Ritos funerarios en Serrablo


Continuación.

IV-l AUGURIOS DE MUERTE

Según creencia popular muy extendida desde la antigüedad, el canto de algunos animales podían presagiar una muerte; este era el caso del cuclillo o cucullo al que las mujeres de Escartín de Sobrepuerto preguntaban:

"Cucullo de marzo,
cucullo de abril,
dime cuantos años
tardaré yo en morir".

y el número de veces que cantaba a partir de la pregunta daba la respuesta; preguntas similares hacían a este pájaro en el Pirineo las chicas para saber cuantos años tardarían en casarse R. Violant, op. cit. p. 281..

En Serrablo, lo más corriente era el pensar que cuando cantaba una lechuza (cabrero) en lo alto de la chimenea, habría alguna muerte. Para los antiguos egipcios la lechuza era símbolo de la noche, el frío y la muerte; en el simbolismo cristiano, la lechuza -que se oculta en la oscuridad porque teme a la luz- representa a Satán, príncipe de las tinieblas J.A. Pérez-Rioja, Diccionario de símbolos y mitos, Madrid 1980, p. 268..

Un augurio de muerte muy curioso es el recogido en Ainielle y Otal, donde creían que el canto de un gallo por la noche señalaba que pronto iba a morir alguien por lo que era preciso matarlo; por otra parte, el gallo se encuentra representado abundantemente en Serrablo en relación con el culto al hogar: grabado en una chimenea de Escartín (Casa la Casa), en una ventana de Yosa de Sobremonte (Casa O Royo) y en numerosos útiles de cocina (estrebedes, por ejemplo, en el Museo de Serrablo).

Luís de Hoyos señala que este tipo de augurios eran corrientes en la sociedad tradicional española y como ejemplos cita: el aullido de los perros, la entrada en la casa de un gran moscardón -al igual que ocurría en Artosilla- o el que volase cerca de ella una lechuza o murciélago.

IV- " PERIODO AGÓNICO

Al margen de llamar a los vecinos y familiares e ir a buscar al sacerdote los familiares cercanos, la tradición popular ha fosilizado infinidad de anécdotas ocurridas con moribundos y que como mecanismo de compensación eran contadas durante las tertulias en tono jocoso.

IV-3 EL VELORIO

En los pueblos en que había cofradía, eran los hermanos cofrades quienes se ocupaban de velar al muerto; se pasaba la noche en la sala de la casa y sus miembros ofrecían vino y pastas; cuando los familiares directos retiraban era corriente el perder respeto por el acto: se jugaba a la baraja, se contaban chistes e incluso anécdotas jocosas de la vida del muerto.

V - EL ENTIERRO.

V-l LA MORTAJA

La costumbre de cubrir el cuerpo del difunto con una sábana grande o mortaja que anudaban en los extremos no perduró en las distintas zonas de Serrablo de una manera homogénea; fueron las más depauperadas y marginales (La Sierra, zonas de la Guarguera) las que más retuvieron la costumbre. Así, en Artosilla todavía en 1920 envolvían al difunto con una troca (trozo de tela de cáñamo y lino tejida en los telares de Larrés, Gillué, etc.); si longitudinalmente no daba de sí la pieza, se cosía con otra. Posteriormente se generalizó el enterrar con la mejor ropa que poseía el difunto y que generalmente coincidía con lo que había llevado el día de su boda.

Violant i Simorra recoge el uso de la mortaja por todo el Pirineo (motalla en Cataluña, linzuelo de Cristo en el Alto Aragón) e incluso señala que a comienzos de siglo en el País Vasco no solo se amortajaba sino que enterraban todavía sin caja R. Violant, op. cit. p. 305..

V-2 DESARROLLO DEL ENTIERRO

En la Guarguera tras amortajar al difunto, sacaban la cama del cuarto, lo despejaban bien de enseres y depositaban al finado en el suelo con una lámpara de aceite ardiendo a un lado y que daba una luz tenue (de allí según los informantes la expresión: "paice que estás alumbrando os muertos). No se conoce la costumbre de quemar la cama del finado como ocurría según Violant i Simorra en algunos pueblos del país vasco R. Violant, op. cit. p. 306..

Mientras tanto ya se había avisado en los núcleos grandes al carpintero y en los pequeños a la persona con aptitudes en el trabajo de la madera; las tablas en este último caso las proporcionaba la casa del difunto y generalmente eran de pino. La caja, muy rústica, costaba hacerla todo un día.

A comienzos de siglo, en Artosilla todavía se pintaba la caja con aceite y hollín, posteriormente se generalizó el empleo de pago negro o satén para forrarla por fuera y hacer sobre él una cruz con cinta blanca.

Una vez introducido el difunto en la caja, se bajaba al patio de la casa con dos clavos en los extremos por si alguien deseaba ver al finado a última hora. Mientras tanto ya había sido cavada la fosa por familiares o hermanos cofrades.

La caja era llevada a la iglesia a hombros por los vecinos o familiares más allegados. En la iglesia se celebraba misa cantada y se pasaba a ofrecer con una vela en acción denominada pasaminguetes (Isún de Basa) similar a las pasadas del Pirineo Oriental A. Plaza Boya, El mundo religioso del Alto Esera, Huesca 1986, p. 57.. A continuación se pasaba hasta tres veces a besar la cruz parroquial, que previamente había sido sacada del palo.

Una vez en la fosa el sacerdote echaba un puñado de tierra, costumbre que imitaban los más allegados al finado y que encierra cierto paralelismo con el echar piedras en los caminos donde había muerto alguna persona; esta costumbre, dice Violant i Simorra, que también se daba en el País Vasco-navarro, en Alemania y el Périgord[Falta nota en el original].

Finalizado el entierro (Isún de Basa) el cura y el monaguillo iban a echar agua bendita a casa del difunto para "dar gracias por lo bien que se había desarrollado la ceremonia" como si quisieran transmitir el agradecimiento al muerto.