Santiago Ramón y Cajal nació en Petilla de Aragón el primero de mayo de 1852. Murió en Madrid en 1934. Los ochenta y dos años de vida del egregio neuroanatómico fueron de inusitada fecundidad creativa. Cuesta entender cómo hizo tanto. Al estudiar tan magna obra, su vastedad produce pasmo. Los dos tomos de la Histología del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados atesoran cerca de mil grabados, todos salidos de su mano. Sus Estudios sobre la regeneración y degeneración del sistema nervioso supusieron lustros de esfuerzo experimental en los que el sabio puso en práctica métodos y técnicas de su propia invención. Su último libro científico ¿Neuronismo o reticularismo? es el auténtico testamento en el que reafirma su paternidad de la teoría neuronal. Por otro lado la obra literaria cajaliana es de singular interés por su valioso contenido, belleza lingüística, casticismo y rigor académico. Además, en la grabación de la palabra hablada, la invención del gramófono, anduvo pisándole los talones al norteamericano Edison. Y en la fotografía en color fue un auténtico adelantado. En el juego del ajedrez, un eximio cultor y en la práctica de la gimnasia un nada desdeñable ejecutor. Estamos, indudablemente, ante un español mítico que, además, cultivó el dibujo con cuya realización alcanzó cotas de maestro. Valorando esta última faceta, escribe Marañón: "Su aptitud para el dibujo estaba por encima de lo común. Sus esquemas, superan a los de los investigadores mejor dotados. Son, sin hipérbole, maravillosos".
Y el propio don Santiago tiene consciencia del valor educativo y del papel terapéutico que el ejercicio del arte de dibujar puede tener, aún en el sujeto no profesional. En el capítulo VII del interesante y ameno Charlas de café, recomienda el autor "... Distrae tus cavilaciones y enojos (que nunca faltan) con el estudio de la historia, la literatura y, si es posible, con la práctica del dibujo y la fotografía". Y bien cierto es que el dibujo, como disciplina, le entusiasmó desde la niñez. Así consta en reiterativas expresiones de su autobiografía.
Analizando la oposición paterna -el doctor Justo Ramón mantenía inexorable que su primogénito no podía ser otra cosa sino médico- relata Cajal: "Decidióse, por tanto, que yo renunciara a los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica. En consecuencia arreció la persecución contra mis pobres lápices, carbones y papeles, y necesité emplear todas las artes del disimulo para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión favorita, holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y paisajes".
De las capacidades del joven Cajal para el arte de Apeles, quien con más sentido se percata, es el profesor de la asignatura,- don León Abadías. Este gran docente oscense -buen bodegonista, con apreciable obra pictórica- no se conformó sólo con dar sobresaliente al discente Santiago -el único sobresaliente obtenido en los cinco años de bachillerato- sino que hizo un viaje desde Huesca hasta Ayerbe con el propósito de persuadir a don Justo de las condiciones del alumno para la práctica del dibujo. Viaje estéril, el de Abadías, a la hora de convencer al médico larresano, pero de enorme repercusión moral para el fuero interno del adolescente Santiago. Esto ocurría en el curso académico 1867-68, cuando el muchacho contaba 16 años y se hallaba en puertas de matricularse en la Facultad de Medicina cesaraugustana.
Desde niño, con menos de nueve años, acusó Cajal la inquietud de mostrar en forma de dibujo -para el que se sabía particularmente dotado- sus casi instintivas ideaciones. A veces se autoacusa de su "... irresistible manía de manchar papeles... embadurnar las tapias, puertas y fachadas recién revocadas del pueblo con toda clase de garabatos, escenas guerreras y lances del toreo". Dibujar constituyó una de sus pasiones. En su larga etapa de catedrático en Madrid llegó a conseguir tal perfección que algunos alumnos veían con dolor que el bedel tuviera que borrar, para la clase siguiente, aquellos inigualables cortes histológicos que Cajal plasmaba diariamente en la pizarra.
De lo exceptivo para dibujar del histólogo son testigos cuantos estudiosos se acercan a sus textos. Su estilo es tan personal e inimitable que se reconoce con suma facilidad. Sus figuras y grabados están acuñados con el sello de lo inconfundible. En la universidad de París el fisiólogo Duval mandó reproducir en grandes cuadros murales los esquemas de los trabajos de Cajal sobre el sistema nervioso. Luego, en la sesión inaugural, pronunció el siguiente exordio: "Por esta vez la luz llega del Mediterráneo, de la noble España, país del sol".
De su época de profesor ayudante de anatomía Humana, en la Facultad de Zaragoza, data un bello Atlas en el que, con poco más de 25 años de edad, da muestras sobradas de su maestría como dibujante. Algunas de estas láminas aparecen con la firma S. Ramón, en la parte inferior, mientras que en otras no consta la autoría. Pero la exactitud es tal y la perfección tan notable que no hay duda acerca de etiquetar la paternidad de tan estimable álbum en el que aparece una serie de cortes sagitales de cabeza y cuello, reproducciones del encéfalo, bulbo olfatorio, protuberancia, cerebelo, vasos arteriales y venosos y trayectos nerviosos. Son diez láminas en las que además del sistema nervioso se dibujan estructuras abdominales, peritoneo y vísceras así como el miembro inferior (pierna y pie). Iconografía de tan bello trazado como rica en matices. Estudio gráfico que delata la mano experta de un dibujante superdotado.
Quizá esta facilidad en la concepción y realización del dibujo hizo que el sabio fuera tan crítico y riguroso con quienes se alejan de los patrones clásicos. En su inicio como escritor dramático pergeña una obra de sentido histórico, expresada en macizos endecasílabos -en frase de su hermano Pedro- y ornada por sendos dibujos aclaradores del texto. Eso es el dibujo para Cajal, el trazo sobre una superficie de la figura de una cosa copiada o inventada. Pero le resulta intolerable toda deformidad de lo natural. Cualquier alteración incompatible con los cánones de belleza clásicos es radicalmente rechazada. El culto a lo feo lo detesta sin ninguna concesión. Lo desnaturalizado, es para Cajal, metafísicamente inadmisible. No hay belleza si para conseguirla ha de recurrirse a la deshumanización. Inaceptación de las manchas caóticas e indisimulado desprecio para los idólatras de la fealdad.
En el arte fue don Santiago amante de la armonía, del colorido, de la composición. Tanto en la fotografía, que le interesó de por vida, como en la literatura y el dibujo fue un rigor insobornable. Dibujar era para él la creación de cosas bellas. Su obra, imperecedera, es muestra inmarcesible.