La guerra de estas montañas

En agosto de 2009 se presentó en Botaya el libro Ajedrezado Jaqués. La tradición oral del piedemonte de san Juan de la Peña según Domingo Gavín Pérez.

Conocí a Domingo en la Residencia de Biescas cuando ya había sobrepasado los noventa años. Me llamó la atención su bondad y la lucidez con que retenía la tradición oral de Botaya que, en realidad, en buena medida también era la del monasterio de san Juan de la Peña.

Domingo Gavín Pérez, nació el 7 de marzo de 1909 y falleció el 28 de diciembre de 2006, después de que le entrevistara y grabara su voz en Biescas, seis años antes.

Cuando le escuchaba me daba la sensación de que los capiteles románicos de San Juan de la Peña cobraban vida. Eva hilando era su abuela o su madre, que en las largas veladas de invierno, tiraban del copo de lana junto al fuego. Adán guiando el timón del arado, era él, él mismo labrando hasta los años setenta con las caballerías... La matanza de los Santos inocentes, eran las calamidades que él había visto durante la guerra...

La guerra, la guerra, cómo no... También había que hablar de ella porque partió una generación que se debatía entre mundos irreconciliables, entre los capiteles del monasterio de San Juan y las nuevas ideas.

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Este capítulo habla de la guerra en estas montañas...

Portada del libro "Ajedrezado Jaqués. La tradición oral del piedemonte de san Juan de la Peña" - Domingo Gavín Pérez.Era en el mes de junio del 37. Los de ametralladoras y morteros estábamos en Sabiñánigo y nos quedábamos en el garaje de autobuses de la Tensina. El resto en las escuelas viejas.

Una noche nos dijeron que había que salir a tomar el puerto de Santa Orosia. Salimos carretera adelante y nos advertían que no hiciéramos ruido con los platos, con las cantimploras; con nada. Que tampoco encendiéramos cigarros.

Así llegamos a Senegüé y pasamos la noche en un callizo, en una calle estrecha.

Al llegar el día cruzamos el río Gallego por el Puente las Pilas. Allí los de una ametralladora marcharon reforzar el Castillo del Moro, que estaba encima Lárrede y lo acababan de tomar los nuestros. El resto subimos a una posición que había encima del río, en un rallizo. Los rojos la habían abandonado y habían dejado, envueltos en mantas, numerosos cadáveres. También había muchas prendas porque los rojos comían muy mal pero llevaban buena ropa.

Recuerdo que de aquél día los muleros sacaron el siguiente romance:

El 29 de junio no se me irá de la memoria,
que el puerto de Santa Orosia
lo tomó Ametralladoras.
Cuando pasamos el puente
y las balas nos silbaban,
nuestros bravos conductores iban
con las máquinas cargadas.
A eso de hacerse de día,
nos mandaron avanzar.
La metralla iba delante
y renovación detrás.
En el puerto Santa Orosia
hay una agüica muy fresca.
El que la quisiera beber,
tendrá que subir la cuesta.
Hola, hola, a tomar aquella loma.
Hola, hola, donde aquel rojo se asoma.
Ya se está tomando Madrid,
luego caerá Barcelona...

Mi compañía se quedó en la ralla y luego nos hicieron volver a Senegüé. Volvimos a pasar la noche en sus callizos y, de nuevo, cuando se iba a hacer de día, volvimos a pasar el puente y nos tiramos hacia la derecha, a un pueblo por el que pasaba un barranconcico. Por la orilla subimos la ladera y llegamos al puerto que ya estaba tomado.

Al parecer, habían sorprendido a los rojos por Sobás.

Yo no lo ví, pero los rojos contraatacaron y quisieron ocupar el pico Oturia que está encima del puerto. Atacaron con bayoneta calada y, al parecer, un nacional y un rojo se la clavaron a la vez, se quedaron enganchados mucho rato, sin ánimo y sin saber qué hacer.

La ermita de Santa Orosia había sido utilizada para dormir y tenía un palmo y medio de bojes.

En las faldas de Oturia vimos sacos llenos de virutas de madera. Al parecer, allí tenían el cañoncico con el que disparaban los rojos a las fábricas de Sabiñánigo. Cuando llegamos nosotros, el cañón ya se lo habían llevado.

Al poco de llegar nos llevaron al Pueyo de Cortillas, que es una lomica que da para atrás, para esos pueblos de Sobrepuerto. Allí tuve dos alféreces muy buenos, un tal Liria y otro que se apellidaba Jarne. Eran dos chicos muy jóvenes.

Estábamos en una trinchera con un casetón y por la noche había que estar muy atentos por si el enemigo contraatacaba pues estaba muy cerca, al otro lado de un colladico. Una noche, al parecer, pasó una liebre y comenzamos todos a pegar tiros como locos.

De verdad que fue una guerra de locos.

Al poco tiempo, como he dicho, nos bajaron a Ayerbe y, a continuación, a Zuera, porque los rojos querían tomar Zaragoza.

Linoleo - Orosia SatuéDe allí, subimos otra vez en el último tren que pudo hacerlo, antes que los rojos cortaran la vía con el avance por el Hostal de Ipiés. El último fue el nuestro y delante llevábamos una autovía con Guardia Civil, en avanzadilla, para ver si había peligro.

En que nos dejaron en Sabiñánigo el autovía se dio la vuelta pero por allí bajo, por el Hostal, ya lo descarrilaron los rojos.

A nosotros, que íbamos en Ametralladoras, cuando llegábamos por el Puente de Sardas, nos emprendieron desde la ermita de San Pedro, que decían la habían conquistado aquella noche, y nos tuvimos que refugiar en una rallas que hay por allí, cerca del Puente.

Una camioneta de las nuestras tiró para adelante.

Por fin, aquella tarde nos hicieron bajar para el Puente por la orilla del río Gallego. Por allí íbamos protegidos y no nos podían dar.

Aquella noche del mes de septiembre nos pusieron a una escuadra en el sitio donde se junta el camino de El Puente con la carretera. Ya hacía un poco de fresco y allá que allá, a media noche, que nos suben en camiones camino de Jaca. Nosotros pensábamos que nos llevaban a descansar, pero nos equivocamos, porque en el desvío de Navasa se echaron hacia el Hostal de Ipiés. Aquello nos extrañó mucho pero, pronto nos dimos cuenta que nos llevaban a cortar el avance que estaban haciendo los rojos, cruzando el río Gallego para llegar hasta Jaca.

Nos hicieron bajar cerca del Hostal de Ipiés y, nada más echar pie a tierra, nos silbaban las balas alrededor. Había un edificio. Allí nos recibió un militar que pertenecía a aquella casa y que nos dijo:

– Si se muere por España, bien muerto se está.

Nos parapetamos bien en una trinchera que había en una lomica y, por la noche, cuando yo estaba de guardia, llega el alférez dándose vueltas y me dice:

– ¿No le parece que se oye ruidos? Tire un disparo, a ver...

Suelto un disparo y el enemigo se echa a gritar:

– ¡ A por ellos, a por ellos!

Y en un momento que nos empiezan a caer bombas de mano y de todo.

Nosotros tirábamos a ojo porque no se veía nada.

De pronto sentí un golpe en el fusil y es que una bala me había arrancado la mirilla y no me hizo nada.

Al poco rato, que llega una escuadra del Tercio. Eran gente que venía del frente del Norte a sofocar este ataque.

Una vez que tomaron posición no tardó en oírse voces. Eran los rojos que mandaban mensajes con altavoces y nos preguntaban que si sabíamos para quién luchábamos. Pero aquello no acabó así, porque un legionario les contestaba que si ellos habían cogido Santander, que si esto y lo otro...

Entrada la noche llegó un enlace y nos dijo que nos retiráramos hacia el pueblo de Arto.

Antes de llegar a Arto está la casa del Señor de Baranguá. Había una sala muy grande y una balconada que daba hacia el sur, hacia la carretera. Llega un enlace y dice que pasaban muchos rojos el río hacia donde estábamos. Yo y un compañero salimos al balcón y oímos que el comandante decía:

– Si ellos vienen, más estamos nosotros.

Y en aquellas que llega un blindado de los rojos por la carretera, que suelta un chupinazo, que levanta una polvera enorme y que veo que el compañero que estaba conmigo en el balcón andaba con un brazo colgando.

– ¡Ay, ay...! –decía el pobre.

A continuación, nos ordenaron montar una ametralladora en un corral –en una serenica que hay- y, al poco, veo a los sirvientes rodar por el suelo. Mientras otros abrieron un boquete por la parte de atrás y enfilamos hacia Arto. Cuando subíamos había un barranquico y allí había gente amagada que se quería pasar al otro lado. Por cierto que luego nos juntamos en Valencia con ellos.

Subíamos sin aliento, corriendo por la carretera. Huíamos por un solanico como un rebaño y los rojos habían hecho una tenaza para atraparnos en su avance. Yo iba solo, porque si íbamos en grupo había más peligro de que te dieran.

Llegamos hasta la pardina de Pilón, que está en la carretera hacia Abena y Navasa y allí estaba el comandante y el capitán, frenando a la tropa. Los dos jefes se pusieron a formar compañías conforme llegaba el personal.

A los de ametralladoras nos pusieron en un cerro que hay subiendo a la derecha. En la punta había un tascalico y nos pusimos a cavar parapetos con el machete. Nos hicimos una miaja de agujero y un cabo que va y me dice:

– Domingo, como a ti te ha salido más grande, si te parece, nos ponemos los dos juntos en el tuyo.

Allí estábamos, con las piernas juntas, uno mirando para aquí y otro para allá, y de pronto, que oigo "chas" y el cabo que se dejó caer a un lado sin decir ni media.

Al momento, que llega el sanitario del Tercio, le arranca los botones de la chaqueta y la camisa, le mete mano y dice que ya no había nada que hacer.

Aquello debió ser una bala perdida que le había dado de lleno en el corazón. Y así terminó aquel pobre cabo.

Como la cosa estaba muy mal, el capitán mandó retirada y bajamos a un corralico hasta que llegaron los moros de refuerzo, que venían de Jaca.

Entonces gritaron que palante, que palante, y volvimos a ocupar el cerro.

Por la noche hubo de nuevo tiroteo y algunos canarios se pasaron al otro lado. Yo digo si serían canarios porque en los macutos dejaron tabaco de ese que ellos llevaban.

Al día siguiente ya nos llevaron por Camparés, de nuevo, a Sabiñánigo y, poco después, por Sardas, tiramos para arriba, para el puerto de Santa Orosia, donde ya habíamos estado aquel verano.

Linoleo - Orosia Satué Pasamos por Senegüé el día 29 de septiembre y subimos por esas laderas hacia el puerto. Yo subía junto al capitán. Al llegar a la tasca vi que venía galopando a caballo el comandante que mandaba las tropas del puerto. Llega y le pregunta a nuestro capitán si habíamos comido y llevábamos munición completa. Nuestro capitán le dijo que munición llevábamos pero que comer no habíamos comido.

Llegamos a la ermita de Santa Orosia y dentro había mucha munición, nos dieron más pero de comer no se acordaron. Un soldado me llenó la cantimplora en la fuente de la santa y marchamos hacia arriba, hacia lo más alto, a un pico que le llaman Oturia. Subimos por el camino que da a cierzo y en que comenzamos la subida un compañero se cayó al suelo porque le había fallado el corazón.

Bajamos para el otro lado y antes de entrar en el pueblo de Casbas, en un ralloncico que había, saqué unas latas de carne que guardaba desde Ayerbe porque a nadie le apetecía y aquel día sí que nos las comimos.

A mi escudera aquella carne le supo a gloria. Luego, por los prados de Casbas vimos unos manzañones y la gente se tiraba a por ellos como locos.

La iglesia de Casbas era pequeñica y la torre estaba medio destruida por los cañonazos que le habían caído.

Estábamos nosotros en el pueblo y llegaron unos paisanos, un hombre viejo con una chica a recoger algunas cosas que habían dejado en casa cuando fueron evacuados. Se llevaron también una cerda que les hacía la vida imposible por aquellos senderos. Luego oí que en Biescas llevaron mala vida. No sé si será verdad.

Salimos de Casbas y había una posición en un rallón desde el que ya se veía el río Gallego. Estaba justo en el camino que iba de Lárrede a Casbas. Se ve que la escuadra que estaba allí posicionada había visto movimientos extraños y habían dado parte. El caso es que, al poco rato, nos llega un enlace y nos dice que nos retiráramos, que no vendrían a relevarnos si nos quedábamos allí.

Nos retiramos a Casbas y nos pusimos a descansar en un yerbero que había en medio del pueblo.

Aquella misma noche los rojos rodearon el pueblo y nosotros nos entregamos.

Disparaban cañonazos desde Escuer y un cabo rojo, que era de Cortillas, les avisó para que pararan, porque si no nos iban a achicharrar a todos.

Nuestro capitán, que era un hombre de tiempo, no hizo resistencia. Sólo hacía que hacer señales con un pañuelo blanco.

Nos llevaron a encima del pueblo, a un descampado, y echamos los fusiles en un montón que había. Debimos ser los últimos en entregarnos.

Yo antes, al pasar por la cocina, vi una manta nueva y la cambié por la mía que era muy vieja.

Cuando entregábamos las armas me acuerdo que había un teniente rojo jovencico y chicorrón. Llamaba aquello la atención porque nosotros ya éramos hombres hechos y derechos.

Nos bajaron en reata, en fila, hacia el río Gallego. Sólo iba uno de guardia con el fusil cargado.

Al llegar al valle tuvimos que parar detrás de un montículo a que se hiciera de noche porque aún había una zona que la dominaban los nacionales.

Estábamos allí cuando llegó un hombre viejo que pertenecía al Batallón Cinco Villas de los rojos.

Linoleo - Orosia Satué Al parecer esa unidad campaba por allí.

Cuando llegó se puso como loco porque había visto a un sargento prisionero que era de la comarca de las Cinco Villas. Al parecer el sargento era hijo de una casa rica de los pueblos de la comarca, cuyo amo le había requisado el camión en los primeros días de la guerra para detener gente y darles mala vida. El viejo se echó el fusil a la cara, apuntó al sargento, pero al final, llegó un comandante y paró aquello. No sé qué vida llevaría aquel sargento...

Luego paramos en Oliván y en una calle llamaron a cinco o seis por su nombre. Entre los llamados, uno era un hijo de una casa rica de Agüero –me parece que Casa Fuertes- y otro, el sargento que he dicho de un pueblo de las Cinco Villas. A todos les debió pasar lo mismo.

De Oliván me llevaron prisionero a Boltaña para tomarme declaraciones. Primero cruzamos el río Gallego y subimos por la carretera hacia Biescas. Pasamos aquella noche en las escuelas y al día siguiente, en camiones, nos llevaron por Cotefablo hacia Boltaña. A la salida de éste túnel vimos un blindado que no podía pasar porque el túnel aún no estaba terminado. Nos llevaron a la iglesia de Boltaña y vimos que la habían empleado para cuadra. Luego nos llevaron a declarar a una casica que había en la plaza y, de allí, nos llevaron al seminario de Barbastro y me extraño oír a las cocineras una canción que decía: "Los falangistas de Huesca, que pasean por el Coso, se tienen que retirar porque les zumban los rojos".

Barbastro fue la última estación de Aragón. A partir de entonces comenzó el paseo como prisionero por media España.