Nuestro oso ha entrado en la historia de la mano regia de los monarcas medievales. Corre la tradición, y en parte así lo recoge el abad Briz Martínez en sus consideraciones sobre San Juan de la Peña, que Alfonso I el Batallador iba a cazar osos al valle de Echo por haber sido criado en él.
Se dice que en cierta ocasión le salió un oso terrible que ahuyentó al séquito; si bien se valió de unos pastores que cerca cuidaban su ganado y que hicieron retroceder a la fiera. Aquella humilde efeméride marcaría para siempre al valle; el monarca le concedió inmunidades y privilegios, formó con sus gentes una partida de cazadores reales, cuyos miembros se reelegirían en una fiesta de primavera; y finalmente, de este suceso, surgiría el escudo de la localidad, que recoge en uno de sus cuarteles el arrojo de la villa frente a la bestia.
También recoge al oso el estudio de la contigua villa de Ansó: aparecen dos ejemplares junto a las barras de Aragón. Su origen heráldico es más incierto: alguien ha dicho que se trata de un motivo parlante incluido por la similitud entre Onso y Ansó, así como por la riqueza ursina del valle. Algo similar pudo haber ocurrido respecto al próximo valle francés de Ossau.
Los monarcas de la vecina Navarra poseían costumbres cinegéticas similares; famoso fue aquel invierno de 1165 en que Sancho VI acabó con la vida de catorce osos.
Esta práctica medieval debió de estar tan al día que el escultor de la iglesia románica de Santa María de Uncastillo, vinculada al camino de Santiago y a Santa María de Olorón, no dudó en representar en la portada un hecho tan cotidiano como era su caza en el Pirineo.
Dicha costumbre siguió siendo práctica predilecta de la realeza, y el estamento nobiliario hasta los albores de la edad moderna; así, sobre 1420, el Trastamara Alfonso V de Aragón se trasladaba a Nocito y Montes de la Sierra de Guara, en el Prepirineo exterior, según indicaba Giménez Soler en los estudios sobre el itinerario del monarca. En Huesca pediría guías, resultando de la montería una enorme osa que inflaría el menguado prestigio de un rey que vivía casi todo el tiempo en Nápoles.
Queda pues claro que hasta el siglo XV la zona ursina bajaba hasta las sierras más sureñas del Prepirineo; allí se fosilizarían topónimos como los de la Cueva del Onso, contenedora de restos del Bronce; y San Martín de la Valdeonsera, viejo centro eremítico donde oraría San Urbez, el santo por excelencia de la montaña.
Este límite se mantendría hasta finales del siglo XVII. De ello nos habla la lucha que según el padre Faci, en su Aragón Reyno de Christo, mantuvo el infanzón Pedro Villacampa Señor de Laguarta y parte de la Ribera de Fiscal, sobre 1690, con un tremendo oso en las inmediaciones de la ermita de la Virgen de Matidero.
Corrían años de pestes y plagas de langosta, como aún rezan hoy inscripciones en su casa solariega de dicha localidad; era preciso administrar bien el monte. Estando en esta tarea acontecería el encuentro con el oso, manteniendo el clásico cuerpo a cuerpo con puñal. Llegados al borde de un precipicio, y en situación extrema, Don Pedro invocaría a la próxima Virgen de Matidero. Aquella invocación debió de ser acogida pues el oso rodó por el abismo y el infanzón llevó su piel como presentalla a dicha ermita.
En la siguiente centuria, la presión demográfica y el incremento agropecuario forzarían su regresión hacia el Prepirineo interior, siendo aún el oso muy frecuente, como señala Ignacio de Asso en su Historia de la Economía de Aragón, o como se ve en las ordinaciones ganaderas de la Cofradía del Santísimo Rosario de Larrés.
Según las encuestas, a finales del primer tercio del siglo pasado, el oso aún dominaba el Prepirineo interior: en el Monasterio de San Victorián, al pie de la Peña Montañesa, lo vieron por la noche cuando iban tras una oveja perdida, no lejos precisamente del paso del oso.
A mediados de siglo, nuestro protagonista iniciaría el repliegue gradual hacia su ecosistema actual, o más favorable: por aquellos años el sastre de Espierba, de Casa Martín, mataría el último oso de Pineta; pesaba dieciocho arrobas (2l6 kilos, un gran ejempiar).
En las mismas fechas desaparecería del hoy Parque Nacional de Ordesa; lo cual no quita que posteriormente, en alguna de sus largas correrías haya aparecido por allí. El revulsivo sería la quema de un hayedo en Mondarruego, donde tenía su reducto; allí ha quedado como testigo invisible un topónimo: La Fabeta l'onso.
El repliegue a oriente se agigantaría en la segunda mitad de la centuria, siendo causante en gran medida la presión que producía el incremento de la cabaña. En 1890 aún se le vio bajar de Tendeñera, cruzar el puerto de Cotefablo y subir a Erata (a la vista de Biescas). ¡Que lo cuenten a un tal Ramón de Casa Cazacarro de Yésero, que se dió de bruces con él...!
En 1910 el hábitat del oso coincidía con el actual, aunque algo ampliado por la zona de crestas: llegaba al Portalet, en la cabecera del valle de Tena, como lo prueba el ataque a la Majada de la Cueva, en dicho año.
El núcleo oriental (Luchón-Arán), ya estaba configurado a comienzos de este siglo; de ello dio fe en 1935 Pascual Bernal, sirviente habitual como otras gentes de Gistaín en el núcleo francés de Villiere, cerca de Bagneres de Luchón, que observó atónito cómo un oso se comía a una vaca. El último oso que atacó en Benasque lo hizo en 1940 y provenía de esa zona por el Portillón.