Nuestro oso en el recuerdo

El oso, desconocido y asediado.

Quien a una década del siglo XXI desee palpar la noche del oso y el oscurecer de su historia pirenaica, sólo tiene que recorrer las ceñidas calles de Ansó a primeros de octubre, en la sanmigalada: no lejos, al noreste, en el puerto de Segarra, en noches frías y de ventiscas prematuras, verá chispear la hoguera de los pastores que presienten un ataque.

Seguramente el oso no acudirá, pero en el ceño del pastor perdurará hasta la madrugada el respeto secular y mítico hacia el plantígrado.

Como aprendiz de pireneista hace muchos años que ando por la senda del oso; la torno y la retomo, aunque nunca la dejo. Hace veinticinco años, siendo crío, mi abuela me hablaba del onso; lo hacía en la aldea hoy abandonada de Escartín de Sobrepuerto, eran historias contadas por sus padres y provenientes de la primera mitad del siglo pasado. Hoy el oso ha quedado arrinconado a bastantes kilómetros...

En el año 79, una Semana Santa gélida, lo creí ver a lo lejos en la Sierra de las Cutas, en Ordesa. Era difícil creerlo, no podía estar tan a oriente; siempre me ha quedado la duda y alguna vez recuerdo los siete grados bajo cero, la cascada de Cotatuero hecha un monolito de hielo, y aquella solitaria y voluminosa figura, que no era la de un perro excursionista.

Seguramente Federico Filat y otros amigos del Instituto Pirenaico de Jaca lo han tenido más cerca; yo sin embargo hace años que le veo hacer cosas inverosímiles: arrastrar una vaca de trescientos kilos, atravesar una aldea sembrando el asombro, participar en forma de máscara en un carnaval... Sale de las bocas de entrañables abuelos que saben mil historias y costumbres del Pirineo, y que tal vez algún día callarán...

Nuestro oso no sólo supone un patrimonio biológico a preservar. A lo largo de los siglos ha generado mitos, leyendas, actitudes, folklore; en suma, ha conformado un ámbito cultural que también debe de salvarse. Seguramente algún día plasmaré mis apuntes; vaya pues un adelanto.

El oso es un desconocido, un mito pirenaico engrandecido en el frío, en la superstición, en el miedo y hasta en el hambre de centurias pasadas: siendo omnívoro, su consumo de ganado no supera el ocho por ciento de su alimentación, ocupando los nutrientes vegetales la tercera parte de ella.

El oso encierra secretos en su guarida, en su vida y hasta en su nombre: ¿De dónde viene la palabra aragonesa onso, la asturiana y judeoespañola nonso? El camino evolutivo desde el Latín ursus habría dado una "s" como en castellano; sin embargo dio "o". Corominas, en su Diccionario Etimológico, supone un proceso juguetón: al verlo la gente siempre en solitario se generalizó el decir "un oso"; luego, el artículo indeterminado haría de contaminante y resultaría onso.

Nuestro oso pertenece a la subespecie pyrenaicus. Un adulto macho posee una longitud que gira alrededor de los 1,80 metros, con una alzada a cuatro patas de 0,90. Su peso oscila entre los 100 y 150 kg, según se trate de ejemplar hembra o macho respectivamente, si bien se han dado casos excepcionales como el de aquella osa cazada en 1848 en el valle francés de Ossau, vecino del de Tena, que pesó 350.

Con un color variable, que oscila entre el crema y el negro, nunca supera los 35 años, dando las hembras cada dos años entre una y dos crías.

Su vista, algo limitada, queda compensada con un excelente sentido del oído y del olfato, que hacen de la noche su tiempo de acción.

A pesar de su andar aparentemente descompensado y torpe, puede alcanzar 40 km/h. y dar grandes saltos.

El oso, ¡cosa inaudita! vive cinco estaciones: las cuatro tradicionales y la de preinvierno. Esta será fundamental; se convierte en un acaparador: tras ingerir en otoño frutos y bayas silvestres se encenegará con las bellotas y los hayucos para acumular una espesa capa de grasa, sostén de su pseudohibernación.

En invierno, el relativo letargo, en la cueva de los riscos que domina el bosque alpino, le permitirá salir a tomar el sol. Entonces la hembra parirá los oseznos. De esta época de letargo nacerá la mítica del oso, que penetra en la tierra, en el inframundo, para resucitar como lo hace la primavera.

El área ursina está en regresión permanente. En el Pirineo se constriñe a un foco occidental significativo: valles de Echo y Ansó en España, y de Aspe y Ossau en Francia; existiendo otro oriental más secundario: el de Arán-Luchón. En total, entre quince y veinte ejemplares, que basculan más hacia Francia, e insuficientes según un estudio americano para pervivir un siglo con la dinámica ecológica actual.

Hasta hace poco era bastante ostensible la asimetría salvaguardadora en un lado y en otro de la frontera. Habiendo tomado la iniciativa en 1977 el FIEP (Fondo de Intervención Ecopastoral), asociación privada de Pau, se ha ido constituyendo tortuosamente un frente de intervención en ambas vertientes.

Los ganaderos, que a veces tienen problemas con las subvenciones por los ataques recibidos, deben comprender que el oso vende", como bien se ve en los folletos y pegatinas turísticas; l'onso es el mayor empresario de los valles. También deben de comprender que forma parte de su historia y de sus genes, y que si algún día desaparece, también lo hará su identidad.

Las administraciones deben de investigar, salvaguardar y poner medios con diligencia; se deben de regular talas, accesos y caza de otros animales.

Los ecologistas deben de seguir con sus campañas de sensibilización, al menos mientras el hilo filogenético sea tan frágil.

La escuela, a la que siempre se pide tanto, una vez más, voluntariamente, debe de hacer el resto. ¡Ojalá que esta humilde aportación en ocho entregas ayude en algo!...