Cuando había que comunicar, debatir o solucionar algún asunto relacionado con el pueblo, el alcalde por medio del alguacil, convocaba a los vecinos (uno de cada casa), reuniéndose en "concello" en las "escaleretas" de la plaza o en su propia casa, si hacia mal tiempo. Allí se trataba desde cuestiones relacionadas con las instituciones, a mejoras de los servicios públicos, incluso problemas económicos de los vecinos.
Los temas más comunes eran:
El día de San Julián (7 de enero), patrón del pueblo, se preparaba un "poncho" de vino en casa del alcalde para todos los vecinos que lo desearan. Después de la cena iban acudiendo a esta velada que se prolongaba varias horas: se comentaban asuntos de todo tipo, a medida que se tomaba el vino, aumentaba la juerga y el jolgorio... Se jugaba a las cartas, se contaban chistes a veces hasta se organizaba baile con músicos aficionados de los mismos vecinos, pues algunos sabían tocar la guitarra, el acordeón, la bandurria, etc.
El día de Santa Orosia, se iba a la romería todos juntos, como mínimo uno de cada casa, transportando las meriendas en una caballería. Los mozos se encargaban de llevar la bandera con su larga asta, otro vecino portaba la cruz parroquial. En el Puerto participaban en todos los actos: procesión, misa, dances, etc. Comían todos juntos alrededor de la "mata de buxo" que cada pueblo había elegido. Los que quedaban en el pueblo, salían a recibir a los romeros a las afueras del pueblo (la Cruceta), donde había una columna de piedra: de 2,5 m. del altura, de sección poligonal, de unos 25 cm. de diámetro, con las típicas bolas del románico jaques en la parte inferior y superior, simulando la basa y el capitel, como remate una cruz de hierro. Se adornaba con flores. Desde dicho punto todos subían en procesión hacia la iglesia, al son de los bandeos de las campanas, con la bandera y cruz parroquial, al tiempo que se rezaba el rosario y otras preces.
A las rogativas también acudían uno de cada casa o bien una representación de los vecinos, al que por "redolin" le correspondía.
La gente joven (mozos y mozas) organizaba varias reuniones de convivencia a lo largo del año, con meriendas, cenas y bailes.
Por ejemplo: el 4º día de la fiesta mayor, para San Sebastián, Santa Águeda, Carnaval, etc. Además casi todos los días del invierno se juntaban de velada, cada día en una casa: charlaban, jugaban a las cartas, hacían alguna colación con las aportaciones de cada uno, incluso baile con una gramola. REUNIONES DE VECINOS.
Cuando había que comunicar, debatir o solucionar algún asunto relacionado con el pueblo, el alcalde, por medio del alguacil, convocaba a los vecinos (uno de cada casa), reuniéndose en "concilio".
El compromiso verbal, la "Palabra", sellaba cualquier pacto, contrato, compra, venta, etc. Los documentos escritos apenas se usaban, si exceptuamos las escrituras de propiedad, las capitulaciones matrimoniales o las renuncias a la herencia en favor del primogénito. Normalmente había unos testigos que daban fe de los tratos, además de la publicidad que a nivel de conversación se iba haciendo entre el vecindario. Todo este ambiente obligaba al cumplimiento de la palabra dada y evitar la afrenta que suponía lo contrario a nivel popular: "d'ixe no te fíes miaja, ye hombre de poca palabra".
De este modo se verificaban las ventas de ganado (corderos, ovejas viejas...). Los tratantes acudían cada temporada y ofertaban su precio, produciéndose un regateo con el ganado, hasta perfilar el definitivo, así como la fecha de entrega. El tratante marcaba las reses compradas en un lugar bien visible y era la única señal del compromiso establecido.
En las ferias había que actuar con estrategia aprendida con la experiencia y de los consejos de los adultos. Los tratantes iban viendo el ganado y preguntaban.
- ¿Cuánto pides por ese macho?.
- Tanto..., contestaba el amo (procuraba pedir por lo alto).
- Pues no te lo dará nadie. Tendrás que aflojar, si no te lo quieres volver a casa...
El ganadero procuraba ir un poco enterado de los precios: por otras ferias anteriores, por los que habían vendido con anterioridad o simplemente, en la propia feria, aunque se actuaba con mucho sigilo y nadie soltaba prenda. Al final, tras pensar las ofertas y contraofertas, se cerraba el trato, cobrando al contado. De los talones bancarios se desconfiaba mucho... A veces regresaban con el ganado a casa, procurando venderlo más tarde a tratantes ambulantes.
Algunos productos, como patatas, queso, huevos, etc., se utilizaban en el trueque por vino, aceite, tejidos, etc... Debemos hacer constar el abuso de algunos comerciantes al infravalorar los productos ofrecidos por los montañeses, aun reconociendo la calidad.
Los arrieros y vendedores ambulantes en general ofrecían sus mercancías a precios asequibles, procurando dejar contenta a la clientela que visitaba cada temporada.
Las compras y ventas de tierras o edificios entre vecinos se acordaban primero de palabra y después mediante escritura ante notario, según las normas del derecho aragonés.
No había ninguna normativa escrita, simplemente se seguía la costumbre, la tradición, transmitida de una generación a otra. Este derecho consuetudinario era fielmente respetado por todos año tras año, al estar en juego las actividades económicas: agricultura, ganadería, forestales, etc.
El monte del pueblo estaba distribuido en tres franjas, escalonadas en altitud, de acuerdo con el ciclo evolutivo de los pastos:
Las divisiones del monte común a efectos de pastos, no estaban delimitadas con cerramientos de ningún tipo, sino abiertas. Los pastores las conocían perfectamente y las respetaban por su propio interés. Solo la Sierra estaba amojonada en su parte inferior, mediante unos "pilones" de piedra.
Antes de la guerra civil el censo ganadero era mucho mayor y el ganado lanar se trasladaba a los pastos de la Comune de Gavarnie (puertos de Francia), donde permanecía casi 3 meses (de julio a septiembre), pastoreando por turno anual entre sus dueños. A partir de los años 40 se dejó de ir por haberse reducido la cabaña, dejándose también la trashumancia a Tierra Baja.
Se seguía un esquema anual, de acuerdo con la evolución de los pastos, según hemos dicho antes. En invierno se "soltaban" a los "cerraus" particulares del sur del pueblo, si el tiempo (nieve o lluvia) no lo impedía. Cuando se hacía trashumancia solo quedaban en el pueblo los "casalizos" que cada cual cuidaba por sus propiedades.
Al avanzar la primavera e ir desapareciendo la nieve, los rebaños pastaban por la zona intermedia del monte ("Güebras" y común), ya engrosados con la llegada de las cabañas de Tierra Baja. Se aprovechaba para ordeñar, hacer el sabroso queso de oveja y estercolar los campos mediante los "cletaus" (cercados de vallas de madera). Durante un tiempo se separaban los corderos de las ovejas para "desbezalos", es decir, dejasen de mamar.
En el verano, la mayor parte del ganado se llevaba a los pastos comunales de Bujaruelo y Gavarnie (Comune de Gavarnie).
La mayor parte del invierno permanecía estabulado a consecuencia de la nieve y de la escasez de pasto. Solo se sacaba a pastar los días buenos por los "cerraus", dándoles una pequeña cantidad de hierba por la noche como ayuda alimenticia. Cuando estaban encerradas se les administraba hierba tres veces al día (heno, pipirigallo, etc.), guardada en los "yerberos" desde el verano y únicamente salían para abrevar en la fuente.
En cuanto iba mejorando el tiempo, crecía el pasto y se soltaban a los "cerraus". Con la llegada de la primavera, aumentaba la zona de pastos e iban ascendiendo al área intermedia. Los terneros se quedaban en las cuadras. En mayo llegaban hasta la parte este de la Sierra (os Cubilás), regresando a casa todos los días.
El día 13 de junio (S. Antonio) se abría toda la Sierra para las vacas, con sus terneros. Se juntaban todas las del pueblo, cuidándolas por turno según el número de cabezas. Permanecían allí hasta el 30 de agosto, fecha en que se abría en su totalidad para el ganado lanar. Entonces las vacas descendían a la zona intermedia (rastrojos y común), primero en las partidas de la Isuala y la Corona, después a la "añada" de rastrojos próxima al pueblo (Lacuna o la Cruz).
A mediados del otoño volvían a los "cerraus", donde seguían pastando mientras el tiempo lo permitía.
En los rastrojos y la Sierra, se tenía por norma que las vacas precedieran en el pasto a las ovejas, procurando que aquellas no los agotasen demasiado y perjudicasen a las segundas.
Continuará.