétera.

Saliendo de este ámbito ya se entraba gradualmente en el de él: las praderas y los bosques alpinos. Aquí, cazadores, pastores y viajeros serían sus visitantes ocasionales.

La plaza de los pueblos lo vieron atado y amaestrado por mostradores de osos, gente humilde que así se ganaban el sustento. Llegaban a partir de la primavera, con el buen tiempo; así me lo contaron en Senegüé, donde aún en 1915 lo hacían subir por el mayo plantado para el Corpus en la plaza.

Más chocante fue aquella anécdota ocurrida en Escartín de Sobrepuerto pocos años antes: acababan de llegar el oso y su dueño y apenas se hubo quitado éste el sudor del empinado camino de Fiscal, comenzó a llamar a la gente para que acudiesen a la plaza de Pedro Escartín. Mujeres y niños acudieron como una exhalación llevando patatas y tocino para el sufrido mostrador. El oso bailó e hizo mil gracias. La juerga llegaría al límite cuando le pidió su amo qué señalase a la mujer más guapa y se encaminó a Andresa d'a Roya, precisamente la más fea. Aquella larde ambos partirían hacia Otal. Los congéneres del oso ya habían desaparecido de estas sendas.

 Mostradores de osos. E. SATUÉEn los siglos XVIII y XIX, conforme creció la presión demográfica, se improvisaron campos (articas) a veces en medio del bosque; eran las partidas alejadas a las que el oso giraba más de una visita nocturna cuando los frutos estaban en su punto: En Fanlo me contaron que hacia 1860 bajaba una osa todas las noches desde Monte Blasco, en la divisoria con la Solana, hasta el molino del pueblo. Junto a él había pequeños huertos con coles, patatas e incluso cebada. La osa fue matada desde un tilo por el abuelo del informante, que uña noche la esperó pacientemente.

Similar hecho se producía en los campos de San Martín, en Biescas, enfrente de la ermita de Santa Elena, y no lejos del Paso del Onso. Un año los de Biescas capturaron en esta zona dos oseznos con los que iban por las casas pidiendo para mantenerlos hasta que fuesen vendidos a titiriteros; no hacían sino imitar la frecuente práctica hasta comienzos de siglo de que cazadores especializados recorrían las aldeas pidiendo en las puertas y enseñando la piel de sus presas.

Que la Sierra de Tendeñera fue hasta finales del siglo XIX una gran osera no cabe duda; así lo demuestra la tradición de caza que existía en Yésero y el número de encuentros recogidos aún por la tradición. El último sería ya muy cerca de nuestro siglo, cuando un oso bajó desde las puntas de dicha sierra por el Barranco del Infierno hasta la actual carretera, tras un ternero al que le destrozó el lomó a pesar de las gentes que acudieron en su auxilio.

De este reducto, superando las crestas de Cotefablo, llegaba a Escartín, donde en 1860 se produjo una curiosa anécdota que cuestiona la radical fiereza del animal: Era una noche de verano y la tía de mi abuela, que era de Casa Lacasa, subía la cena al pastor que estaba en la sierra. Tenía éste un gran mastín para defenderse de las fieras, con un collar de pinchos atado a su cuello, y con él se cruzó por el camino. La tía era aún niña y llevaba galocheras o calzado de madera. Hacía ruido por el camino, saludó al animal y prosiguió. Cuando llegó al refugio del pastor se extrañó de ver de nuevo al perro. Todo se aclaró a la mañana siguiente cuando se vieron por el camino las huellas del oso...

También en Escartín se acercaba un oso hasta los alejados huertos de Plana Glera. Había en ellos manzanas muy ricas, y el plantígrado lo sabía. Sin embargo aquí, no corrió la sangre: sumido en la glotonería el oso cayó desde una rama que no soportó su peso.

Las incursiones en aldeas sólo se daban en un contexto de desorientación del animal, cuando su imbricación óptima con el ecosistema se había hecho añicos. Su inesperada llegada se dio en los altos en que desaparecía de un valle. Se trataba de grandes ejemplares que aún resistían la hostilidad. Eso ocurrió en Torta, donde a finales del siglo pasado llegó uno hasta el actual hotel Viñemala.

Sin embargo, el caso más llamativo me lo contó un informante de Acumuer ya fallecido: Manuel Susín Escartín, nacido en 1898.

El valle de Acumuer nace en los contrafuertes del pico de Collarada y muere en las proximidades de Sabiñánigo. Tenía este pueblo alrededor de sesenta casas y hasta las últimas desamortizaciones decimonónicas fue señorío del monasterio de San Juan de la Peña.

En 1906 tenía nuestro informante ocho años y fue perseguido por el último oso que se vio en el valle. La que se armó fue grande: Manuel, como hacía siempre, fue a por una cantarera de agua a la Fuente del Barranco; allí vio a dos caballerías que súbitamente dejaban de abrevar saliendo de estampida. Habían presentido al oso que pronto el chico tuvo ante sus ojos. Tiró la cantarera y salió corriendo; Manuel lo hacía por el camino y el oso, en paralelo, por los campos que había arriba. El oso era grande "como un burro". Así llegaron los dos hasta la primera era, donde estaba la Señora Leonor de Casa Andrés, la cual viendo la súbita aparición, de un salto se encerró tras la puerta de acceso al corral de la casa. El oso arañaba la gatera pero no pudo entrar. Enloquecido por la situación salió hacia la herrería, donde el artesano trabajaba en aquel momento con otros hombres. Allí, con hierros al rojo, lo hicieron retroceder hasta el Corral de Baltasar.

Acumuer bullía, se recogía a los niños y se cerraba las puertas a cal y canto. Los hombres se armaron y siguieron sus huellas por la nieve hasta Hoz de Jaca; allí las perdieron. Era marzo. El informante me dijo que el oso iba en busca de osa; los biólogos dirán... Pero para nosotros aquel oso fue el que un día revolucionó a Acumuer.