Tensinos y biesquenses: Una historia de encuentros y desencuentros

Conferencia pronunciada en Sallent de Gállego el 21 de agosto de 2009

Cont.

Hasta ahora todo lo expuesto han sido encuentros y colaboración, pero ahora vienen los desencuentros.

Ya he dicho que el camino real y cabañera pasaba por Biescas. Las peleas empezaban cuando llegaba a sus términos. No se sabe bien qué sucedió en 1455, para que Juan de Lacasa, justicia del Valle de Tena, bajara indignado a la villa acompañado del notario, y protestara violentamente ante sus justicia y jurados porque los biesqueses, convocados a son de campana, habían derrocado el camino real en los términos de la Closura, es decir, el estrecho debajo de Santa Elena. Alegó el derecho de posesión desde hace mil años y más para el libre tránsito por la orilla izquierda del río y su condición de camino real es decir, abierto al tránsito libre y gratuito de todos los viandantes y amenazó con todas las penas habidas y por haber contra desfazedores, derrocadores y derruydores de caminos reales. La acusación era grave: el Fuero "De los invasores de caminos públicos" castigaba con mil sueldos de multa a los quebrantadores de caminos y una de las Observancias añadía que a esta pena debía añadirse la reconstrucción de lo derruido. Los de Biescas no se achantaron y contestaron que por la orilla izquierda no había camino real, solamente pasaban quienes acudían al santuario. Lo que debió suceder fue que el camino por la orilla derecha se vino abajo por las inclemencias del tiempo: derrocado e gelado y los tensinos pasaron con sus ganados y acémilas por la izquierda (la alegación de los biesqueses habla de los dos caminos que van de la tierra de Tena a la suya). Los de la villa tenían allí muytas heredades, es decir, tierras de cultivo, y sin duda sus dueños se opusieron al paso de los ganados por los perjuicios que podrían causarles. Y en tono desdeñoso, añadieron que autorizaban a los tensinos a reconstruir el trozo de camino que los mismos biesqueses habían derrocado, pero solo para llegar a Santa Elena y sin que tuviera consideración de camino real.

La cosa no quedó en eso. Los tensinos, resueltos a defender sus derechos, nombraron procuradores a pleitos y recurrieron al mismo Rey. La justicia entonces, era tan lenta como ahora. Tres años después en 1458, el canfranqués Juan de Borau, como comisario nombrado por Su Majestad, se encaramó con los dos rivales al cubilar de la Fueba Sopret en lo alto del puerto del Escarra, en el punto de coincidencia de los términos de Tena, Biescas y Canfranc y dictó sentencia. En ella, distinguía entre el camino de debajo de Santa Elena y la cabañera, por donde hoy discurre la carretera, llamada entonces del Campo de San Martín. Declaraba que el primero era camino real, abierto al tráfico de bestias ferradas, pero no al de ganados. Si los tensinos querían arreglarlo, podían hacerlo, tanto en sus términos como en los de la villa. Esta vía quedaba cerrada a los rebaños, que habían de pasar por el camino de San Martín. Prohibía terminantemente a los de Biescas volver a derribar el camino, bajo graves multas, destinadas a sus vecinos. Y confiaba a los jurados de Canfranc el papel de árbitros en cualquier nuevo conflicto sobre el camino. En 1489 el valle de Tena tenía arrendado el campo de San Martín, para que en él pudieran descansar y hacer etapa (tener stanco o reposo) sus rebaños durante las trashumancias anuales. Unos osados biesqueses lo escaliaron (roturaron), alegando que tenían mejor derecho que sus vecinos, por lo que éstos protestaron airadamente. No se volvió a hablar del asunto, quizás intervinieron los jurados canfranqueses para aplacar los ánimos y devolver su derecho a los tensinos.

Emblase de Lanuza y Peña Foratata Bien que mal, los rebaños, que entonces no eran muy numerosos, siguieron pasando por el camino de San Martín. A veces el camino se cortaba por inundaciones, heladas y corrimientos de tierras y los ganados tenían que pasar por la villa, su puente y sus heredades.

El puente que unía las dos parroquias biesquesas de San Pedro y San Salvador, que aún hoy existe, aunque reformado y modernizado (yo lo recuerdo de madera cuando era niño), era muy antiguo. En 1328 el rey Alfonso IV, dice que ese puente existía desde hacía mucho tiempo, pero recientemente se había venido abajo por una avenida del Gállego. Accediendo a la petición de los biesqueses Su Majestad permitió que se reconstruyera "un puente conveniente y decente" en el emplazamiento del anterior o en un lugar más adecuado, para que pudieran cruzar el río sin riesgo de sus vidas. Y para su mantenimiento, autorizaba al concejo a cobrar a los que no fueran vecinos un derecho de pontaje por persona, cabeza de ganado grueso o menudo. También era obligatorio para los forasteros cruzar por el puente y no vadear el río cuando las aguas estuvieran bajas. En 1513 debió venirse abajo otra vez la cabañera, pues hubo pleito por el paso de los ganados por el puente de la villa. Esta vez prevaleció el sentido común, pues seguía aún en vigor la sentencia de 1458 multando a los biesqueses si se desmandaban, y nombraron árbitro a don Sancho Abarca Señor de Gavín, llamado por sus vasallos "el señor bueno". Se enfrentó con un conflicto irresoluble de choque de dos privilegios reales del mismo rango: por una parte el de Jaime II de 1391 que eximía a los tensinos de pagar pontaje en todo el reino y el de Alfonso IV de 1328 que autorizaba a los biesqueses a percibirlo. Intervino el punto de honor: ninguna de las dos partes quería renunciar a sus derechos. Por fin se llegó a un acuerdo: los tensinos daban 1.050 sueldos para reconstruir el puente pero a cambio no pagaban pontaje, peso ni mesura en la villa. Y dejaban claro que lo hacían por su libre voluntad, no por sometimiento al privilegio que rechazaban ni por renuncia al suyo, pues faltaría más.

Por fin, en 1526 llegaron a un acuerdo que se prolongó casi hasta nuestros días. Ambas universidades encargaron al cantero bearnés mosen (monsieur) Molat, vecino de Astós, que construyera un puente entre el Puey Tabernero y Vicoluengo. La plataforma era de madera, los pilares de piedra, y lo suficientemente fuertes como para sostener arcos. Se pagó a medias y se llegó a un acuerdo por el que los ganados tensinos subirían por el lado de la parroquia de San Pedro hasta Pueyo Tabernero, de donde cruzarían el puente y seguirían por la orilla izquierda hasta la parte de Santa Elena. El anterior camino por San Martín quedaba anulado, pero se conservaba el derecho de los ganados para circular por él en caso de necesidad, manteniéndolo los tensinos a su costa. Y además los rebaños de éstos podrían amalladar y estancar a uso del reino. En 1545 una riada arrastró el nuevo viaducto, pues en junio villa y valle capitularon su reconstrucción con otro bearnés: maestre Arnaut de Dulcis, que elevó sus pilares y empedró la calzada sobre las vigas, para que no resbalaran las reses. Su coste fue de 800 sueldos, que pagaron a medias. Los tensinos hacen constar en el acta notarial que lo hacían voluntariamente, para que no les vinieran los biesqueses con exigencias y para no sentar precedente. Consta que estaba acabado en noviembre de 1546. En 1559 fue reconstruido por Juan de Albistur, tras otra gallegada.

El acuerdo, que desviaba a los rebaños de los campos biesqueses, se reveló muy eficaz. Ya he explicado el evidente interés de los de aguas arriba por el paso de sus ganados y recuas por la villa, por parte de ésta parece que el aumento de la producción de tejidos y del comercio con Francia les convenció de que trabajando juntos podrían vivir mucho mejor que peleándose. En 1540 decidieron sustituir el puente de madera sobre el barranco del Asieso por otro de piedra tosca, picada y mazonada. Encargaron la obra a un biesqués: Pedro Baylo. Pero éste eligió mal el terreno pues lo situó sobre unos manantiales y el viaducto se vino abajo poco tiempo después. Y en 1544 encargaron la reconstrucción a Martín de Ondárroa, natural de Asteazu en la provincia de Guipúzcoa, cuidando de apartarlo de las fuentes. Y ahí sigue, luciendo su elegante arco sobre el cauce del río.

Iglesia de Sallent de Gállego Como vemos, a mediados del siglo XVI todo eran buenos modos entre biesqueses y tensinos. Aún quedaba un asunto por arreglar. En 1518 los de la villa derrocaron una molina de serrar tabla que Juan Burillo, de Hoz, había construido sobre el barranco Espumoso, sin duda en el lugar donde hoy se encuentra la minicentral eléctrica, alegando que era terreno biesqués. Como cuenta el serrador, le derribaron y destruyeron la sierra, le maltractaron y cablevaron fustas, tablas, herramienta y todo lo que hi era. El de Hoz cedió sus derechos sobre la molina (o lo que quedaba de ella) a Juan de Esclaves, que se comprometió a reconstruirla y a pagarle en tablas durante tres años. La cuestión debió quedar pendiente pues los días 24 y 25 de julio de 1543, un tribunal arbitral compuesto por el comisario real Valentín Sánchez de Ayneto, residente en Biescas, el lugarteniente de justicia del valle de Tena y un sallentino delimitaron lo que llamaban el término indiviso entre los términos de Biescas y el quiñón de Panticosa. Para ello, la comitiva, junto con el notario Juan Guillén, escaló el monte y estableció que la raya seguiría la línea del barranco Espumoso, desde su desembocadura en el Gállego hasta las fuentes donde nace; de allí arriba el límite sería el barranco de Puey Lacuso hasta terminar en la forqueta de este nombre. En las zonas un poco indecisas, entre ambos barrancos, se fijaba la raya mediante cruces y pies de cabra esculpidos en la roca. Aún debía seguir escociendo el pleito por el saqueo de la serrería, pues el laudo incluye un párrafo que da por libres e inmunes a ambas partes de cualesquiere acciones civiles y criminales particularmente por razón de pindras o rotura de serras de tabla. La delimitación surtió efecto y caló en la mentalidad de las gentes: Luis de Caperán, de Panticosa, me contó que cuando subía andando con su padre desde Biescas, éste le decía al cruzar el barranco: ¡Ya estamos en el valle!

Hay una época en que no se producen nuevos incidentes, hasta enero de 1630, en que Biescas volvió a las andadas. Los tensinos una vez más alegaron que los de la villa les impedían el paso por el puente de la villa (¿quizás una riada había arrastrado el de Mosen Molat?) quitando unos barrones del pavimento del viaducto y poniendo una puerta levadiza en él, exigiéndoles el pago del canon de pontaje. Los del valle recordaban la sentencia arbitral de 1513, antes citada, y los derechos que tenían adquiridos y acusaban a sus vecinos de incumplirla. Los biesqueses pidieron papeles y dijeron que responderían cuando los hubieran visto. Pero esta vez los de la villa mordieron en hueso, pues el panticuto José del Río Fajinas se querelló contra ellos ante la Audiencia del Reino, que dio la razón al tensino y ordenó el embargo de la puente de la villa de Biescas, plazas, caminos reales, vias publicas, terminos y guertos della. Recurrieron al conocido sistema del tribunal arbitral, que se reunió en Santa Elena y en cuyo laudo se decidió que el panticuto se retirase del proceso, reconoció como vigentes todos los acuerdos bilaterales sobre pasos y puentes y en tercer lugar admitió el derecho de los tensinos a cruzar gratuitamente por el viaducto con sus cabalgaduras, su propia obligación de mantener el puente para que los tensinos pudieran pasar igual que los biesqueses y si se lo llevaba el agua, por el que se edificase en sustitución de éste sin pagar impuesto alguno y a no pleitear con ellos nunca jamás por esta causa. Los tensinos les daban graciosamente 1.200 sueldos para mantener el puente y asimismo les permitían el paso por los caminos del valle, en las mismas condiciones que los tensinos por el puente, es decir, pagando por el paso de ganados menudos por caminos cabañales. Se advierte el susto que se llevaron los de la villa al verse embargados; esta vez los de aguas arriba actuaron jurídicamente y cogieron totalmente desprevenidos a los de aguas abajo, que tuvieron que ceder en todo.

En el otoño de 1656 se vino abajo el camino entre el río Espumoso y el barranco de Santa Elena, en términos de Biescas. Los tensinos, que veían que se acercaba el momento de la bajada de los ganados y el camino estaba intransitable, enviaron a veinte jornaleros a ayudar a los biesqueses en su reparación. Pero para dejar las cosas claras, el 8 de octubre el lugarteniente de justicia del valle compareció ante los jurados de Biescas y les dijo que los habían enviado por su libre voluntad, sin que ello sentara precedente alguno, ya que eran los de Biescas quienes tenían obligación de cuidar del camino en sus propios términos. Éstos respondieron agradeciendo la ayuda, pero reiterando que esta aportación no concedía derecho alguno a los tensinos sobre esos términos de la villa.

En 1720 las aguas debieron llevarse de nuevo los puentes, pues los rebaños cruzaban las calles de Biescas, concretamente por el callizo desde las eras del Rey a la collada. Las reses que se desviaran no podrían ser degolladas. Los ganados no podrían pasar nunca por la plaza de San Pedro, y se prohibía que los biesqueses ordeñaran los ganados tensinos cuando atravesaban la villa, para que no brincaran los animales en las heredades. A cambio, los tensinos perdonaban los 2.400 sueldos que la villa debía pagarles en virtud de una sentencia de la Real Audiencia por reparaciones en el camino entre el barranco y Santa Elena, lo que vino muy bien al concejo de la villa, agobiado en aquella época por los préstamos que había debido contraer para el pago de las tremendas contribuciones que le fueron impuestas durante y después de la guerra de Sucesión.

Siguen los hundimientos del camino y los cambios en la cabañera: en 1744 el camino estaba impedido y era intransitable a causa de haberse vuelto un brazo del rio Gallego. La petición se formulaba a causa de algunos excesos, altercados y disensiones por el paso de los ganados por la viña de Pedro de Acín, que le debieron arrasar, y para que en adelante no resulten algunos terremotos que pueden sobrevenir pasando a cosas mayores, como casi se ha experimentado este año con Pedro de Azin. La cosa no pasó a mayores, pero casi.

No continúo para no aburrirles: durante todo el siglo XVIII siguieron las protestas de unos y otros y las reuniones de ambos concejos para solucionarlas. En esta época ya se habían civilizado un tanto las costumbres, no se utilizaba el sistema de la acción directa, que hemos visto: bloqueo de puentes, degüello de ovejas o destrucción de caminos y las controversias se solucionaban pacíficamente.

Y para terminar, y siempre en torno al Gállego, Madoz refiere una curiosa historia acaecida a principios del siglo XIX. Una enorme masa de tierra y piedras se desprendió de un monte de la orilla derecha del río, es decir, por donde hoy pasa la carretera general, y cayó encima del cauce del río, formando una gigantesca presa que embalsó el agua del Gállego, que quedó totalmente seco. Los tensinos estaban aterrados, pues el agua represada iba invadiendo el valle y no digamos los biesqueses y los de todos los pueblos de aguas abajo que temían que reventara y la avalancha se los llevara por delante. "Todos los montañeses se consternaron, pero reunidos en sus esfuerzos contra el común enemigo, trataron de desaguar el estanque poco a poco". Incluso vino artillería de Jaca y "aunque a costa de fatigas, lograron descantillar el dique y lograr que sus aguas salieran poco a poco. Al cabo de mucho tiempo de continua avenida volvió el Gállego a su estado natural, restituyendo el sosiego a los habitantes de las comarcas". No he encontrado otras referencias a este suceso, que debió comunicar algún montañés a don Pascual Madoz cuando preparaba su diccionario.

Por testimonios orales que he oído, parece que aún queda algún recuerdo de este cataclismo: al parecer fue el barranco hoy llamado del Puerto y antes Merdacero, el que enronó la foz de Santa Elena provocando la retención de las aguas.