El Instituto Laboral de Sabiñánigo

Solemos pensar en Sabiñánigo como un lugar carente de edificios de interés arquitectónico o artístico. Es un pueblo con una historia reciente, por lo tanto no hay edificios muy antiguos; no hay iglesias románicas, ni góticas, ni barrocas...; no hay castillos medievales ni palacios renacentistas. Como mucho, algún edificio de finales del siglo XIX (estación de ferrocarril) y alguno que sumaría a su casi un siglo de vida cierto valor artístico y que sobrevive en medio de la indiferencia general (casa de explosivos, teatro Escalar...).
Sin embargo, una vez ya bien instalado el siglo XX, la renovación artística que se produjo a partir de los años 20, unida a las circunstancias históricas de nuestro país, harán que se construya en Sabiñánigo un edificio especial: el Instituto Laboral San Alberto Magno (actual Conservatorio de Música y Escuela Oficial de Idiomas). Este edificio, inaugurado en 1958, tiene una importancia destacable fundamentalmente en tres aspectos. El primero de ellos es su valor arquitectónico, el segundo es su relación con el momento histórico que se vivía en España en esos años, y el tercero sería la función social que ha cumplido desde el momento en el que abrió sus puertas, hace casi 60 años, hasta la actualidad.

Vista del instituto desde los Capitiellos (1958).

Comenzaremos con el primero de ellos: su valor arquitectónico o artístico. El edificio se encuadra dentro del llamado movimiento racionalista o funcionalista, aunque entronca también con la tradición arquitectónica del entorno.
El funcionalismo, racionalismo o "movimiento moderno" es un estilo artístico que surge en Alemania en el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales. Se trata de un movimiento rompedor ya que con él lo que se constituirá como objetivo fundamental de los arquitectos será que el edificio se adapte a la función para la que es construido. Esto se resume en la célebre frase del arquitecto Walter Gropius: la forma sigue a la función. Las actividades que han de desarrollarse en el interior de ese edificio es lo que guía a los arquitectos a la hora de proyectarlos: la comodidad de los inquilinos en el caso de una vivienda, la luminosidad y el espacio de almacenamiento en el de una biblioteca, la sonoridad y la amplitud en el de un teatro... Hoy en día esto puede parecernos obvio, pero hay que pensar que en la historia de la arquitectura el aspecto exterior del edificio era fundamental ya que era representativo de la institución o persona que lo encargaba. La influencia de la Iglesia, el poder de un monarca o la riqueza de un comerciante quedaban patentes contemplando en primer lugar el aspecto de los monumentos y edificios que hacían construir. La grandiosidad, los elementos decorativos y la calidad de los materiales "hablaban" de sus propietarios, por lo tanto es normal que el aspecto exterior se proyectara cuidadosamente y se compusiera con especial esmero.
Esto es lo que cambió con el movimiento racionalista: ahora lo esencial será el interior, el "¿para qué?". Como consecuencia de ello, el aspecto exterior del edificio se simplificará hasta quedar en lo básico. Como características generales de esta corriente racionalista (también llamada "estilo internacional") que dominará el siglo podríamos apuntar: tener como objetivo la funcionalidad, el urbanismo y las mejoras físico-higiénicas de los espacios humanos; el uso de materiales prefabricados, seriados y producidos por la industria; la idea de que la función y la razón deben primar sobre la ornamentación; la composición formal a base de superficies simples y ortogonales, el predominio de la línea recta y la simplicidad de formas; y la creencia en la capacidad de la arquitectura para cambiar la sociedad.

Este estilo llegará a España en la segunda mitad de los años 20. El primer edificio de estilo racionalista en España fue el Rincón de Goya en Zaragoza, construido entre 1926 y 1928 por el arquitecto zaragozano Ramón García Mercadal, figura clave en la llegada de estas nuevas formas europeas a nuestro país. Fue miembro fundador en 1930 del GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) junto a Josep Lluis Sert, José Manuel Aizpurúa o José Torres Clavé, y cuyo fin era promover la arquitectura racionalista. La Guerra Civil del 36-39 puso fin a este episodio de nuestra cultura. La mayoría de sus miembros se alinearon con el bando republicano, algunos murieron durante la contienda, otros sufrieron el exilio o fueron depurados.
En los años 40 la situación económica de la posguerra y el aislamiento internacional del régimen franquista harán que España quede al margen de las corrientes artísticas europeas. En este momento el arte debía ser un instrumento ideológico de difusión de determinados valores (catolicismo, unidad de la nación española, recuerdo de las glorias imperiales...), por lo que se volverán los ojos hacia modelos de épocas pasadas como El Escorial o el Alcázar de Toledo, que servirán como inspiración. Aunque son escasas las obras construidas en esta década que respondan a estos requisitos.

Habrá que esperar a la década de los 50 para que un nuevo grupo de arquitectos intenten conectar de nuevo la arquitectura española con las corrientes europeas y americanas. El Grupo R, fundado en Barcelona en 1951 por arquitectos como Josep Pratmasó, Joaquim Gili, Oriol Bohigas o Josep Martorell; o el Manifiesto de la Alhambra, redactado en 1953 por arquitectos madrileños como R. Aburto, Miguel Fisac, Carlos de Miguel o S. Zuazo. Todos ellos pretenderán recuperar la experiencia racionalista y unirla a las nuevas corrientes internacionales como el organicismo y el contextualismo. Es decir, asumir la estética de la modernidad y a la vez atender a la geografía y a la tradición plástica de España, teniendo en cuenta el contexto donde se construye el edificio, recuperando materiales y técnicas tradicionales.
Aunque en esta década España deja atrás la autarquía y el aislamiento internacional, la situación económica y social es de un gran atraso con respecto a los países de Europa occidental. Los arquitectos deberán amoldarse a esta penuria y hacer lo que las circunstancias y la realidad del país les permitan, tanto desde el punto de vista técnico como económico. Muchas veces hacían lo que podían con los medios disponibles. Otra constante es el esfuerzo por "industrializar" los procesos constructivos, para permitir la incorporación de elementos industriales prefabricados con el fin de abaratar los costes (uralita, chapa, bloques de mortero...).
Las construcciones más representativas de esta etapa no son los grandes monumentos sino las agrupaciones de viviendas y bloques de pisos (en ello trabajaron los mejores arquitectos del momento) y los edificios construidos por el Ministerio de Trabajo para alojar los institutos y universidades laborales.

Enlazamos así con el segundo aspecto a destacar del instituto, que es su valor como testimonio del momento histórico que se vivía en España.
A finales de los años 40 se reconoce el fracaso de la política económica de la autarquía que sumió al país en una grave y profunda depresión económica, a la que se sumaban las consecuencias del aislamiento internacional al que los países democráticos sometieron al régimen franquista por las simpatías y ayudas que este mostró con las potencias fascistas. La economía española estaba muy atrasada con respecto a la europea. En 1950 la población agraria española todavía constituía el 50 % de la población activa y la industrialización era tan precaria que no necesitaba una numerosa mano de obra especialmente cualificada.

Esta situación comenzará a cambiar en la década de los 50 en la que la economía inicia un giro hacia el liberalismo. La producción comienza lentamente a recuperarse, aunque continúen los desequilibrios y el intervencionismo estatal. La política no es ajena a este cambio en la economía ya que con la nueva situación internacional de guerra fría Franco se convierte en aliado de las potencias occidentales frente al nuevo enemigo: el bloque comunista. En 1953 se firman con Estados Unidos los acuerdos de defensa mutua y ayuda económica que comprendían el establecimiento de bases militares en España a cambio de recibir ayuda económica. Gracias a ello la situación mejoró, creció la inversión y la producción y mejoraron las expectativas empresariales. Estados Unidos ayudó a desbloquear a España y a facilitar su entrada en organismos internacionales. Se inició un proceso liberalizador, especialmente a partir del año 57 con la llegada al Gobierno de los ministros "tecnócratas" favorables al aperturismo económico.
La educación tenía que jugar un papel fundamental en este cambio económico que se preludia en los años 50. Mediante la enseñanza se había de impulsar nuestro mejor patrimonio: la formación de nuevas generaciones. Esta es una de las razones que explican la transformación de España en la década de los 50, porque no se podía aspirar al desarrollo económico del país sin formar a los trabajadores, técnicos y especialistas que habían de protagonizarlo.
La enseñanza primaria estaba en principio cubierta en todo el territorio. En lo que respectaba a la enseñanza de grado medio, técnico y universitario, existían grandes diferencias entre el mundo rural y el urbano. Uno de los retos de este momento será proporcionar a un importante sector de la población española, situada lejos de los núcleos urbanos importantes, el acceso a la formación de carácter secundario y técnico.

Centro de Enseñanza Media y Profesional en la calle General Franco.

El 16 de julio de 1949 se promulga la Ley de Bases de Enseñanza Media y Profesional, nuevo orden incluido dentro de la enseñanza secundaria y conocida popularmente como "enseñanza laboral". Se trataba de un bachillerato de cinco años, diferente al bachillerato tradicional, en el que además de las disciplinas básicas formativas se impartían otras de carácter práctico propias de la agricultura, la industria y otras actividades. Existía además un ciclo superior de dos años.
Estos estudios se impartían en centros de enseñanza media y profesional, los denominados "institutos laborales", que solían estar situados en poblaciones que eran cabeceras comarcales, alejadas de las ciudades más importantes en las que sí que había acceso a otro tipo de establecimientos educativos. Existían tres modalidades: agrícola-ganadera, industrial-minera y marítimo-pesquera. Además se impartían cursos de extensión cultural e iniciación técnica destinados exclusivamente a hombres, de varios meses de duración y con clases diarias al terminar la jornada de trabajo. También cursos monográficos de especialización para las personas que no siguieran los cursos de bachillerato y cursos de economía doméstica para mujeres. El centro proyectaba así una influencia cultural que se extendía más allá de sus muros.

Debido, pues, a las características de estos estudios, los institutos, además de aulas, laboratorios, biblioteca, gimnasio, salón de actos y dependencias para el profesorado y la administración propias de cualquier centro educativo, debían tener talleres, campos para prácticas agrícolas y otro tipo de instalaciones marítimas, ganaderas o forestales.
En 1954, cinco años después de la promulgación de la ley, estaban en funcionamiento más de 70 centros (22 de la modalidad industrial-minera, 4 marítimo-pesqueros y el resto agrícola-ganaderos). Ese mismo año se vio la necesidad de convocar un Concurso Nacional de Arquitectura para proyectar estos institutos laborales, con el objeto de corregir las deficiencias existentes. En las bases del concurso quedan patentes nuevas preocupaciones que afectan a aspectos tanto arquitectónicos como pedagógicos, que deberán aunarse para mejorar las condiciones teóricas y prácticas de la docencia, es decir, había que crear el ambiente propicio para el aprendizaje de los alumnos. Algunos de los requisitos que debían cumplir los proyectos presentados eran los siguientes:

  • Importancia primordial de la disposición orgánico-funcional del programa. Esto es, que los diferentes núcleos o edificios de los que consta el centro tengan la forma, dimensión, orientación y emplazamiento adecuado según la función que deben cumplir.
  • Circulación entre los diferentes núcleos clara y reducida.
  • Posibilidad de construcción por etapas y teniendo en cuenta futuras ampliaciones.
  • Economía en su construcción y mantenimiento (los proyectos debían atenerse a la cifra de 4 millones de pesetas; los métodos constructivos estarían de acuerdo con las disponibilidades de la industria nacional de la construcción y con los lugares donde se habían de emplear).

Se presentaron 38 trabajos, de entre los que se seleccionaron 11 que cumplían los requisitos anteriores. Finalmente los premiados fueron:

  • Primer premio: el proyecto presentado por los arquitectos Carlos de Miguel y Mariano Rodríguez Avial.
  • Segundo premio: el presentado por el arquitecto José Antonio Corrales.
  • Tercer premio: el presentado por los arquitectos Joaquim Gili, Francesc Bassó, Josep Martorell y Oriol Bohigas.
  • Además se entregaron varios accésits.

En todos los proyectos premiados se aprecia como los arquitectos abrazan definitivamente la modernidad; se rechazan las representaciones recargadas de los años 40, la monumentalidad, las fachadas presuntuosas, la simetría... Los edificios son sencillos en su estructura y su fabricación. Y sobre todo, se trata de una arquitectura totalmente entroncada con su uso ya que hay un estudio concienzudo de las necesidades reales de iluminación, espacio, acústica, aislamiento de los locales, etc.
Una vez fallado el concurso, la Dirección General de Enseñanza Laboral se puso manos a la obra. Se tomó la decisión de encomendar la realización de centros no solo a los arquitectos premiados, sino también a aquellos que obtuvieron accésits ya que era elevado el número de centros que debían construirse.
A los ganadores del concurso se les encargó la construcción del Instituto Laboral de La Carolina (Jaén), al ganador del segundo premio el de Alfaro (La Rioja) y a los del tercer premio el de Sabiñánigo (Huesca).

Y por último faltaría apuntar un aspecto esencial de esta construcción, que es su valor social. En ningún tipo de edificio se cumple tan claramente esta función como en los centros educativos, llevando así a la práctica la máxima del arquitecto Walter Gropius que definía la arquitectura en términos de responsabilidad, declarando que la principal tarea del arquitecto era transformar la sociedad.
Desde que el centro abrió sus puertas, esa ha sido su función: ampliar los horizontes formativos y laborales de los jóvenes de Sabiñánigo y su comarca, y actuar como foco irradiador de inquietudes culturales sobre su entorno.

En los años 50 Sabiñánigo crecía sin cesar. La oferta de trabajo en las fábricas hacía que el pueblo fuera recibiendo de manera constante un flujo de trabajadores que procedía de los núcleos circundantes, de otros lugares más lejanos del Pirineo e incluso de otras regiones de España. Pero se echaban en falta profesionales bien formados en técnicas más acordes con el trabajo industrial, ya que la mayoría de la mano de obra procedía del mundo rural. Es entonces cuando un grupo de personas con estudios universitarios, especialmente químicos, que trabajaban en las fábricas de la localidad, propusieron al Ayuntamiento de Sabiñánigo que se solicitara a los organismos pertinentes la creación de un instituto laboral. El decreto que confirma la implantación de los "Estudios Laborales de Enseñanzas Medias y Profesionales de la modalidad industrial y minera" en Sabiñánigo data de febrero de 1954. En octubre de ese mismo año comenzaron las clases. Se le dio el nombre de "San Alberto Magno", patrón de los químicos, en recuerdo a los profesionales que promovieron su creación y a la industria pionera en esta localidad.
Durante los primeros años las clases se impartieron en el edificio de las "antiguas escuelas" de la calle General Franco (hoy calle Serrablo, n.º 13) y fue en el año 1958 cuando se trasladaron al nuevo edificio situado en la que entonces era la parte más alta del pueblo (y donde se creará una nueva calle que llevará el nombre de "Instituto Laboral").

Clase de gimnasia en el patio del frontón.

Cientos de alumnos pasarán por sus aulas, pero habrá que esperar 10 años más, hasta 1968, para que puedan empezar a estudiar en él las primeras chicas ya que hasta el curso 1968-69 el instituto fue exclusivamente masculino. Este año se transformó en "Instituto Técnico de Enseñanzas Medias" y en un centro mixto. Se comienza a estudiar el Bachillerato del plan general (un bachillerato elemental de 4 años con una prueba de reválida para poder acceder a un bachillerato superior de 2 años más otra prueba de reválida posterior) y el centro va perdiendo poco a poco su carácter laboral. Con la Ley General de Educación de 1970 se implanta el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente) y el COU (Curso de Orientación Universitaria) y el centro pasará a denominarse "Instituto Nacional de Bachillerato" (y a partir de la Transición "Instituto de Bachillerato").
En 1975 se creará una sección de formación profesional dependiente del Instituto Politécnico de Huesca con dos ramas profesionales: electricidad y administrativo; unos años después estos estudios se trasladarán a las "antiguas escuelas" de la calle Luis Buñuel y finalmente a un nuevo centro situado en el Puente de Sardas en el año 1984.
La última reestructuración tendrá lugar con la LOGSE en los años 90: pasará a denominarse IES (Instituto de Enseñanza Secundaria) y en él se impartirá la ESO (Educación Secundaria Obligatoria) y el Bachillerato. Así permanecerá hasta el año 2004 en el que el IES San Alberto Magno se trasladará a unas nuevas instalaciones en la zona de "La Corona".
Pero no por eso el edificio perderá su función educativa ya que después se instalan en él la Escuela Oficial de Idiomas y el Conservatorio Profesional de Música, siendo también la sede de varias asociaciones (grupo de jota, escuela de ballet, banda de música...).

Por lo tanto, esa finalidad "transformadora de la sociedad" que tan importante era para los arquitectos fundadores del movimiento racionalista, podemos decir que sigue tan vigente como el primer día en el que este edificio abrió sus puertas hace casi 60 años. Por sus aulas han pasado miles de alumnos, en ellas los profesores han enseñado las disciplinas más diversas y todos han contribuido a la educación de esos jóvenes, pues ya sabemos que "educar" es un término mucho más amplio que "enseñar".
Además de las clases, otras actividades proyectaban esa influencia cultural hacia el entorno: excursiones, revistas y publicaciones, actividades deportivas, concursos, conciertos, proyecciones y charlas, recitales de música, bailes, exposiciones... Todo ello hace que no haya sido un centro "cerrado" al que solo acudían los alumnos y profesores para dar las clases; sino al contrario, un edificio abierto a la comunidad, una "casa de todos".

OBSERVANDO DE CERCA EL EDIFICIO

Lo primero que nos sorprende en esta construcción es su carácter fragmentado y fluctuante.
En efecto, el edificio está compuesto por varios módulos unidos, con diferente altura y orientación. El terreno para su construcción no fue elegido por los arquitectos, sino cedido una parte por la familia Villanúa y otra parte comprada por el Ayuntamiento de Sabiñánigo. La fuerte pendiente del lugar obligó a adaptar el proyecto arquitectónico situando los diferentes módulos en varios niveles. El edificio no se presenta, pues, como un bloque cerrado y centrado, sino como un conjunto centrífugo y móvil.

Planta.

Hay un total de cuatro módulos de forma rectangular. Dos de ellos se sitúan longitudinalmente con una orientación este-oeste y los otros dos con una dirección norte-sur. En una zona interior, pero abierta, en la parte trasera del centro, hay un pequeño patio con terrazas en diferentes niveles; y otro gran espacio de deporte y recreo se encuentra en la parte delantera de todo el conjunto, también con diferentes niveles y limitado en su lado este por un frontón. En este espacio delantero se construyó también una pequeña vivienda para el portero del instituto (hoy desaparecida).

Cada uno de los bloques que conforman el instituto se proyectó de forma específica pensando en cuál iba a ser su función. Los dos que albergaban aulas y laboratorios son los que se orientan longitudinalmente de norte a sur. Dentro de ellos los grandes ventanales proporcionan abundante luz natural a las aulas, y además están abiertos en el muro este, el que más luz recibe por la mañana, que es cuando se van a desarrollar la mayoría de las clases. Los pasillos por los que se accede a las aulas, por el contrario, se encuentran en el lado oeste. El bloque orientado este-oeste que se encuentra en la parte baja del conjunto, es donde se encuentran los accesos principales en el gran porche que se abre en la planta baja. En un centro educativo contar con un porche amplio es importante, pues permite que los alumnos salgan de las aulas durante los periodos de recreo aunque el tiempo no sea demasiado bueno, por ejemplo en caso de lluvia o nieve. Sobre el porche se encuentran una serie de zonas de uso común como la biblioteca y el museo; y en la planta más alta los espacios destinados al personal de administración, profesorado y dirección: oficinas, secretaría, despacho del director y jefatura de estudios, sala de profesores e inspección médica. Llaman la atención en este módulo las terrazas o balcones de la biblioteca y de la sala de profesores. Tendrían un uso práctico pues hacen más acogedoras y luminosas estas estancias, pero también estético ya que contribuyen a la animación de las fachadas y a la creación en ellas de un juego de luces y sombras entre paredes y huecos. El último bloque, también orientado este-oeste y situado en la parte más alta, sería el dedicado a los talleres. Consta de un gran espacio alargado casi sin compartimentaciones y techos altos, donde colocar grandes mesas de trabajo, máquinas, herramientas y poder circular con comodidad entre ellas. A través del muro sur entra la luz a raudales pues las paredes están completamente acristaladas. Para este bloque se adoptó una "estética industrial" que recuerda en su perfil exterior a los tejados en dientes de sierra de las fábricas.

Ventanales del bloque de las aulas.

En cuanto a los materiales utilizados, estos eran variados y combinan lo moderno con lo tradicional. El esqueleto del edificio es de hormigón armado, los muros interiores y exteriores, de ladrillo revocado y pintado. Destacan tremendamente en la obra los muros testeros del bloque donde se encuentran las aulas, de gran altura y hechos en piedra del país. Estos muros, uno de los elementos más característicos del edificio, constituían la admiración de todos los que alguna vez habían "hecho paredes". Otro elemento característico de la construcción tradicional pirenaica aparecía en las cubiertas, que eran de pizarra.
Dadas las características climáticas de la zona se puso especial cuidado en el aislamiento térmico (lana de vidrio, termita...). Además había calefacción por agua caliente en todo el edificio excepto en los talleres, que tenían aparatos de aire caliente independientes. Las ventanas eran de carpintería de aluminio y contaban con persianas de junquillo para protegerse del sol.

Interior del bloque de talleres.

El exterior combinaba tres colores: el blanco de las fachadas pintadas, el negro de las cubiertas de pizarra y el ocre tostado de la piedra. Los volúmenes son netos y limpios; la única decoración la constituyen las diferentes calidades y colores de los materiales, y el juego de luces y sombras que se crea en las fachadas entre muros y vanos. La más expresiva de todas ellas es la del bloque donde se halla la entrada. Aquí se combinan todos los materiales. La profundidad oscura que marca el porche en su parte baja contrasta con el reflejo de la luz en la fachada blanca y con los juegos de sombras que crean las terrazas de la biblioteca. Pero, sobre todo, es la composición de los vanos con sus formas cuadradas y alargadas, horizontales y verticales; y la ausencia de simetría, lo que le da un aspecto de "abstracción geométrica" a la fachada.
En conclusión, la concepción del edificio del Instituto Laboral se nutre de la corriente racionalista o funcionalista que llegó a España en la segunda mitad de los años 20, pero que, cuando los arquitectos la retoman tras el paréntesis de la Guerra Civil y los años 40, ya no lo hacen en sus normas más puristas sino adaptándolas a las características de cada región y otorgando un valor especial a los materiales (organicismo, contextualismo). Se combinarán lo más novedoso de la estética y los sistemas de construcción con elementos heredados de la tradición arquitectónica.
Este estilo tendrá tanto éxito y será tan repetido que ya casi ni nos fijamos en todas las construcciones que nos rodean y que siguen sus postulados: bloques de viviendas, escuelas, cines, estaciones, etc. Pero en el caso del Instituto Laboral de Sabiñánigo, merece la pena pararse a contemplar un rato el edificio, rodearlo, ponerlo en relación con el momento histórico en el que se construyó, pensar en lo acertado del proyecto y, sobre todo, en lo atractivo de su resultado.

Muro sur del bloque de las aulas.

SOBRE LOS AUTORES

El Instituto Laboral de Sabiñánigo es obra de cuatro arquitectos catalanes: Oriol Bohigas, Josep Martorell, Joaquim Gili y Francesc Bassó. Constituirá uno de los primeros éxitos de largas carreras repletas de ellos, tanto a nivel nacional como internacional. Varias de sus producciones son ya obras referentes de la arquitectura española del siglo XX.
Los cuatro fueron miembros del Grupo R fundado en Barcelona en 1951, entre cuyos objetivos estaba la recuperación de la arquitectura racionalista de carácter internacional, pero adaptándola a la realidad española del momento y a las tradiciones arquitectónicas de los diferentes territorios.

Joaquim Gili (Barcelona, 1916-1984) y Francesc Bassó (Gerona, 1921) fueron contemporáneos de la Segunda República. A ellos se debe el edificio de la editorial Gustavo Gili de Barcelona (1954-1961), obra de referencia del estilo racionalista en nuestro país, y que recibió el Premio de arquitectura FAD (Fomento de las Artes y el Diseño) en el año 1961. Bassó, especialista en el cálculo del hormigón armado, colaboró también en el proyecto del Camp Nou del F. C. Barcelona inaugurado en 1957.

Josep Martorell (Barcelona, 1925) fundó el estudio de arquitectura MBM en 1954 junto a Oriol Bohigas y David Mackay. En colaboración con ellos ha sido galardonado en numerosas ocasiones con los premios FAD (1959 y 1962 junto con Bohigas, 1966 y 1979 junto con Bohigas y Mackay).

Oriol Bohigas (Barcelona, 1925) es un arquitecto con un historial brillantísimo. Entre sus obras y en colaboración con su estudio de arquitectura, están la sede de la editorial Destino de Badalona (1967), la Villa Olímpica y el Puerto Olímpico de Barcelona (1992), la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona (2001) o el Museo de Diseño de esta misma ciudad (2012). Ha recibido en numerosas ocasiones los Premios FAD, fue galardonado con la Medalla de Oro de Arquitectura en 1990, la Medalla de Urbanismo de la Academia de Arquitectura de París en 1988, el Premio Nacional de Arquitectura en 2006, etc. Es autor además de numerosos libros.

BIBLIOGRAFÍA

  • Bassó, F.; Bohigas, O.; Gili, J., y Martorell, J. "Instituto Laboral de Sabiñánigo (Huesca)", en Cuadernos de Arquitectura, n.º 36. Dirección General de Arquitectura, 1959.
  • AAVV. Los años 50. La arquitectura española y su compromiso con la historia. Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Navarra. Ediciones SL, Pamplona, 2000.
  • AAVV. Catálogo de la exposición "Los brillantes 50. 35 proyectos". Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Navarra. Pamplona, 2004.
  • Vázquez Astorga, M. José Borobio. Su aportación a la arquitectura moderna. Premio Ensayo de la Delegación del Gobierno en Aragón, 2006.
  • Revista Un mérito de todos, publicada con motivo del 50 aniversario del Instituto San Alberto Magno. Sabiñánigo, 2005.