Nuestro oso en el recuerdo

LA TRADICIÓN POPULAR


Cuando ya son muchas las horas en las que se ha trabajado la historia oral, una de las primeras conclusiones a que se llega es que aquel modelo social pirenaico necesitaba magnificar, extrapolar y transferir anécdotas de la vida diaria.

Se hacía inconscientemente para cubrir espacios lúdicos en las largas horas del invierno, e incluso, para fortalecer las estructuras ideológicas reinantes.

El oso, siendo una anécdota biológica, rebasó en el Pirineo el umbral de la historia para acceder al ámbito de la leyenda, y penetrar así, a través de los rituales del carnaval, en el mito.

Barajadas y analizadas todas las encuestas practicadas, se aprecian cuestiones repetitivas que cabría mostrar y ubicar en su contexto sociocultural.

Si se habla del oso, habría que hacerlo también del lobo; del que se posee mucha más información oral por haberse mantenido en el Pirineo y Prepirineo hasta 1920. Hoy, los informantes del oso, salvo en el núcleo Ansó-Aragüés, deben de tener vínculos directos o indirectos con el siglo XIX (y son muy pocos...).

La tradición oral del lobo es desgarradoramente agresiva; no caben matices: acosa por los caminos, se ceba sanguinariamente en las majadas, extrae de las aldeas a niños entre sus fauces, etcétera.

El oso, en cambio, aparece bipolar; su fortaleza y actitud le da nobleza, ataca a lo mundano pero se sumerge en el misterio de la tierra; al oso hay que ir a buscarlo, no te busca; a lo sumo te lo tropiezas, y según la toponimia, es el animal por excelencia de los pasos de las cumbres. Sólo en Villanúa me han hablado de que se amenazaba a los niños con el "mira que vendrá l'onso..." 

Pero tras el respeto misterioso que motiva, también engendra cierta dulzura: aparece tildado de inteligente, hábil, y si se me apura, hasta bonachón; sobre todo si lo muestran encadenado y amaestrado por los pueblos, como fue común hasta comienzos del siglo: trepa en Senegüé al mayo plantado para el Corpus en la plaza, y en Escartín, a la voz de su amo, señala entre la hilaridad de los vecinos reunidos a la mujer más fea.

Al oso salvaje también se le atribuyen rasgos parecidos: en la última población citada, roba manzanas encaramándose en los huertos alejados. A Mariano de Casa Menuda de Ansó, camino de una feria francesa, en el Estrecho de Linza, le pasa ante la caballería mayestático, solemne, sin inmutarse, aunque eso sí: sin perderlo de vista.

Pero no hay que fiarse..; si no hay milagro del santuario próximo o arma de fuego, el oso acaba venciendo; es "astuto y traidor": un cazador de Canfranc tenía que matar doce osos para ganar un concurso y con el último no pudo, su amor propio le hizo volver destrozado y en un irreversible estado de agonía.

Generalmente, tras el encuentro, se volvía a casa, pero ya a morir en la cama; a engrosar el mito, y a pasar a la historia menuda a través de los relatos de invierno, engrandecidos por el fuego y por la superstición. Eso le pasó en Barbenuta a un pastor que bebía en la Fuente Marco, o a otro francés de cerca de Lescún.

Pero si se habla de los tópicos del enfrentamiento con el animal, sólo hay que hablar de una cosa (en el Pirineo y en Suecia, en los Cárpatos y en los Abruzzos): se trata de la creencia de que el oso deja en paz a la víctima si ésta finge la muerte conteniendo la respiración; pero eso sí, antes la olerá y removerá con su hocico, para finalmente verter sobre él sus orines.

En el siglo XIX, en Yésero había especialistas en la caza del oso. De un encuentro real con un plantígrado, y que le costó una orca a Miguel de Casa Usla, nacería una leyenda que absorbía la tradición fabulística europea y de Samaniego sobre la venta de la piel del oso.

Sólo en Torla y en Piedrafita he recogido el tópico atribuido machaconamente a los lobos, aunque esta vez realizado por osos. Dudo que ocurriese en tantos pueblos, y por supuesto que ocurriese así; en realidad se trataría de un mecanismo de distorsión y de transferencia oral: en las crudas noches de invierno de siglos pasados los niños bajaban, corno el resto, a la calle con una tea para desahogar sus necesidades fisiológicas, era entonces cuando el lobo, y en estos casos el oso, atrapaba a la criatura, perdiéndose en la oscuridad del monte la llama que el niño aún sostenía.

Entre los pastores que han visto ataques al ganado, o que los han oído contar, imperan dos recuerdos fijativos: el brillo de los ojos del animal en la noche, y su zarpada poderosa que arrastraba la piel de bestias y de perros.

En el Pirineo francés, por entrar el oso en la leyenda, se solían dar nombres propios a ejemplares temerarios; se hablaba de Dominique, del oso Martín, etcétera. Mientras en 1958 se caza uno en Lescún al que se daba este último nombre, ya que en la estela de la leyenda, y en 1938, como me contaron en Gistaín, en Villières hablaban de uno con el mismo nombre; y es que el temor hacía ver martines por todas las sendas...


Continuará