Nuestro oso en el recuerdo

EL FOLKLORE


La imbricación del oso en el folklore de toda la cordillera pirenaica es muy precisa y simbólica; se halla vinculado esencialmente al carnaval.

Pero ¿qué es el carnaval...? Bueno, pues ahí están prestigiosos antropólogos como Julio Caro Baroja que lo explicarán. Por hacer una síntesis se podría decir que se trata de un cúmulo de ritos y fiestas catalizadoras que trataban de encauzar de forma constructiva la salida del invierno y, en suma, de la muerte de la montaña, hacia la eclosión primaveral.

Siendo tan claro el paralelismo entre el ciclo biológico de la montaña y el del oso, con sus respectivos letargos invernales, no es de extrañar la remota presencia del disfraz del plantígrado en los carnavales de las viejas aldeas pirenaicas.

En el carnaval, al supuesto oso se le golpeaba inconscientemente para que saliese del sopor y se encaminase por la senda primaveral, tan anhelada por los montañeses.

Así las cosas, se entiende que el santo por excelencia de la montaña -San Urbez-, mantenedor de las esencias tradicionales de aquellos valles, se las tuviese que ver con una descomunal osa en su etapa eremítica de Nocito. En 1701 escribía Agustín Carrera en Vida del Sol de la Montaña San Urbicio: "Entre otros avía una ossa, tan terrible, y espantosa, que no avía hombre que osasse metersele delante". San Urbez lo hizo y sólo necesitó de su báculo para humillarla. Simbólicamente el santo había doblegado a las fuerzas del inframundo, a los cultos a la Naturaleza, y ,en suma, a los vestigios precristianos tan frecuentes hasta no hace poco en la zona.

En los carnavales, el oso aparecía a través de tres actitudes corrientes: la del asalto a la majada pastoril, la del animal mostrado por los pueblos, y la de la bestia cazada.

Tenemos que remontar el puerto de Monrepós, y allá abajo, en el valle Mangueta, charlar con algún anciano de Serué. Allí nos hablarán del baile del oso, realizado hasta la guerra en los carnavales: un soltero se colocaba una zamarra, fardos y un par de alpargatas de cáñamo en la cabeza a modo de orejas, asaltando en medio del baile a una supuesta majada; los jóvenes imitaban a las reses cazadas cayendo por el suelo entre la hilaridad y las bromas del público. Algo así ocurría por las mismas fechas en Otal, cerca del puerto de Cotefablo.

A la lista de arrieros, relojeros, sastres, ermitaños, y demás personajes itinerantes que daban vida a las perdidas sendas del Pirineo, hasta comienzos del siglo, habrá que añadir a los mostradores de osos.

Sus visitas eran tan frecuentes a las aldeas que acababan siendo imitados en los carnavales: en Villanúa, en Yésero y en Bielsa, se llevaba al supuesto oso en las rondas atado y sumido en los palos y picias del público, eso sí, protegido de abundante paja forrada en piel de cabra.

Finalmente, había que teatralizar la caza, la muerte, el fin del invierno. Esta tradición del folklore pirenaico se ha mantenido más en la vertiente francesa y catalana así lo recoge Violant i Simorra en sus descripciones de la Caça de l'ossa en Vallespir, Castellbó, etcétera. También se realizaba en Andorra y hoy aún se da cita el domingo de Carnaval en Barèges.

Por las calles, niños y adolescentes perseguirían con trabucos al "oso"; a veces había que ir a buscarlo al bosque próximo, pero, año tras año, el disfraz del plantígrado, antes de morir, como lo iba a hacer el invierno, habría dado protagonismo a los sectores marginales: niños, mozuelos y mujeres habrían reído y protagonizado en su estación predilecta: el invierno marginal de soterrados y remotos rituales. Acababa la noche del oso...