Morse y guerra en el puerto

Aunque no lo crean, la fuente de Santa Orosia en verano es un lugar de lo más cosmopolita. Hubo unos años en los que pasaba más de una semana por aquellos parajes y que cuando quería conversación, sólo tenía que acercarme a la fuente con la excusa de llenar unas botellas o limpiar un plato.

Sabías cuando marchabas a la fuente pero nunca cuando ibas a regresar.

Allí he hecho amistades con peregrinos, con cicloturistas, con pastores, con paisanos de la tierra y también con antiguos combatientes de la guerra civil que, de un modo u otro, estuvieron en el puerto y querían recordar.

Uno de ellos fue Valentí Fabrés y Cardona, un enamorado de la montaña que se enroló en los Batallones Alpinos de la Generalitat.

Natural y vecino de Tarrasa, llegó al puerto un buen día de agosto del año 2000 con unos amigos, para recordar los intensos meses que pasó por estas montañas durante la Guerra Civil.

Desde el comienzo, el amigo Valentí se mostró muy afable y, como no tenía mucho tiempo, me prometió que me enviaría unas notas sobre su estancia durante la guerra en el puerto de Santa Orosia. Y así ocurrió, cumplió lo acordado.

A su primera carta yo le respondí con una pequeña encuesta y él me contestó con un texto más amplio que el primero.

Como yo le pedía, él me envió la mayor parte de los escritos en catalán. Fruto de esta correspondencia es este texto en el que fusiono y organizo la información con el mayor respeto y fidelidad.

En el 2001 Valentí me contaba que el C.E.T, el Centre Excursioniste de Terrassa, al que él pertenecía de modo activo, llevaba 52 años organizando campamentos de verano para familias y que, después de haber probado en muchos sitios del Pirineo Aragonés y Picos de Europa, aquel verano querían instalarse en el valle francés de Azún, en las faldas del Balaitus.

Valentí, a sus ochenta y tres años se mostraba entrañable, en plena forma y cargado de ilusiones.

Sirva este pequeño artículo como agradecimiento a su actitud vital. Queda para otra ocasión el transcribir cómo vivió la guerra en el Puerto otro combatiente que lo hizo desde el otro bando.

En ambos casos preocupa más el testimonio humano y su cosmovisión, que el rigor histórico, porque, al fin y al cabo, casi siempre, los que ocasionan las guerras y los que las estudian no han pisado sus trincheras.

La historia comença amb l'arribada a Boltaña de quatre estacions d'óptica...

Grupo de zapadores en la Fuente de Santa Orosia, 1937.  - Colección Enrique Pueyo. Archivo 'Amigos de Serrablo' La historia comienza con la llegada a Boltaña de cuatro estaciones de óptica. La finalidad era aumentar las comunicaciones a través de estas estaciones, pues hasta la fecha sólo se comunicaban los republicanos por teléfono en un terreno muy accidentado y extenso, situación que propiciaba el que se cortasen las líneas con mucha frecuencia.

Llegué los primeros días del año 37 al sector de la 130 Brigada mixta. Estuvimos haciendo prácticas ópticas por Laguarta, Santa Marina y Boltaña y, de allí, marchamos a Santa Orosia. Al final, contaré una experiencia entrañable que tuve aquellos días por el valle del Guarga.

Antes de seguir diré que las comunicaciones por radio no existían, pues la 43 división aún tardaría unos meses en tener una emisora. Aquello sería a finales del 37 o enero de 1938.

El jefe de la estación óptica se llamaba Martín De Gracia y era de Mora de Rubielos, de la provincia de Teruel. Era rubio y muy rojo de cara. El teniente de Transmisiones era un maestro aragonés que se apellidaba Bosor. Tenía este cargo porque había hecho el servicio militar en África y en aquel desempeño.

Desde el Puerto Orosia nos comunicábamos por óptica con un pico pequeño que había junto a Villobas y que se llamaba el Buche.

En aquel entonces las estaciones contaban con medios ópticos y de telegrafía que se combinaban.

Nuestra convivencia con el batallón de maestros, el de la FETE, era muy buena. Aquella gente era un personal estupendo y generoso. Pertenecían a la 136 Brigada.

Esta unidad cubría desde encima de la carretera de Villobas, por Santa Orosia o Puerto Orosia, pico Oturia, pico Erata –que hay una pequeña capilla- túnel de Cotefablo, hasta Bujaruelo y Ordesa, que lo custodiaban los carabineros.

La fuerza militar en la zona aumentó a mediados del 37 como consecuencia del descalabro del Cuerpo de ejército italiano en Guadalajara. De allí vendrían la brigada 72 y, también, la 102, a las que se les añadirían un par de batallones de las Alpinas de la Generalitat de Cataluña que se diluyeron entre las dos brigadas anteriores para crear, en conjunto la 43 División.

En la Brigada 136 había un batallón de Izquierda Republicana procedente de Cataluña y cuyo corneta había cumplido antes esa función en la Cruz Roja de Tarrasa. Era un hombre muy pequeñito.

En los Batallones Alpinos –de donde yo procedía- había muchos excursionistas y, también, bastantes amigos míos. Sus mandos fueron postergados al ser integrados en las brigadas 72 y 102 porque estás eran comunistas. Los Alpinos chocaron con el Teniente Coronel de la 72 brigada que se llamaba Beltrán y era de Jaca.

Pero vayamos a la vida en el Puerto, que es lo que nos interesa.

El actor principal del pueblo era el "canonet", el cañoncito del 7,5 que disparaba hacia Sabiñánigo. Había muchos problemas con él, el principal era encontrar el ángulo de tiro pues, al ser de un solo disparo y tener que estar escondido, no había posibilidad de rectificación. Yo la verdad es que nunca vi que acertase, sería por la dificultad de lograr ángulo de tiro o porque los artilleros no sabían más.

La pieza estaba situada en una vaguada muy pequeña que había en medio de la explanada.

La munición subía a lomos de mulo desde Fiscal y la pieza se ocultaba de las pasadas de la aviación con planchas del césped alpino que corona el puerto.

Aquel cañoncito sólo disparaba cuatro o cinco veces a la semana y un solo tiro cada día.

Los que se ocupaban de la batería –no quisiera equivocarme- me parece que eran vascos

Todas estas cosas hacían que en la fábrica francesa de Sabiñánigo pudiesen estar muy tranquilos.

Recuerdo especialmente la complejidad de los trabajos de transmisiones. Desde allí duplicábamos y triplicábamos la comunicación telefónica.

El santuario servía como puesto de comandancia para la zona al tiempo que albergaba una cocina que también nos suministraba a nosotros.

Recuerdo que no teníamos refugios ni bunkers y que cada vez que pasaba por encima de nosotros la aviación nos teníamos que camuflar como podíamos.

En una ocasión llegaron cuatro aparatos juntos, dieron dos o tres pasadas y nosotros nos metimos dentro de una pequeña balma para protegernos de mala manera. A doce compañeros los cogieron a campo abierto, les ametrallaron, se echaron éstos en medio de los bojes y no les causaron ni un rasguño. Ni que decir tiene que Santa Orosia nos protegió. Los aviones venían a buscar el cañoncito que molestaba a la fábrica francesa de aluminio. Vinieron a por él seis u ocho veces, pero no lo podían localizar porque disparaba y lo tapaban con rectángulos de césped arrancados del suelo.

Nuestro refugio siempre estuvo incompleto porque el teniente Bosor pidió unas uralitas que no llegaron a causa de los sucesos de mayo del 37 en Cataluña, en que los comunistas se hicieron con el mando de todo y desarmaron al POUM.

Aquel ametrallamiento de la aviación hizo que nos trasladaran al pico Oturia, donde la aviación lo tenía más complicado para darnos.

La vida en Oturia era muy dura. Estábamos lejos del manantial y la comida que nos subían desde la ermita siempre llegaba fría. Bebíamos agua de la nieve que había en la cara norte del pico, lo que nos ocasionó más de una diarrea.

Para evitar algo la aviación en el pico Oturia hicimos, en la cara norte, agujeros como las marmotas. Yo creo que aún debe notarse el hundimiento del terreno.

Allí vivíamos en la más absoluta soledad y sólo bajábamos por turno a la ermita cada dos días.

De los jefes recuerdo muy poco, sólo del teniente o capitán que pasaba por todos los puestos junto al comisario.

La distracción en el Puerto o en Santa Orosia era a base de bromas. Recuerdo que había dos o tres de Monzón que nos hacían partir de risa. También había gente muy maja de los pueblos del contorno (...eren "collunuts"...).

También había una gente muy curiosa. Recuerdo que había una o dos secciones especiales que tan pronto estaban cerca de Huesca, en Zaragoza, en Burgos o por donde nosotros estábamos. Eran gente que hacían incursiones y sabotajes.

De los mandos que allí había diré que faltaban militares de carrera y, en cambio, había muchos políticos. Aquello se notaba para mal. De los maestros que allí había, ya lo he dicho, era gente extraordinaria y muy idealista.

Por fin, después de catorce o quince meses, nos dieron ocho días de permiso. Al regreso, estaba con la estación en un collado, junto al camino que llevaba a Fiscal para comunicar con el pico Santa Marina y Boltaña por la noche.

Allí estaba cuando los nacionales tomaron el Puerto.

Tengo referencias de que se confiaron y que los sorprendieron los moros (...amb "calzoncillos" i durmiendo sin guardia...).

Bien, a lo que íbamos, tras la retirada del Puerto nos instalamos cerca del pico Erata, en una capilla muy pequeña que había en la punta del cerro. Cuatro dormíamos de costado mientras que uno hacía la guardia. Esto duró desde la pérdida de Santa Orosia hasta la retirada del año siguiente. La ermita estaba llena de hielo y tuvimos que hacernos un suelo con losas y planchas de césped alpino. Hacía mucho frío (...sempre bufava el vent o per cantó o per l'altre...).

A finales del verano del 37 participé en la toma de Biescas. Fui el telefonista ayudante del observatorio que había en una trinchera frente a Gavín. Allí estuve, mano a mano, con el teniente coronel Bueno, un militar de carrera que era el jefe de operaciones en el frente Biescas-Orna de Gallego.

Poco que añadir más. Vayamos a la retirada, a la reculada, que decía la gente del país, para crear la Bolsa de Bielsa.

Recibimos la orden de retirada en morse a través de señales ópticas. Se nos dijo que lo hiciésemos hacia Yésero y luego hacia Broto y Fanlo por Sarvisé. La orden la dio el teniente Tomé.

Para nosotros allí empezó la retirada. Salimos de aquel collado y en una tirada llegamos hasta Fragen.

Por cierto que en 1968, durante un campamento del Centre Excursionista de Terrasa que hicimos en Bujaruelo, llegó un paisano de este pueblo y me dijo:

– Perdone, usted estuvo en mi casa durante la guerra. Yo era muy crío, sólo tenía ocho años, pero me acuerdo de usted porque nos enseñaba cómo hacían las señales los rojos.

Allí, en uno de aquellos pueblos, nos hicimos con dos o tres mulos y sus correspondientes muleros. Es curioso, pero a pesar de la situación, hicimos por la noche baile con un acordeón. Era en Broto un sábado. Nos acompañaban dos hermanas de casa Silverio de Broto. Recuerdo que una se llamaba Esperanza.

Al día siguiente ellas marcharon hacia Francia y nosotros nos quedamos en Salinas. Así comenzó para mí la Bolsa de Bielsa.

Los tres meses de la Bolsa los pasamos en la Virgen de la Peña de Tella, haciendo transmisiones por teléfono con Peña Montañesa, Monte Perdido, el ángulo del Valle de Pineta –donde estaba el Mando- y el Hospital de Tella.

A los dos días de estar allí encontramos un abuelo en el pueblo que estaba solo. Llamamos a Salinas y con un mulo lo llevaron a Bielsa.

Aquello acabó con la marcha hacia Francia por el puerto de Bielsa. Luego llegaría la Batalla del Ebro y después campos, campos y más campos, y per acabar, moltes gràcias i de tot cor a Santa Orosia.

Amigo lector, seguramente te ha sabido a poco mis comentarios sobre el Puerto, pero piensa que los de transmisiones éramos muy pocos y uno no podía pasearme por el prado. Nadie lo podía hacer cuando estaba destacado. No podías alejarte de tu destino y un servidor tenía la máxima responsabilidad.

Como he anunciado al comienzo, quiero terminar con una vivencia algo cómica que tuve en la Navidad del año 37, cuando, recién llegados, hacíamos prácticas de transmisiones ópticas por la zona de Laguarta.

La guerra también tuvo cosas como ésta.

2ª compañía de zapadores de regreso de Santa Orosia, 1937.  - Colección Enrique Pueyo. Archivo 'Amigos de Serrablo'

Andábamos por ese valle tres pelotones al mando del teniente Tomé y nos ocupábamos del mantenimiento de la línea telefónica que iba de Boltaña a La Nave. En esas estábamos, trepando por los postes, cuando el día 23 me llama el teniente y me pregunta que si tenía preparado algo para la cena "del día siguiente". Yo le dije que sí, que había comprado de modo legal tres o cuatro pollos. Y el añadió:

– Venga, pues los traes, que nos juntaremos los tres pelotones en las casas de Arraso.

Con que nada, dicho y hecho. Allí acudimos cada uno con lo nuestro. Unos trajeron pollos pequeños, otros un cordero y los de la casa añadieron un cerdo y siete conejos atrapados con lazo por la nieve.

Todo aquello para 36 personas entre paisanos y soldados.

Aquello era extraordinario pero yo estaba muy mal, arrastraba una diarrea que no sabía qué hacer con ella. Sólo tomaba unas sopas que me hacía a base de tomillo y pan tostado –farigolas, que decimos en Cataluña.

La vista se me iba, pero yo no podía comer. Por eso me dediqué a probar un poquito de cada cosa.

La gente de Arraso lo planeó todo muy bien. Primero un pica pica, luego un arroz con menudillos y carne y, al final, un cerdo rustido que daba gloria verlo.

Además, los que habíamos recibido correo, repartimos entre todos lo que nos había mandado la familia. Yo partí dos barras de turrón en 36 trocitos y el teniente Robles –un madrileño que era abogado- también partió lo suyo.

Y no quedó allí la cosa, pues la familia de la casa sacó unas botellas de vino muy viejo que hacían temblar.

El banquete se regó con un vino de Cariñena guardado en unos botos de piel de cabra. Recuerdo que los vascos sólo hicieron que beber. No hicieron otra cosa.

La consecuencia es que, de los 29 soldados, todos menos yo acabaron borrachos como cubas, largos en el suelo, soñando o durmiendo.

Así estaba, contemplando aquel panorama, cuando llega el teniente Tomé y me dice que cuántos soldados estaban serenos. Yo le dije que, salvo yo, ninguno. Y el me dijo que con él ya éramos dos, que cogiera cuatro cubos y que se los echase por encima a los que viese menos tocados. Él, mientras tanto, se puso los dedos en la boca, tiró todo y me dijo que ya estaba sereno, que así ya estábamos bien 6, por si pasaba algo. Para calmar a los que habíamos despertado a las bravas, el teniente les dijo que aquello era normal, que en el otro lado –los de Franco- aquella noche hacían lo mismo.

Esta historia que parece sacada de La Vaquilla, termina en mayo del 2000, cuando me presenté con un amigo en las casas de Arraso y veo que la familia aún vivía allí. El amo me dijo que en el 37 su madre tenía 16 años de edad y que, gracias a Dios, todavía vivía llena de salud con una hija. Y no sólo eso, sino que, además, les había contado muchas veces la historia de lo que fue aquella Noche Buena.

Yo, a veces, he pensado que sólo faltó una misa para redondear la noche.

Estas cosas no vienen en los libros de Historia, pero ocurrían así.