Los platos o formas de guiso eran muy rutinarios, destacando los siguientes:
- Potaje de alubias.- Constituyen el guiso de mediodía más repetido a lo largo de todo el año. Se guardan en "talegas" de cosecha a cosecha, en la falsa. Solas o con patatas son de cocción larga, inmediatamente después del almuerzo, la dueña coloca el puchero de agua junto al fuego y, en cuanto hervía, echaba las judías (boliches o "royas") y la sal. De vez en cuando atizaba el fuego. Al lado otro puchero con agua caliente para ir añadiendo... En los intermedios se ausentaba de la cocina para dar de comer a los animales domésticos (conejos, gallinas, corderos...), lavar, traer algún roscadero de hierba a la pesebrera para alimentar a los "machos" a su regreso del campo. Puntualmente, alrededor de las 12, daba los últimos toques, preparaba la cesta para que algún "mozé" llevase la comida a los que estaban en el campo, a la salida de la escuela. Este comía rápidamente en casa y marchaba al campo, hasta una hora y más de distancia, el tiempo justo para regresar de nuevo a la escuela a las 3.
En el mismo puchero echaba la carne salada o una chulla de tocino, que luego había de constituir el segundo plato, si no había carne fresca para guisarla. El potaje de judías tenía dos modalidades: con aceite o con patatas.
- Cocido.- Muchas veces simultaneando o complementando las judías. En un puchero con agua se agregan unos trozos de carne salada, generalmente costillas de cabra o de oveja, algún trozo de tocino, son el elemento fundamental. Al "escudillar" se separa el caldo de la carne, al que se le agrega algún tipo de pasta o sopa (fideos, arroz, de pan). En invierno era la comida fundamental para "calentar el cuerpo".
- Leche.- Casi nunca se toma sola, salvo en los días de fiesta, que se tomaba con un poco de café y tostadas de pan con mantequilla.
En invierno y primavera se obtiene de las cabras y vacas, la de oveja se usaba exclusivamente para hacer queso y mantequilla, solo se ordeñaban a finales de primavera, antes de ir al puerto. Los platos más comunes eran las "farinetas" o las "sopas de leche".
Las "farinetas" se hacían en la olla colgada del "calderizo", se vertía la leche mezclada con harina, removiéndola continuamente con un largo cucharón de madera para evitar que se "agarrase". Con sal.
Las "sopas de leche".- Leche hervida y sopas de pan, se escaldaban en una perola. También con sal.
- Potaje de patatas con sopas.- Plato del almuerzo en las temporadas que no había leche. Se preparaba en la olla: agua, patatas, sopas de pan, sal y un poco de manteca. Se echaba una chulla de tocino, que se repartía para todos.
- Verduras.- En invierno la col de "grumo" y los "ojos" de col, con patatas, sal, agua y aceite. Acelgas y judías verdes en verano y la ensalada.
- Carne guisada.- De cabrito, de cordero, más común de oveja. En "caseroleta" (cacerola metálica con patas) con manteca, patatas o cebolla.
- Carne asada.- Sólo para las fiestas o para algún enfermo.
- Fritada de carne.- A base de vísceras (hígado, pulmón...) con cebolla.
- Fritada de calabaza.- Con cebolla.
- Tortillas.- De patata o mixta (patata y cebolla).
- Fruta.- Cirgüellos (ciruelas), manzanas, nueces, peras...
El pescado fresco apenas se consumía por la dificultad de su conservación, por tanto se comía el de salazón y conservas (bacalao, sardinas, etc.).
La caza era un complemento importante y un alivio para el menguado "reposte" de la dueña en distintos momentos del año. Los conejos, liebres, jabalíes, perdices, paloma torcaz, etc., constituían principalmente la riqueza cinegética.
Las conservas en adobo de embutidos y lomo de cerdo, se comían preferentemente en el verano y constituían uno de los resortes para halagar a los familiares y visitantes inesperados. Las conservas y los huevos sacaban de apuros a las dueñas en cualquier circunstancia.
La diferencia principal de la comida en los días de fiesta estribaba en que era más copiosa que en los días laborales, si bien las variantes en los guisos eran mínimas. Se tomaban hasta cuatro platos y postre: sopa, legumbres, carne guisada, carne asada, natillas o flan.
A veces se ofrecía el mismo guiso de forma más refinada, por ejemplo las judías con aceite, en lugar de mezclarlas con patatas, que era lo habitual.
Otra diferencia notoria serían los postres caseros: natillas, flan, crespillos, etc. Los crespillos se hacían con masa normal, azúcar, canela y se freían con abundante aceite en la sartén. Las natillas se preparaban con leche, azúcar, flanín, canela, piel de naranja o limón para darle sabor. Los flanes: con leche, azúcar, huevos, algún preparado especial.
Finalmente se tomaba café de puchero, con su buena dosis de malte y achicoria para que saliera más negro. Más las consabidas copas de anís y coñac.
Se observaban unas normas fijas de colocación en el fogaril o en la mesa de la sala, en los días de fiesta. En el hogar cada cual tenía su sitio asignado: el amo siempre en sitio preferente, cerca del fuego y de la pequeña mesa abatible que había en la cadiera. Seguía el hijo mayor, el abuelo y las mujeres. Los niños normalmente se quedaban sin cadiera, se sentaban en algún banco, incluso en la tizonera para poder calentarse.
A la hora de comer se abatía la pequeña mesa, donde lo hacían el amo y el abuelo o el hijo mayor, los demás comían en la mano, es decir sin mesa. La dueña se encargaba de repartir las viandas, siguiendo unas normas: para el amo la mejor pizca, después el resto de hombres (abuelo, hijo mayor), las mujeres y los niños podían pasar con cualquier cosa... A estos últimos, como no les gustasen los cotidianos potajes, saciaban su hambre con pan.
Esta conducta en la mesa sólo se alteraba cuando había algún huésped: si era adulto, se le servía antes que al amo. Si era joven, inmediatamente detrás de aquél. Además se le insistía en repetir, aunque sólo fuese por cortesía.
Cuando se comía en la sala o comedor: el amo ocupaba la cabecera de la gran mesa, a ambos lados iban colocándose los varones adultos y, al final de la mesa, los niños y las mujeres.
Continuará.