Hace unos años publiqué un libro titulado Arte altoaragonés de los siglos X y XI, con la intención de interesar a los estudiosos sobre la singularidad de las iglesias de Serrablo, de divulgar su conocimiento entre el gran público y de promover alguna acción que previniera la ruina inminente de una buena parte del conjunto. Creo que los tres fines se han alcanzado, gracias sobre todo a la benemérita actuación de "Amigos de Serrablo", asociación a la que corresponde en exclusiva el mérito de haber asegurado la pervivencia del grupo monumental y promocionado -y no sólo a nivel de Aragón- una eficaz campaña de divulgación.
En el citado estudio tracé mi tesis mozarabista en búsqueda de una explicación del fenómeno serrablés: las iglesias del Gállego, a mi entender, fueron construidas para servir la liturgia hispano-mozárabe entre la segunda mitad del siglo X y primeras decenas del XI. Tesis recientemente contestada por los profesores de la Universidad de Zaragoza: Esteban Lorente, Galtier Martí y García Guatas en el libro titulado "El nacimiento del arte románico en Aragón": según ellos, las iglesias de Serrablo son edificios de estilo lombardo, construidas por maestros lombardos procedentes del condado de Ribagorza, entre los años 1050 y 1070 el trabajo de los tres profesores y amigos míos es digno de encomio y a fe que me gustaría poderles dar la razón. Pero, "amicus Titius, magis amica veritas", me temo que no es posible.
En una primera lectura del libro extraña el hecho de haber omitido una exposición del contexto cultural de los distintos países que formaron el primitivo reino de Aragón: el condado de Ribagorza, la ribera islamizada del Cinca, el condado de Sobrarbe, la región de Serrablo y el condado de Aragón. Sorprende que no se insinúe siquiera la posible aportación navarra en la construcción de las fortalezas fronterizas, iniciada por el Rey Sancho el Mayor de Pamplona. Y no se encuentra una explicación jurídico-eclesiástica del cómo y porqué del trasvase de maestros lombardos de Ribagorza a Sobrarbe, Serrablo y Aragón, sobre todo cuando se presenta como el principal promotor de las iglesias "lombardas del círculo larredense" al abad Banzo, calificado por los citados autores como "opuesto a las nuevas corrientes litúrgicas y apegado a una tradición llamada desaparecer", es decir, contrario al rito romano y defensor del hispánico-mozárabe, oficialmente introducido el primero y abolido el segundo el año 1071 en Aragón, Serrablo y Sobrarbe. Medida que no hubo de tomarse en Ribagorza, donde se observaba desde tiempo atrás la liturgia romana.
La floración de la arquitectura lombarda en el condado ribagorzano se encuadra en el movimiento de renovación que afectó a las iglesias de los condados catalanes y de la provincia eclesiástica de Carbona, a la que pertenecía la diócesis de Roda. Es seguro que los modos lombardos se impusieron en la zona jurisdiccional de este obispado, de manera particular en los valles afectado por la incursión de Abd al-Malik de 1006 y, durante el reinado de Ramiro I, en el proceso de cristianización de la ribera oriental del Cinca.
No queda probado que, antes de mediar el siglo XI, la corriente lombarda se adoptara en comarcas a occidente del Cinca, desde el condado de Sobrarbe hasta las fuentes de los Arba de Luesia y Biel. Es probable que, en este espacio geográfico, las primeras manifestaciones lombardas, adaptadas por cierto al concepto de iglesia mozárabe, fueran las gemelas de Belsué y Santa María -no contempladas en el libro comentado-, que presentan las características arcuaciones en ábsides rectangulares y que pueden fecharse en los años cincuenta del siglo XI.
Por lo que respecta al conjunto monumental de Serrablo, quizá el punto débil de la tesis lombardista estribe en haber elevado a tal una hipótesis de trabajo, válida en principio, pero que parece quedar desmontada por la propia argumentación de los autores, que tal vez no han deducido de unas premisas correctas una conclusión objetiva.
Según ellos, los maestros lombardos, al emprender su actividad en Serrablo, olvidaron sus modos para adoptar en "el círculo larredense" unas "formas que hunden sus raíces en el arte prerrománico europeo". Es sorprendente que esta reconversión arquitectónica se produjera en una zona que se supone "en el tránsito entre una sociedad pastoril a otra de tipo agrícola" y no en territorios presentados como más evolucionados, en Ribagorza o en los condados catalanes.
En la tesis de los tres profesores universitarios se explica que los maestros del círculo larredense se inspiraron en tres fuentes: en la arquitectura alpina -expresión grata al profesor Carol Heitz-, principalmente; "en la arquitectura hasta entonces realizada en Aragón y sus países adyacentes"; y en las miniaturas de algún comentario del Apocalipsis, que los monjes de Fanlo, promotores de las iglesias serrablesas, mostrarían a los maestros lombardos, requiriéndoles para que trasladaran a piedra los modelos presentados por las iluminaciones del códice. Creo que, en líneas generales, la explicación es correcta, resultando de ella que las iglesias serrablesas serían el producto de sumandos alpinos, "indígenas" y mozárabes. Si se tiene en cuenta que lo alpino y la arquitectura realizada anteriormente en Aragón son lo mismo, se concluye que las iglesias de Serrablo responden a criterios carolingios y mozárabes.
Los modos arquitectónicos alpinos eran conocidos en Aragón, Serrablo y Sobrarbe con anterioridad a la supuesta incursión de maestros lombardos. En los monasterios carolingios de Sirena, Ciella -monjes de los dos intervinieron sin duda en la fundación del cenobio serrablés de Cercito hacia el 920- y San Juan de Matadero. La relación artística entre la arquitectura alpina, esto es, carolingia, y la "indígena" puede apreciarse aún en San Pedro de Siresa e incluso en el tardío ejemplar de San Martín de Buil.
Frente a los cuatro monasterios, ciertamente debidos a "la acción de la Iglesia fuertemente respaldada por el Estado", como dicen los lombardistas, se levantaron otros de signo distinto y sin el apoyo del poder civil en la segunda mitad del siglo X: los cenobios da Santos Julián y Basilia, San Andrés de Fanlo, San Pedro de Rava...
Monasterios mozárabes obrados por clérigos y monjes de la cora de Huesca, como demuestran alguna reliquia paleográfica, la biblioteca de Fanlo y las advocaciones importadas, estrictamente mozárabes, de San Urbez y San Pelayo -San Urbez de Gállego, San Urbez de Gállego, San Urbez de Basarán, San Pelay de Gavín y San Pelayo de Atés-.
Los promotores de las Iglesias de Serrablo no necesitaron de unos maestros lombardos, que recordarán precisamente aquí la arquitectura alpina, ni del recurso a unas posibles miniaturas del Apocalipsis, ya que tenían a la vista ejemplos carolingios -o alpinos- y mozárabes. Así se explica, sin necesidad de recurrir a elementos foráneos, la singularidad del conjunto serrablés, que consiste en la asunción de los dos modelos arquitectónicos: es de tradición carolingia el ábside semicircular y su decoración; y mozárabes la nave y la torre. Prueba de lo primero puede ser la analogía con varios elementos arquitectónicos de las abaciales de San Pedro de Sirena y San Juan de Mustiar (Suisse alpestre), para poner unos pocos ejemplos. El mozarabismo es lícito presuponerlo, cuando se sabe que el arte cristiano responde a la liturgia y que las iglesias de Serrablo fueron construidas para practicar en ellas el rito hispánico-mozárabe. Pero hay otras razones que avalan la tesis. Ilustra un tanto la cuestión la visión esquemática de la ciudad de Toledo, que figura en el folio 142 del códice de Vigilia, terminando en el año 976 en el monasterio, a la sazón navarro, de Albelda (Rioja): las fachadas meridionales de las iglesias de Santa María y San Pedro de la miniatura no difieren de los ejemplos serrableses; ni las torres, terminadas en tríforas de arcos de herradura, de los campanarios de Gavín y Lárrede.
Tres iglesias del grupo monumental responden fielmente al modelo mozárabe: las de San Juan de Busa y Santa María de Espierre y la de San Bartolomé de Gavín, ejecutadas como simples salas rectangulares con puertas de arco de herradura en el muro meridional, y carentes del típico ábside semicircular.
No fue gratuita la intuición del maestro F. Iñiguez al relacionar la torre serrablesa con minaretes de mezquitas de Bosra (Siria). Parece seguro que fueron sirios los colonizadores de la nahiya de al-Yilliq -distrito rural del Gállego-. Además, el parentesco del conjunto con el arte musulmán aún puede descubrirse en la similitud de las puertas de San Bartolomé de Gavín con la del alminar de la mezquita mayor de Huesca, conocida como "campanal viello" de la catedral oscense.
Todo ello me hace pensar que no está desbancada la tesis mozarabista, que creo poder reafirmar en la segunda edición, corregida y aumentada, del antes mencionado estudio Arte altoaragonés de los siglos X y XI, que he venido preparando desde el mismo año 1973, ya que nunca di por "cerrado el caso".
Al terminar este leve comentario, reitero mi agradecimiento a los tres profesores "lombardistas" por su valiosa aportación, y les certifico que la disparidad de opiniones -que puede ser fecunda- no mengua el respeto, simpatía y amistad que les profeso.