Un viejo amigo del Serrablo: Andrés Giménez Soler

Tendría ahora 102 años el maestro Giménez Soler. Había nacido en Zaragoza un 10 de Noviembre de 1869 en el seno de una familia artesana. Su talento natural se despertó en sus estudios de bachillerato y de filosofía y letras, -cursado en esa su querida Zaragoza: gustaba recordar a sus amigos estudiantes la penuria de aquellos primeros pasos, acicate permanente para una verdadera vocación por el estudio: muchas de sus notas rellenaron prospectos volanderos de la propaganda comercial incipiente de fines del siglo XIX en Zaragoza.

Dos maestros suyos recordó siempre: los arabistas Pablo Gil y Julián Ribera: marcaron su vocación hacia el documento, su afición al árabe clásico, enseñanza que impartió los últimos diez años de su vida académica y sus primeras armas dialécticas, que le alejaron del maestro Ribera a propósito del origen del justiciazgo aragonés.

Archivero en Barcelona durante más de un decenio, allí forjará su vocación investigadora a propósito de sus personajes favoritos: Jaime II, el infante don Juan Manuel, Alfonso V y la reina María.

Catedrático de historia antigua y media de España en Zaragoza desde 1905, durante veinte años veraneará en Badalona para seguir en los meses de vacaciones visitando diariamente el Archivo de la Corona de Aragón. De los documentas extrae de la vida misma del medievo aragonés de la Baja Edad Media: le preocupan los cautivos, los judíos y moros, labradores y pastores, los riegos, señoríos y cuestiones agrarias: los temas permanentes del pasado aragonés.

Como profesor gustó poco de programas fijos: explicaba el tema que le preocupaba en el momento; su enseñanza era la amistad hacia tres o cuatro alumnos fuera del aula. Dejó pronto los puestos de gobierno que le ofrecieron: un gobierno civil en Gerona, el rectorado de Zaragoza en los años 1911-13.

Lo esencial de su figura intelectual y humana, dentro de su feroz individualismo intelectual, ajeno a todos los ismos, fue su afición y dedicación a Aragón que conoció palmo a palmo, era excursionista nato e infatigable y a pie, con dos o tres discípu1os a lo sumo, averiguaba "in situ" cuanto decían el paisaje de las tierras, su toponimia, los datos tradicionales del maestro y párroco local. No formó escuela pero sí dejó impronta en alumnos suyos que admiraron su recio carácter y entrega de lo mejor de su esfuerzo intelectual a estudiar y difundir el pasado y presente de Aragón.

Fue el erudito de atisbos geniales, incluso en materias que no eran de su especialidad: sobre todo creyó en la conexión de la geografía y el pasado humano. Pasó la vida tomando notas, regalando muchas de ellas a alumnos que con ellas se doctoraron; unas setenta y cinco publicaciones sobre arabismo, historia, geografía y enseñanza en su legado impreso; dejó muchas notas inéditas confiadas al cuidado de sus familiares. La garra de la guerra española se cebó en su hijo, no supo superar este infortunio y murió un día de San Miguel de l938.

Nota: D. Ángel Canellas López, ilustre investigador de la Historia aragonesa, al que agradecemos su docta colaboración.