
Había diferentes formas de casamientos y de celebración.
La novia podía ser de otra casa del pueblo o vivir en otro diferente, en cuya circunstancia resultaba más espectacular.
El novio tenía que pagarles cierta cantidad de dinero a los mozos del pueblo de la novia (de 5 a 8 ptas. en los años 40), para que hiciesen una fiesta privada. En las casas de los contrayentes se hacían los preparativos: mataban ternascos, pollos, conejos... La madre del novio se quedaba en casa preparando la comida del día siguiente a la boda.
Según las distancias había que salir muy temprano: el novio, el padre, los hermanos, los mozos "espaderos" (amigos del novio) e invitados en general. Se formaba una larga comitiva, todos a caballo en los mulos, con las aparejadas de gala (manta "colorada" incluida), poniendo una nota de color por aquellos caminos... También llevaban un mulo con silla para regresar con la novia, llevado del ramal por un peatón.
A la salida de la iglesia los "espaderos" repartían peladillas a todos los invitados, dirigiéndose todos a comer a casa de la novia. Era costumbre que la madre de ésta, regalase un par de gallinas o pollos a los "espederos", con los que preparaban una cena y fiesta nocturna en casa del novio.
A media tarde se iniciaba el regreso al pueblo del novio, otra vez la caravana multicolor, engrosada por las "espederas" y familiares de la dueña... Si pasaban por algún otro pueblo, la gente salía de las casas para verles pasar y los "espaderos" les obsequiaban con peladillas. El jolgorio resonaba por valles y barrancos...
Se preparaba una suculenta cena, seguida de animado baile. Los espaderos y espaderas hacían chocolate para dar una colación en la madrugada. A los novios se lo servían en la cama, con la consiguiente juerga.
Al día siguiente celebraban otro banquete con todos los invitados, incluidos los amos de cada casa. Por la tarde cada cual regresaba a su casa, a su pueblo y los novios marchaban de viaje.
Una semana o dos antes de la boda, se reunían los novios con los padres de los mismos para hacer los "ajustes": se hacía una relación de las prendas y bienes que componían la dote de la novia, que firmaban dos testigos de cada parte. Los padres del novio acordaban hacerles escritura de todos los bienes, reservándose el usufructo vitalicio.
En caso de ir de yerno a otro pueblo, había una celebración similar a la anterior. Era costumbre que el novio invitase a cenar a sus amigos la víspera de su boda, como despedida de soltero. El novio nombraba a sus "espaderos" y la novia a sus "espaderas", encargados de acompañarles y de repartir dulces a la concurrencia.
La mañana de la boda salía la "reata" de caballerías, muy bien aparejadas, montadas por el novio, padres, hermanos, "espaderos" e invitados, camino del pueblo de la novia. En un burro cargaban la "plega" del novio (ropa y demás pertenencias). A la llegada, en casa de la novia les obsequiaban con un tentempié. Las espaderas ayudaban a vestir a la novia, se preocupaban de adornar el altar y acompañarla en todo momento. Llegada la hora, partían hacia la iglesia. Al finalizar la ceremonia, el ritual de "enhorabuenas", con reparto de dulces y posteriormente el banquete en casa de la novia.
Por la tarde, unos regresaban al pueblo de origen, otros se quedaban hasta el día siguiente, participando de la fiesta. Era muy frecuente que entre los espaderos/as surgiesen nuevos noviazgos.
En este caso, los no herederos/as que se casaban para vivir fuera de la comarca, se decía "se han casado solteros". ¿Por qué ese apelativo? Desconocemos las razones. Habían encontrado trabajo fuera (en Francia, Barcelona, Sabiñánigo, Monzón...) e iban a formar un nuevo hogar. Renunciaban a todo derecho a la herencia paterna a cambio de una dote, menguada y simbólica en la mayoría de los casos. Estos matrimonios se celebraban con más sencillez en todos los aspectos: acudían los más allegados (padres, hermanos, amigos, algún espadero, etc.), con un pequeño banquete en casa de uno de los contrayentes.
Antiguamente en las casas de mucha "fachenda" se celebraba otro tipo de matrimonio, llamado de "sobrebienes". Primero se casaba el heredero, estableciéndose un segundo matrimonio entre hermanos/as de los novios. El primero se consideraba dueño de toda la hacienda. Los del segundo tenían derecho a alimentación, vestido, cuidados en caso de enfermedad y trabajo en la propiedad familiar. Sus hijos tendrían las mismas condiciones.
Estos matrimonios por partida doble, a veces convivían bien, en ocasiones andaban "zarpa a la greña", dando tema para hablar en los pueblos, por sus cotidianas peleas...
Cuando había sacerdote de residencia en el pueblo, acudía a casa del enfermo para administrarle los últimos sacramentos. Más tarde ejercía el servicio religioso el cura de Bergua, al que se iba a buscar con una caballería, en vista de la suma gravedad del enfermo tras su fallecimiento, y le administraba la Unción, acompañado de los familiares.
En cuanto ocurría el óbito se comunicaba a los vecinos más próximos y familiares, que colaboraban desinteresadamente en las siguientes actuaciones: amortajar al difunto, avisar a los familiares de otros pueblos (también con el cartero), r a buscar al cura, toque de difuntos por parte del sacristán o campanero, acompañar a la familia, cavar la "fuesa" (fosa), etc.
Se vestía al difunto con sus mejores ropas y se colocaba sobre la cama con las manos unidas, tapado con un linzuelo o sabana blanca. A su lado se colocaba una "lampareta" de aceite. Los vecinos se iban turnando con la familia en el velatorio, durante las 24 horas como mínimo. Permanecían en la cadiera, al lado de la lumbre, charlando de anécdotas del fallecido o de otros asuntos, alternando con algún tentempié, acompañado de buen trago en el porrón. Al anochecer se acostumbraba a rezar el rosario en casa.
El ataúd era construido por un carpintero de Bergua o por un aficionado del pueblo, que se ponía a trabajar de inmediato. La propia familia aportaba las tablas de pino necesarias: una caja rectangular, sin ningún tipo de decoración. Se recubría su interior de tela negra, colocando un pequeño almohadón. Momentos antes del entierro se colocaba al difunto en su interior, en presencia del sacerdote, familiares y vecinos, cerrando la caja con puntas.
El sacristán o algún campanero aficionado hacía el "toque a muerto", de forma periódica y durante el entierro.
Llegada la hora prevista, se organizaba la marcha fúnebre: al frente el sacristán con la Cruz parroquial, seguido del sacerdote, detrás el féretro a hombros, familiares y vecinos, camino de la iglesia. Se oficiaba una Misa, cantada por los más ancianos. A continuación se precedía a la inhumación del cadáver en el cementerio colindante con la iglesia y en la fosa previamente cavada. La tumba se delimitaba con dos lajas de piedra y una cruz en la cabecera. Cierto tiempo después se plantaban unos lirios sobre la misma, como únicas plantas ornamentales y, en algunos casos, se colocaba una lapida recordatoria en la pared que rodeaba al cementerio.
El primer aniversario se llamaba "cabo d'año", celebrándose una Misa por el alma del difunto.
Los familiares se quedaban a comer en casa del difunto. El menú más tradicional estaba constituido por boliches al aceite y carne guisada.
El canto de la lechuza sobre la chimenea era considerado como un presagio de muerte: para alguna persona del pueblo o de la propia familia. Recordamos que a los ancianos les producía mucho temor y exclamaban:
- "Sentiz o crabero? Algo habrá pasau...
Lo mismo pasaba con el vuelo de un gran moscardón negro: se le asustaba para que se fuese rápidamente, como un intento de evitar que dejase la muerte.
En el habla popular había unas cuantas expresiones para indicar los motivos de la muerte:
- de "cólico miserere" (cualquier causa dolorosa).
- de un "torzón de tripas" (apendicitis, peritonitis...).
- de muerte repentina (infarto...).
-o simplemente, de "mal zaguero" (del último mal o enfermedad...).
Si en fechas previas la fiesta mayor se hubiese producido algún fallecimiento, la ronda se detenía a la entrada de la casa, guardándose un momento de silencio y rezándose alguna oración. Los músicos dejaban de tocar al llegar a las proximidades. A pesar del luto, el amo sacaba el porrón para que todos bebiesen, como un acto de agradecimiento.
CONTINUARÁ