CONTINUACIÓN
Algunos antropólogos interpretan ciertas comidas como un ritual con el que se pretende evitar la entrada del espíritu de los difuntos en el interior de la persona Josefina Roma. op. cit. p. 66..
La comida del funeral para los familiares sería uno de estos ejemplos. El pragmatismo impuesto por el medio físico y la peculiar hospitalidad del montañés hacían ver como algo normal esta comida en casa del finado.
El que estas comidas estuviesen impregnadas de un sentido ritual se confirma por la peculiaridad de los alimentos que se proporcionaban y el que siempre fuesen los mismos: judías blancas, caldo de judías, carne estofada, pan y vino (Ainielle); lo mismo, más nueces y almendras en Artosilla; en Otal daban judías blancas, carne guisada y nueces o almendras, estas últimas subidas de Tierra baja o de la Galleguera. En Isún de Basa, unos días antes del fallecimiento se calculaba la gente que iba a comer (familiares, vecinos a los que se agradecían los trabajos prestados, sacerdote, etc.) para ello, mataban una o dos reses, las cuales se cocían y de ellas se hacía caldo para dar sopa de arroz de primer plato, judías blancas de segundo, la carne del cocido de tercero, pan, vino y de postre nueces; tras comer se ponían todos de pie y rezaban en memoria del difunto. Nunca se tomaba café ni licores.
Las almendras, nueces y judías, alimentos de gran contenido proteínico ("que llena") reafirmarían la hipótesis de alimentación ritual tendente a evitar la "entrada" de los muertos en los vivos.
Una vez muerto un familiar se efectuaba una novena, consistente en rezar durante nueve días una misa y un rosario; el último día se denominaba cabo de novena. Posteriormente, una vez al año y durante dos o tres, según la devoción de la casa y su estatua económica, se hacía una misa llamada cabo de año.
El adornar las tumbas con flores es una costumbre muy reciente y que a comienzos de siglo no se practicaba.
Como ya me ha indicado, la sustitución del enterramiento de losa por el empleo del ataúd se produjo en Serrablo, aunque no de una manera uniforme, paralelamente a la expansión socioeconómica acontecida en el S. XVIII.
El enterrar al lado de la iglesia o en su interior parece ser lo más generalizado desde la Edad Media; en Serrablo son contados los pueblos que en la actualidad tienen separado el cementerio del núcleo urbano: Osán, Sardas, Aso de Sobremonte, etc.; siendo reseñable precisamente este último porque el campo santo reproduce una planta de iglesia en cruz latina con ábside semicircular E. Satué y J. Garcés. "Sobremonte", Serrablo, nº 36..
En algunos pueblos (Artosilla) el suelo del cementerio estaba dividido entre los vecinos. La necesidad de espacio hacía que a los siete años, si era necesario, se podía enterrar en el emplazamiento de la vieja tumba; este era el tiempo necesario para que tan sólo quedasen los huesos y el coral de la caja de pino. La fuesa debería de tener siete palmos de hondo y en el caso precedente los restos antiguos se depositaban sobre el nuevo ataúd. En los extremos de la fosa me clavarían sendas lajas de caliza en forma semicircular y como máximo derroche decorativo se indicaría con iniciales el nombre del finado y el año de su defunción, todo acompañado de una cruz incisa.
El cementerio antiguo del barrio de San Salvador de Biescas (funcionó hasta 1926) constituye un ejemplo peculiar: a él se accede a través de una calle urbana denominada -consta en placa- Paraíso; está rodeado por un tapial en el que por la parte interior y a modo de falsos nichos cuelgan placas de pizarra del Valle de Tena, conmemorativas de los difuntos pudientes; de la gente humilde no queda ningún recuerdo y tan sólo los familiares, por alguna teja o losa clavada en el suelo, conocían su ubicación.
Al hacer un breve recorrido a través de las lápidas funerarias que aparecen en Serrablo, cabe hablar de las grandes losas que cubren sepulturas en el interior de las iglesias -costumbres llevadas a cabo hasta el siglo XVII-; así, en el interior de la iglesia de Escartín, en una gran losa frente al altar se lee: "sepulturas de Pedro Escartín y los suios"; más espectacular es la losa que cubre la sepultura del S. XVII del Caudillo de Serrablo, Francisco Villacampa; en Laguarta (fig. 1).
En una pieza arqueológica que no ha sido estudiada y que posiblemente se trata de una estela funeraria, es la pieza con decoración incisa que hoy sirve de banco exterior en la Iglesia de Isún de Basa, que antaño hizo de dintel en la puerta del cementerio y que existe la tradición vaga de que se recogió en el monte. Sus dimensiones: 165 x 40 cm. Su decoración consiste en un diente de sierra perimetral, una punta de lanza en un extremo, un ave en el medio y una cruz ensanchada inscrita en un círculo (fig. 2).
Como lápidas atípicas en el arte funerario popular, ya que cuando existe lápida no se decora, cabe citar dos del siglo XIX de Lasaosa (fig. 3 y 4) y otra de la misma centuria en Biescas (fig. 5); su simbología: la calavera, elemento nada frecuente hasta épocas muy recientes en las manifestaciones populares, no así en los cultos (caso del Justicia de Serrablo. fig. 1) y otros símbolos de origen pagano que, abundan mucho en la decoración de la artesanía en general: estrellas, corazones, esvásticas, etc.
Otro tipo de lápidas eran las meramente conmemorativas, ubicadas en lugar visible de las iglesias; no eran frecuentes y en ocasiones recordaban las obligaciones espirituales de los herederos para con el difunto; es el caso de una iglesia de Otal fechada en 1861 "Eleredero de (...) Juan Oliván i tapia (...) i se obligan los erederos D. Juan Sampietro y D. Mariano Bielsa a sustener una lámpara cada uno en esta capilla de San Ramón. Ardiendo todos los días de fiesta del año durante la misa y dos de San Antonio y San Ramón de sol a sol y por sustener la capilla y alumbrados les da el guerto patro. La mita para cada uno pa siempre. Año de 1861"..
Las cofradías nacen en el siglo XIII paralelamente a que lo hacen las terceras órdenes religiosas; intentan imbuir a los seglares en un cristianismo diferente del modelo monástico dominante superada la estructura feudal, contribuyen a tejer el modelo de vida asociativa en los municipios, tomando diversos caracteres: propiamente religioso, religioso matizado por una tendencia benéfico-asistencial y artesanal, o gremios propiamente dichos.
Aunque esta tipología se va reflejando en el área de estudio, es la marcada por el segundo matiz la que predomina, teniendo estas instituciones como uno de los papeles primordiales el velar por el tránsito a la otra vida de los hermanos difuntos.
Así, la cofradía de Santa Orosia de Yebra, renovada en sus estatutos en 1626, de los treinta y un artículos de sus estatutos, dedica cuatro a la normativa para asistir a los cofrades enfermos o fallecidos. En base a esta función, a partir del s. XVIII, en los libros de cuentas de .la Cofradía suele repetirme anualmente junto al saldo un bien que al parecer debe de estar siempre entre las existencias de ésta: "Más queda una mortaja de estopa de cinco varas y cinco libras de velas" E. Satué, "Las romerías de Santa Orosia", tesis de licenciatura en vías de publicación..
En Larrés, tradicionalmente a cada entierro estaba estipulado que acudiesen al menos dos cofrades por obligación y en casi todos los pueblos los cofrades se encargaban de velar al hermano difunto, poner las velas, llevar el féretro, hacer la fosa y efectuar otros menesteres que la familia del finado no estaban en disposición de hacer.
Salvo contadas excepciones, las cofradías desaparecieron de los pueblos inmersas en la dinámica de aculturación de toda la sociedad rural de la montaña.
En la vida tradicional de Serrablo existían dos "macro-reliquias" que capitalizaban la vida religiosa de los montañeses; una era la cabeza de Santa Orosia, guardada en Yebra de Basa y la otra el cuerpo de San Urbez, custodiado hasta la Guerra Civil, en que fue quemado, en el Santuario de Nocito.
La primera permanece en el interior de un busto-relicario de tradición aragonesa fechabler en la segunda mitad del s. XV y según la leyenda, su cuerpo seccionado por los musulmanes en los puertos de Yebra, reposa en una urna del s. XVIII en la Catedral de Jaca.
La segunda -el cuerpo de San Urbez- estaba guardado en un arcón rústico encajado en la mesa del altar del Santuario.
Exteriormente el cuerpo permanecía íntegro y en posición fetal, cubierto con una mortaja de lino, similar a las populares ya descritas.
Para venerar dichas reliquias, en caso de romería ordinaria o rogativa en petición de agua, se abrían las estructuras envolventes con más de una llave (dos en el caso de Sta. Orosia de Yebra y tres en la de San Urbez) guardada por las distintas instituciones implicadas en el mantenimiento del culto o por cada una de las áreas geográficas que aportaban colectivos humanos a la peregrinación.
Si es cuestionable la historicidad de las reliquias, no lo es en absoluto la magnitud del fenómeno religioso que catalizaban:
En el caso de las peticiones de agua, estas reliquias fueron sometidas a un ritual con matices paganos que la Sagrada congregación de ritmos prohibió a comienzos del s. XVIII, era la moja o sumersión de la reliquia en una balsa o depósito de agua.