Papeles de la Falsa. Las aventuras de un tión en Francia

Hace un siglo, las familias eran bastante numerosas en los pueblos de la montaña, tanto en las casas humildes como en las fuertes (abuelos, amos, hermanos solteros de ambos o tiones, hijos..), pues los brazos formaban parte inseparable del patrimonio y eran necesarios para llevar a cabo las múltiples tareas, especialmente de mayo a septiembre. Mediado el otoño, en cuanto el ganado lanar marchaba a Tierra Baja, las faenas se ralentizaban: los abuelos se encargaban de cuidar el pequeño rebaño de reses que no trashumaban (rezago, casalizos), las vacas y las caballerías de labor. El amo estaba pendiente de la cabaña, que había quedado a cargo de algún tión o de un pastor afirmado para S. Miguel, especialmente en el tiempo de parizón o por si surgía alguna circunstancia (enfermedad del pastor o del ganado, nevada, etc.).

Bujaruelo, camino a Francia. - Fotografía de José Mª SatuéMuchos tiones, incluso algunos amos, marchaban a la vecina Francia durante una temporada, siguiendo la estela de generaciones anteriores, con el fin de ganar unos dineros que les permitiesen satisfacer sus necesidades personales, o familiares, en el caso de los dueños. Para evitar gastos y pérdida de tiempo en burocracias, no se proveían del correspondiente salbaconducto, corriendo mil aventuras en los pasos fronterizos, intentando sortear la vigilancia de los carabineros apostados en los puntos más estratégicos.

"Mis hermanos pasaban siempre por Bernatuara, ya que conocían muy bien el terreno de cuando iban pastores a los puertos de Bujaruelo, atravesando las montañas entre riscos y neveros, y el valle por medio del bosque para no ser vistos", contaba Antoné de Navarro. "Peor que el terreno, eran las temidas ventiscas y el frío, aunque vestían ropas de lana (pasamontañas y alguna manta), llevaban un equipo inadecuado e incompleto (mal calzados, viandas justas), limitado por el peso que podían cargar a hombros. ¡Si hubieran pillado los equipos que ahora llevan esquiadores y montañeros!", relataba Manolo de Blas. "¡Cuántos sufrimientos para tan escasos frutos!. Antonio, que en paz descanse, nos contaba los apuros que pasaban para atravesar los neveros helados, apoyados en simples palos de boj y abarcas con clavos, más de uno dio con sus huesos en el fondo del barranco. Muchas veces les sorprendía la ventisca, que ocultaba las referencias del terreno, intentando guarecerse en algún cobacho con un tapabocas de lana, apretándose unos a otros para darse calor", añadía Serafina de Ferrer. "Ya procuraban ir en grupo para ayudarse en las dificultades, pero a Miguel de Ezquerra de poco le sirvió, murió helado en un cobachón, más arriba de Plana Coma, en una fría noche de aire puerto", detallaba Generosa de Navarro.

En mayo regresaban al pueblo con unos dineros en el bolsillo, bien sudados en los trabajos de Francia, y un saco en el hombro con la maquinaria para montar un reloj de pared, unas esquilas de Nay, un paraguas de pastor y unas navajas con mango de hueso, muy apreciadas por los pastores, etc., que mostraban con satisfacción a abuelos y niños. Después nos contarían sus aventuras pasando la frontera, cosas de los trabajos, etc., al tiempo que se incorporaban de nuevo al organigrama de la casa, que ofrecía tareas para todos de finales de la primavera hasta bien avanzado el otoño.

Algunos tiones jóvenes, ante las perspectivas de una guerra inminente, optaron por quedarse definitivamente en Francia, iniciando una nueva vida bajo la aureola de la libertad, la igualdad y la fraternidad, lejos de su tierra, atrayendo años más tarde a familias enteras, que se instalaron generalmente en poblaciones de los departamentos limítrofes. Todos vivieron historias similares, pero diferentes, según la época en que emigraron, la edad que tenían o sus circunstancias personales y familiares. Así, el tión Mariano (Mariano Buisán Laguarta), del que desenpolvamos una antigua carta en la falsa, marchó en plena juventud, años antes de estallar la guerra civil, ligero de equipaje, pero ilusionado con las ideas liberales que disfrutaban en Francia y sus deseos de encontrar una vida mejor, gracias a unas mayores expectativas de trabajo, en un pais que entonces estaba a varias leguas de distancia económica del nuestro.

Carta del tión Mariano Primero trabajó en una fábrica de alpargatas, situada en Mauleon, una localidad de los Pirineos Atlánticos, más tarde recaló en una granja, cerca de Villeneuve sur Lot, propiedad de una familia, que le acogió durante años como uno más de la casa. Desde allí siguió los avatares de nuestra guerra, con la incertidumbre de desconocer la suerte que habrían corrido sus familiares y las noticias desconcertantes que le aportaban los numerosos refugiados que llegaban al sur de Francia.

De la nuestra se libró, pero sufrió de lleno los problemas derivados de la 2ª guerra mundial, al estar en una tierra de nadie, entre la Francia ocupada y la libre. Pasó mucho miedo cuando las tropas alemanas iban a la caza de los republicanos españoles, camuflándose en las instalaciones de la granja o escondiéndose en los montes cercanos, con la complicidad generosa de la familia que le acogía, gracias a su espíritu trabajador y a considerarle ajeno a ideales políticos, que pudiese comprometerles.

Carta del tión MarianoComo todos los que emigraron, sentía nostalgia de su tierra de origen, realizando viajes periódicos a partir de los años 50, cuando ya se empezaba a gestar la incertidumbre del futuro en el medio rural. Nos hacía gracia su forma de hablar y de escribir, mezclando palabras de uno y otro idioma, distorsionados en la mayoria de los casos, pues el español se le iba olvidando (apenas había ido a la escuela) y únicamente aprendió un francés coloquial, lo justo para defenderse en su vida cotidiana. Se daba cuenta de que en francés las palabras se pronunciaban de una forma y se escribían de otra, pero no tuvo tiempo de profundizar en su aprendizaje a todas luces complicado y difícil para él, y "tiró por el camino de en medio", lejos de los academicismos, siguiendo los cánones de la universidad de la vida. "Yo me alegro mucho al recibir noticias de ésa y mas como tengo alli toda familia y como no salgo a ninguna parte, quando recibo una carta se me alegra el corazón, pero malerosamente ya me escriben muy poco"..., nos contaba.

Cuando las fuerzas le comenzaron a flaquear, anciano y achacoso, la misma familia francesa le buscó una plaza en una residencia de Villeneuve sur Lot (departamento de Lot et Garonne), con la pomposa denominación de "Foyer de l'automne", en la que ocupaba la habitación 111. Hasta allí nos trasladamos varias veces para visitarle, darle noticias de la familia y contarle los aconteceres de nuestra tierra, del pueblo donde nació –Escartín-, ya sin signos de vida, totalmente deshabitado. Nunca llegó a comprender cómo se pudo despoblar del todo, con lo interesados que estaban en sus haciendas los dueños de las casas que conoció de joven. La nostalgia de sus años mozos, de sus orígenes le iba aumentando cada día, como la edad, pero era bastante realista: "¡Cómo voy a volver a mi tierra, a España, si mis hermanos ya no viven y los sobrinos ya sois mayores!. Además no tendría amistades, porque siempre he vivido en la Francia, donde terminaré mis días...". Y, efectivamente, allí se cerró la última página de su historia. La historia de una vida sencilla, llena de ilusiones y de sacrificios, de aventuras y de sinsabores, como la de tantas personas de su generación, que un día traspasaron los Pirineos en busca de una vida mejor. Sea para todas ellas testimonio y recuerdo.