Saludos amigos: Un año pletórico de esperanzas se abre ante los Amigos del Serrablo, ante Sabiñánigo entero, a raíz de la conmemoración histórica de la fundación de nuestra Comarca como pueblo. Dos mil años de historia nos dan suficiente base para integrarnos totalmente en ella, sin que por ello perdamos la juventud de espíritu que caracteriza a nuestra villa.
Una fecha tan señalada nos daría pie a pregonar a los cuatro vientos la efemérides en sí, y toda la larga cola de actividades a desempeñar en todo el año; sin embargo, en modo alguno queremos hinchar demasiado el globo de nuestra imaginación, sino solamente celebrar, con eficaz sencillez, una fecha que nos coloca definitivamente, a la altura que la población de Sabiñánigo siempre ha merecido.
Queremos resaltar ante nuestros asociados la importancia de la celebración de un bimilenario, avatar histórico que no suele prodigarse con demasiada frecuencia en todos los pueblos. A lo largo de dos mil años el ciclo vital del hombre serrablés ha tenido tiempo suficiente para pasar por toda clase de etapas y situaciones naturales, políticas, sociológicas, económicas, etc., y de vencer las dificultades inherentes a sus distintas coyunturas.
De este transcurrir del tiempo, la más importante conclusión que obtenemos, al ponerlo en relación con el hombre del Serrablo, es la de la acomodación al medio social con singular elasticidad. Nuestros antepasados, que sufrieron toda clase de invasiones de pueblos, se acomodaron perfectamente a los nuevos cauces o formas de vida, conservando su peculiar idiosincrasia y la nobleza y recio espíritu que otorgan al hombre la vida entre las montañas de nuestro Pirineo.
Y algo ha debido tener el hombre de nuestra Comarca para que hoy podamos rememorarle. Si tenemos en cuenta que la fertilidad de nuestras tierras no ha debido ser un acicate de primer orden a la penetración de invasiones, debemos considerar, pues, que tales invasiones se han debido a la posición estratégica que para la colonización de otras tierras mejores ha servido todo el valle del Gállego, paso obligado (por ser el más corto) para acceder, desde los Pirineos, a todo el resto de nuestra geografía. Lo que ya no puede ser explicado tan fácilmente, es el hecho por el que, siempre, una parte, aunque haya sido ínfima, de los pueblos invasores, asentara sus reales sobre estos territorios. Y esta elección, estimamos se debe menos a la atracción del río Gállego que a la acogida, hostil o amistosa de los habitantes del valle. El hombre con espíritu guerrero prefiere enfrentarse con un pueblo hostil y valiente que con otro que se acobarde solo de ver el filo de las armas, pues someter la hostilidad a su yugo es connatural al espíritu guerrero: por otro lugar, el carácter del sometido influye sobre el vencedor una vez conocido, pues el valor del enemigo acaba siempre por reconocerse, si es noble Y tanto los guerreros como los pacíficos debieron encontrar en nuestro valle las condiciones idóneas para su integración; a saber, animosidad guerrera que pusiera para ellos un acicate, y la hospitalidad.
Solo ello nos hacer Presumir que el carácter noble y generoso de nuestro pueblo, enfundado en un espíritu belicoso, de sencilla alerta, haya hecho posible la vida social a lo largo de tan grande espacio de tiempo.
Esta sencillísima tesis admite por otra parte un parangón de los tiempos actuales con los dos mil años que nos separan, sin que se adviertan notable diferencias en el sentir del hombre del Serrablo, pues seguimos siendo cordialmente hospitalarios a toda clase de invasiones modernas: inmigración, nuevas técnicas, nuevas ideas, etc.. Y aunque el momento actual acusa el cambio de formas de toda una época, el empuje de nuestros hombres, forjado en esta interesante amalgama que es la vida, amplia vida de relación, comienza a enfilar, una vez como una secuencia de etapas pasadas, el joven renovado año de un tronco que rezuma savia hacia sus hojas, a pesar de tener dos mil años de existencia.