Semblanzas de mi lugar: Escartín

V.- SERVIDUMBRE

a) Consideraciones generales.


En las casas de Sobrepuerto, como en todos los pueblos de la montaña, había actividades para todos los miembros de la familia, dependiendo, claro está, de la "Fachenda" (ganado, tierras) que se poseía y de la época del año.

La importancia económica de una casa no dependía sólo de los medios materiales disponibles, sino también de los recursos humanos. En la organización del trabajo todos los brazos eran necesarios. Normalmente convivían en la casa tres generaciones: abuelos, padres, hijos... Hay que añadir los tiones. Es decir, 8 ó 10 miembros por familia. Si el matrimonio no aportaba hijos al hogar, significaba la ruina, "la casa venía a menos". Había que contratar sirvientes, que, a la larga, no hacían más que prolongar la agonía de la misma. En el caso de que los hijos fuesen hembras, quedaba el recurso de casar alguna en casa, "traer un choven", que contribuyese al sostenimiento de la misma. Restaba otro supuesto: si el matrimonio del hijo mayor no daba sus frutos, se concertaba otro enlace con el segundo, a fin de agotar todas las posibilidades. Queda bien patente la importancia económica de los recursos humanos propios en la sociedad agrícola-pastoril de la montaña, el modo de conseguirlos y, como telón de fondo, la desconfianza en la mano de obra ajena, ya que, según el dicho montañés, "o amo ye o mejor criau".

El equilibrio familia -"fachenda" era el ideal a mantener o conseguir, el caso contrario propiciaba una problemática social difícil de resolver en muchos casos. Si los recursos patrimoniales eran superiores a la mano de obra familiar, se solucionaba contratando algún criado. Había casas con criados de forma permanente, pero, en la mayoría de los casos, permanecían mientras los hijos eran pequeños o, temporalmente, en la época de la siega.

En general las familias eran demasiado numerosas y desproporcionadas respecto a los recursos y, desde la perspectiva de hoy, resulta difícil comprender cómo podían subsistir. En capítulos anteriores hemos explicado la forma de sobrevivir con pocos medios, sin dinero, en una economía de autoabastecimiento. Podemos decir que aquellas dueñas de Sobrepuerto hacían milagros para dar de comer a tanta gente: el "reposte" parecía infinito, siempre había algo para echar al puchero o a la olla. Miembros de estas familias emigraban temporalmente para obtener algún dinero: a Tierra Baja para la recolección de las olivas, a la cercana Francia, etc. A veces se establecían de forma permanente fuera del pueblo, con lo que se "amortaba" la casa y vendían o arrendaban sus propiedades, incrementando los recursos de otras casas y del pueblo en general.

La procedencia de los sirvientes era del propio entorno montañés o de Tierra Baja, en este caso se había contactado a través de la trashumancia pastoril. En la comarca se controlaba la oferta y la demanda de mano de obra: el cartero, las visitas familiares, los viajes, los artesanos y vendedores ambulantes o arrieros, eran los cauces normales de la información.

El contrato más habitual era para San Miguel y rara vez se hacía por escrito: la palabra era la ley. Todas las condiciones se acordaban verbalmente entre las partes, que solían respetarse bastante bien. Se les pagaba lo estipulado a finales de temporada, adelantándoles parte si lo necesitaban, de acuerdo con el amo, que valoraba su comportamiento en el trabajo. Los criados, a la hora de renovar su contrato, tenían muy en cuenta el trato humano con su dueño, las condiciones del trabajo encomendado y, especialmente, la comida que le proporcionaban, pues el sueldo era muy escaso. De acuerdo con las citadas apreciaciones, se quedaban con el mismo amo o se cambiaban a otra casa del mismo o diferente pueblo.

Podemos constatar que los criados defendían la actividad para la que habían sido apalabrados (agrícola o pastoril), cuando sus amos pretendían utilizarlos indistintamente para ambas. Claro está que el amo también buscaba la persona idónea para cada actividad, pues era difícil encontrar a alguien capaz de desenvolverme bien en las dos, reservándose la facultad de echarle si no cumplía. Había excelentes agricultores y pastores, capaces de emular a sus amos, coincidiendo con su procedencia montañesa, ya que tenían la ventaja sobre los de Tierra Baja de conocer las condiciones y costumbres del medio. Pero no todo eran excelencias: también se daban agricultores que se agotaban por los largos caminos hacia los campos y pastores que conducían mal el rebaño o no sabían manejar el perro.

El serviente que se dedicaba al pastoreo siempre tenía trabajo, incluso en el invierno: cuando se practicaba la trashumancia, se trasladaba a Tierra Baja con el rebaño y, si se quedaba en el pueblo, tenía que preocuparse de darles de comer los días de permanencia estabulado a causa de la nieve. Sin embargo el agricultor tenía que ser más polivalente, dedicando su tiempo a múltiples actividades, cuando el mal tiempo le impedía las labores en el campo: limpiar cuadras, hacer leña, reparar paredes o edificios, charticar, etc. El amo planificaba las tareas en el "fogaril", a la luz de las "tiedas" o improvisaba a la mañana siguiente, si el tiempo salía contrario a sus pretensiones y previsiones.

Las condiciones económicas tenían matices diferentes, según se tratase de agricultor o pastor. En el primer caso el salario era siempre en metálico. Por el contrario, el pastor solía beneficiarse del pasto gratuito para unas cuantas reses de su propiedad y de una cantidad en metálico. Los que se habían dedicado siempre al campo, podían llegar a ser buenos pastores, si se lo proponían, pero los pastores daban mal resultado para la agricultura, al haberse acostumbrado a un ejercicio físico menor. En cualquier caso el amo se encargaba de enseñarle o recordarle los rudimentos de su profesión, haciendo un seguimiento continuo de su rendimiento, para rectificar sobre la marcha. Y cuanto menos los viese por casa, mejor.

La dueña debía encargarse de lavarles la ropa y tener la "muda" preparada casa semana o quincena, así como de realizar los remiendos necesarios en sus ropas.

b) Características de sus actividades

1) Agricultor

Siguiendo la organización cíclica propia de la actividad agrícola: labrar, reparar las consecuencias de la erosión (subir tierra de la parte inferior a la superior en los campos en desnivel), "espedregar" (quitar piedras), "minas" (arrancar las piedras que afloraban a la superficie), reconstruir paredes, hacer "zequiones" para desviar las aguas de los campos, "charticar" (limpiar los arbustos), ir de "vecinal" (trabajos comunes), sacar "fiemo" (estiércol)... Todos los relacionados con la siega y recolección, tanto de la hierba como de los cereales: segar, acarrear trillar, etc.

2) El pastor

Su vida está unida permanentemente al rebaño que cuidaba. Desde la primavera a finales del otoño vivía alejado del pueblo: el amo se encargaba de llevarle la merienda por la mañana y la cena al anochecer. Dormía junto al ganado ("rodiar") en el campo que cada noche "femaban". El perro era su mejor ayuda.

Debía conocer "o siñal" (las marcas) de las reses, si eran de diferentes amos, vigilar constante mente por si había alguna enferma, llevarlas de forma adecuada por los pastos que cada época marcaba el "concello" del pueblo (concejo), manejar bien el perro para no "zamarrear" el rebaño (darles giros violentos), curar las heridas, fracturas, etc., reponer "esquillas" y "cañablas".

Cuando llegaba el mal tiempo, el ganado dormía en las cuadras y el pastor pernoctaba en la casa. Soltaba el rebaño por los cercados de los alrededores del pueblo y, si nevaba, tenía que preocuparme de darles de comer en las cuadras, transportando la hierba desde los pajares. En la época de la trashumancia se trasladaba a Tierra Baja.

Su indumentaria típica era la zamarra de piel de oveja o cabra, que resguardaba bien su espalda, abrochando por delante con unas correas. La mochila del mismo material, para portar sus viandas. El paraguas "familiar" (grande), procedente de Gavarnie, en bandolera, que no abandonaba nunca: "si plebe, pa no mojame y, si fa sol, pa feme sombra", decía un pastor.

3) Sirvientes eventuales

A parte de los sirvientes citados, solía contratarse alguno para los días de la siega, ya que esta actividad no admitía demora. Todo dependía de la hacienda y de las personas de la casa. Estos criados hacían las tareas más duras (dallar o atar), a cambio del sueldo estipulado.

En casos de infortunio familiar, por ausencia de algún hijo o minoría de edad, etc., se ayudaban entre familiares del mismo o diferentes pueblos, de forma desinteresada o devolviendo el trabajo en el momento oportuno ("golber as tornas"). Otras veces, entre familias amigas.

Salvando los problemas de convivencia cotidiana en los pueblos, hay que hacer constar la solidaridad en los momentos difíciles. Si fallecía el amo de la casa o perdían algún animal de trabajo, todos los vecinos colaboraban en la recolección de la cosecha, pues era esencial para la supervivencia de la familia.


CONTINUARA.