Pero, ¡qué le vamos a hacer!, había descubierto que "con estas paternales diligencias, llenas de misericordia, que ni por esas se pudo hallar jamás en tiempo alguno, ni en algunos de ellos, presentes ni pasados, el fruto deseado de la bondad, sino siempre espinas de infidelidad, blasfemias, crímenes de lesa Majestad divina y humana, que son las conspiraciones y prodimentos actualmente intentados contra la persona Real, en este año y en el otro, y casi en todos los años". Por este motivo, y con autoridad del Santo Pontífice, determinó "no de mandarles quitar las vidas ni dar lugar a que se viesen correr ríos de sangre enemiga y traidora, sino mezclando la justicia con la misericordia, como es costumbre en Dios, y de sustitutos suyos en la tierra, desterrarlos para siempre por sentencia y edicto público, de toda España, y tierras y estados suyos", so pena de muerte. En un exceso de bondad, les concedió que "para su camino sacasen el precio de todos sus bienes muebles y les guió con su autoridad Real, hasta ponerlos fuera de los mojones del sus Reinos y señoríos, para que nadie en ellos se atreviese (aún conociéndoles por tan perros descreídos) a hacerles afrenta, injuria ni vejación alguna, ni por obra ni de palabra. Así que mandó arrancar de raíz tan malas plantas infructuosas, de amargos y mortales efectos, indignos de tanto favor, y de ocupar tan santa y fructuosa tierra".
"Comienzan a salir, ejecutando su merecido destierro, el año de 1609, por el mes de octubre, los del Reino apacible de Valencia. Prosiguen la salida los de Aragón, Cataluña y Castilla, el año 1610, y se remató por último escombro en este año, de 1611, por lo que [España] habrá quedado bajo color de Cristiandad, como consta por última publicación del edicto definitivo de su Majestad, el cual vi publicar en la ciudad de Zaragoza, a 12 de mayo del presente de 1611. Y después también me hallé presente cuando lo publicaron en la ciudad de Huesca, a 15 de junio del mismo año. Salieron los más de ellos por mar, embarcándoles en los Alfaques, y para este efecto presidía con grandes poderes de su Majestad, un famoso caballero anciano, llamado Don Agustín Mexía, Maese de Campo, General de España, y del Consejo de Guerra de su Majestad, a quienes los moriscos decían el Mecedor porque venía a removerlos. Los demás que eran los menos, salieron por tierra, por estas partes de Jaca y de Navarra, y algunos millares por las montañas de Jaca. ¿Qué hombre habrá ahora tan capaz que pueda bien contar lo que los ojos vieron? ¿Qué lengua podrá narrar, qué juicio podrá bien ponderar, las cosas tan memorables como aquí se ofrecieron? Ninguno; más quiero relatar algunas aunque sea cortamente".
En el capítulo 2 del libro, Aznar Cardona trata precisamente "del modo como salieron los moriscos a cumplir su destierro y del número de los que salieron, y murieron no por respeto de Cristo, sino por sus bienes". La descripción pone los pelos de punta:
"Salieron, pues, los desventurados moriscos en los días señalados por los ministros Reales, en orden de procesión desordenada, mezclados los de a pie con los de a caballo, yendo unos entre otros, reventando de dolor y de lágrimas, llevando gran estruendo y confuso vocerío, cargados de sus hijos y mujeres, y de sus enfermos, y de sus viejos y niños, llenos de polvo, sudando y jadeando, los unos en carros, apretados allí con sus personas, alhajas y baratijas; otros en cabalgaduras con extrañas invenciones y posturas rústicas, en sillones, albardones, espuertas, aguaderas, rodeados de alforjas, botijas, cestillas, ropas, sayos, camisas, lienzos, manteles, pedazos de cáñamo, piezas de lino, con otras cosas semejantes, cada cual con lo que tenía. Unos iban a pie, rotos, mal vestidos, calzados con una esparteña y un zapato, otros con sus capas al cuello, otros con sus fardelillos, y otros con diversos envoltorios y líos, todos saludando a los que les miraban o encontraban, diciéndoles: "el Señor les guarde", "Señores queden con Dios". Entre los sobredichos de los carros y cabalgaduras (todo alquilado, porque no podían sacar ni llevar sino lo que pudiesen de sus personas, como eran sus vestidos, y el dinero de los bienes muebles que hubiesen vendido) iban de cuando en cuando (de algunos moros ricos) muchas mujeres hechas unas devanaderas, con diversas patenillas de plata en los pechos, colgadas de los cuellos, con gargantillas, collares, arracadas, manillas, corales, y con mil gaiterías, y colores, con sus trajes y ropas, con que disimulaban algo el dolor del corazón. Los otros que eran más sin comparación, iban a pie, cansados, doloridos, perdidos, fatigados, tristes, confusos, corridos, rabiosos, corrompidos, enojados, aburridos, sedientos y hambrientos; tanto, que por justo castigo del cielo no se veían hartos, ni satisfechos, ni les bastaba el pan de los lugares, ni el agua de las fuentes con ser tierra tan abundante y con darles el pan sin límite con su dinero. En fin, así los de a caballo (no obstante sus tristes galas) como los de a pie, padecieron en los principios de su destierro trabajos insoportables, grandísimas amarguras, dolores y sentimientos agudos en el cuerpo y en el alma, muriendo muchos de pura aflicción, pagando el agua y la sombra por el camino, por ser en tiempo de estío cuando salían los desdichados. Y más adelante, salidos ya de los señoríos de nuestro Católico Rey, perecieron en pocos días, aquejados de mil duras pesadumbres y oprimidos de otras inevitables necesidades, según ha llegado a mi noticia, más de 60.000. Unos por esos mares hacia Oriente y Poniente; otros por esos montes, caminos y despoblados, y otros a manos de sus amigos los Alarbes [árabes] en esas costas de Berberia, cuyos cuerpos han servido para henchir los buches desaforados de las bestias marinas y los estómagos de los animales cuadrúpedos y fieras alimañas de la tierra, sin hacer más cuenta de ellos que del estiércol de la calle. ¿No ves el desastroso fin de los malos? Pues por ahí sacarás la victoria de los buenos". Sin palabras.
Los moriscos de Naval no figuran en la relación de embarcados en los Alfaques no entre los que fueron expulsados por Navarra o Somport. Este hecho ha llevado a especular si lograron evitar la expulsión gracias a la mediación del Obispo de Barbastro, a la evasión, a dedicarse a oficios como la arriería (que tan bien conocían) sin una base fija o a cualquier otro procedimiento. La idea es atractiva pero parece poco probable y, de hecho, diversos autores coinciden en el carácter radical de la expulsión de los moriscos aragoneses. En 1618, con motivo de la detención en Borja de dos moriscas que habían regresado a sus hogares, el vicecanciller informa al rey que el reino de Aragón "es el que más limpio se halla en España desta semilla y no se sabe que aya en él más que estas dos moriscas" (ACA, CA, 221, VI, 7).
Las consecuencias de la expulsión fueron graves y afectaron fundamentalmente a los dos reinos que pierden más población: Valencia y Aragón. En estas zonas, la expulsión tuvo unos efectos despobladores que duró décadas y causó un vacío importante en el artesanado, producción de telas, comercio y trabajadores del campo. Conviene tener en cuenta que la población morisca era una parte importante de la masa trabajadora, pues no constituían nobles, hidalgos, soldados ni sacerdotes. Los grandes señores, perjudicados por la expulsión de un contingente importante de su mano de obra, encuentran una compensación con la incorporación de las tierras confiscadas a los moriscos pero parte de la burguesía se arruina, puesto que vio suspendido el pago de rentas por los créditos (los censales) concedidos a los moriscos. En este sentido, resulta ilustrativa la comunicación que hace el virrey de Aragón a Felipe III el 22 de junio de 1610 (ACA, CA, 221, II, 18):
"Los señores de vasallos son los que más pierden [con la expulsión] con mucha voluntad, y aunque en esto no se ofrecen dificultades, las ay muy grandes y comiençan ya a inquietarse los ánimos de todos en la paga de los censales que están cargados sobre lugares de moriscos, porque el señor que tenia veynte mil ducados de renta pierde los diez y seis, y no quedándole sino quatro mil, paga de censales doze mil cada año (...). Los censalistas quieren cobrar por entero, los señores de vasallos no pueden pagarles y les a de quedar algo que comer, véense obligados a lo imposible y que an de ser vexados y executados de sus acreedores, no sólo en las haziendas si no en las personas, procurando ponerles en la cárcel, de donde no saldrán jamás porque no tienen de qué pagar, están deseperados y afligidos, y los censalistas poco menos porque pierden sus haziendas, que si los señores no tienen nada, ni ellos lo tendrán. De las necesidades de los unos y de los otros nacen grandes disturbios y enemistades, y si no se toma algún buen remedio y assiento en lo que toca a los censales, no sólo quedará este reyno destruydo y todos son haziendas, pero se perderá y revolverá, y se pondrán en armas unos contra otros, porque los censalistas son muchos sin tener otra cosa de que sustentarse más que de sus censales y executarán con rigor".
Finalmente, gran parte de los campesinos cristianos vieron con impotencia cómo las tierras que habían pertenecido a los moriscos pasaron a manos de la nobleza, la cual pretendía que el campesinado las explotase a cambio de unos alquileres y condiciones abusivas para recuperar sus "pérdidas" a corto plazo.
La expulsión de 55 familias de Naval se tuvo que notar, forzosamente, en las actividades que, hasta ese momento, habían sido típicamente moriscas, como la alfarería, la arriería o la producción salinera. Dada la importancia histórica de este acontecimiento, sobre el que aún hay muchos aspectos oscuros o controvertidos, su impacto directo sobre los arrieros de Naval se abordará en otro capítulo. En 1634, y tras varios años de crisis en la producción y comercialización de la sal, la villa de Naval adquiere al señor temporal las salinas que habían pertenecido a los moriscos por un precio de 15.000 sueldos. Posteriormente, la villa gana la posesión de las salinas sobre la base de una concordia o convenio que, según Francisco de Torres, era apócrifo. De este modo, los dueños estaban obligados a vender toda la producción al Concejo de Naval al precio de un sueldo por fanega mientras que el municipio lo revendía a tres sueldos por fanega. Finalmente, el cabildo de Naval adquirió una participación en el proindiviso de las salinas por un importe de 600 escudos, origen de las acciones que todavía posee la parroquia (Fuster, 1987).
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