Ritos funerarios en Serrablo


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Una leyenda estándar, repetida hasta la saciedad en Serrablo y en general en el Alto Aragón, relaciona estrechamente los rituales funerarios con el tema de los lugares amortados; se trata de la «historia» de las dos abuelas que sobreviven de la peste en un pueblo y que mendigan por el contorno su asilo, pasando las propiedades del lugar desaparecido al pueblo o familias hospitalarias.

Al efectuar encuestas etnológicas para el estudio de las romerías de Serrablo, el «fenómeno de las abuelas» aparece reiterativamente: En Santa Engracia (Biescas) sobrevivió a la peste una abuela, siendo recogida en esta última población; en Gavín, el nombre de una antigua pardina -As Viellas- hace alusión al propio mito; en Niablas, pardina próxima a Otal, las abuelas recibieron auxilio en Oto, siendo actualmente de esta población la zona; en Fenés quedaron otras dos, recogidas respectivamente una por la casa San Román de Fanlillo y otra entre dos vecinos de Sasa de Sobrepuerto, por lo que la propiedad quedó repartida entre las tres partes: las de la Pardina de Ipe irían a parar a Javierre del Obispo, las de la Pardina Belmonte al próxima pueblo de Osán; las dos abuelas que quedaron vivas en el antiguo núcleo de San Juan de Espierre serían recogidas una en Espierre y otra en Barbenuta; las del poblado de la Virgen de Urbán serían asistidas en Cañardo, aunque según la tradición popular el terreno pasaría a ser propiedad de Gillué ya que el cura en fecha indeterminada se llevó «extrapapelada» la escritura en un misal a este pueblo; en Lasaosa fueron recogidas las dos abuelas que habían sobrevivido en el poblado denominado el Castillón, como Casa Juan no participó en el « hecho caritativo» se quedó sin parte en el terreno heredado; algo similar, decían los viejos pobladores de la Guarguera, que había sucedido en el Villar de Jabierre, repartido entre Lasaosa y Solanilla.

La asidua aparición de esta leyenda, que intenta justificar la transmisión de una propiedad, al margen de descartar su historicidad, hace pensar en que se está ante un mito justificativo.

Efectivamente, Mircea Eliade indica que la mente humana desde el Neolítico necesitaba de un mito para asumir el proceso biológico de la agricultura, el poder de la cosecha, personificándolo de distintas maneras, entre las que cabría reseñar: la madre del trigo, la abuela, la madre de la espiga o vieja ramera (países angloamericanos); la mujer vieja o anciano (eslavos); madre de la cosecha o viejo (árabes); el anciano o la barba de santos (entre los búlgaros, servios y rusos...).

Progresivamente, este mito fue enriqueciendo su perfil hasta que los pueblos que adquieren núcleos deshabitados echaron mano de él para justificar adquisiciones, las más de las veces azarosas e irregulares.

En Serrablo se da un caso muy significativo y con un paralelismo muy alto con el descrito por Manuel Benito en Adahuesca (población que «recogió a las dos abuelas de Sevil» y que peregrina todos los años a sendos túmulos de piedras donde se cree que están enterradas «las abuelas»); se trata de la «romería» que efectuaban todos los años los habitantes de Cerésola (margen derecha del río Guarga) a la fuente de Sierra Villa (en la güega entre el Valle de Basa y Guarga, en la Sierra de Portiello) el día 15 de agosto o de la Virgen. Se dice que el móvil de la peregrinación era un voto para las pedregadas, sin embargo la razón parece ser distinta: según la tradición popular de ese lugar existió un pueblo (villa, villar: topónimo frecuente entre los despoblados de la comarca) que se amortó; las dos abuelas que quedaron transfirieron la propiedad a Cerésola al ser recogidas en esta localidad; la Iglesia, como en tantos otros casos, asumiría el ritual pagano dando a la transferencia del terreno un sello de legalidad. Los antiguos habitantes de Cerésola efectuaban ese día la misa en el pueblo con reparto de caridad, subían rezando el rosario hasta Sierra Villa y comían en la fuente -en cuyas proximidades existía una cruz de madera denominada Cruz del Pinar-. Todo esto encaja con lo descrito por M. Benito en Adahuesca, tan sólo queda por comprobar si se efectuaba algún ritual -echar piedras generalmente a algún túmulo-, supuesto enterramiento de las abuelas, que intervendría favorablemente en el ciclo agrícola y que por otra parte fijaría la componente negativa o maligna de los muertos.

Un ritual que aparenta tener motivaciones similares, aunque esta vez no tan claras, lo encarna la tiesta que el 1 de mayo realizaban los habitantes de Avenilla (margen derecha del río Guarga) bajo el nombre de Fiesta de las Berzas, consistente en efectuar todo el pueblo una procesión con cruz parroquial y rezando el rosario por un montículo que domina al pueblo y llamado Punta campo mayor al tiempo que se depositaba una piedra y un trozo de boj en cada uno de los amontonamientos que jalonaban el trayecto y que recibían un nombre: San Antonio, Santa María, La Palomera, San Antón...; en la mitad del recorrido se comía y bebía vino para que al regreso dos personas por cada casa ingiriesen de primer plato judías -el alimento funerario por excelencia en la zona-, de segundo judías con acelgas y de tercero huevos duros en ensalada- alimento vinculado a la idea de la inmortalidad-; en resumen: se está ante un ritual unido al culto a los antepasados y asumido o neutralizado por la religión cristiana.