Campesinos y política a ambos lados de los Pirineos.

El Mundo de otro tiempo.

En 1844 afirmaba Balzac "No hace falta ir a América para ver salvajes" diciendo con ello que se podían ver en muchas zonas de Francia, como los Pirineos o las Landas, zona temida por los peregrinos, quienes, en algunos de sus escritos afirmaban que era peor que el desierto, puesto que no tenían ni agua potable, y vivían "con dos o tres siglos de retraso", sin medios de transporte ni apenas comunicaciones. En este sentido, los prejuicios hacia el mundo rural desde las clases altas eran algo absolutamente generalizado tanto en Francia como en España. Los campesinos eran tildados de prácticamente animales, así como de bárbaros, supersticiosos, sucios e ineptos, por lo que la idea civilización del siglo XIX era algo fundamentalmente urbano.

Hasta los últimos decenios de siglo, la miseria campesina fue algo habitual. La mayoría dormía en lechos de paja y no contaban con camas ni mesas en sus domicilios, y hasta fechas avanzadas desconocían muchas de las nuevas técnicas agrícolas. También el miedo era algo común, como muestran algunos de los cuentos de la época, en los que se aprecian sueños por salir de esas condiciones, aunque por otro lado dan la sensación de un "pesimismo estoico", que refleja la aceptación con resignación de un orden eterno, algo que cambiaría a principios del siglo XX, cuando quedará claro que habían aprendido a exigir. De cualquier modo, el verdadero miedo era aquel causado por el hambre, que era la verdadera amenaza, algo variante según las zonas.

Piedra de OrdovésAlgo habitual en este mundo era la pervivencia de creencias populares como las brujas y supersticiones, lo que se aplicaba también a los cultivos y ganados, así como la existencia de espíritus locales o males de ojo. Con el paso del tiempo, la iglesia católica se vio obligada a adaptar estas creencias a su credo, lo que generó rogativas para las lluvias, "desconjuraderos cristianizados", o "piedras milagrosas", algo habitual en muchas zonas del Pirineo Aragonés, como pueda ser la famosa "piedra de Ordovés", todavía hoy utilizada como antídoto para personas y animales.

En este sentido, la mayor parte de la población campesina vivía en micromundos aislados y autosuficientes, temerosos de lo que venía de fuera. Esto explica que algunas poblaciones fueran contrarias a la construcción de carreteras y ferrocarriles, factores fundamentales para la transformación. En el caso de los Pirineos, tanto franceses como españoles, cada valle era un microcosmos, y estaba bastante generalizada la repulsión a la ciudad, de modo que todo lo ajeno a dicha comunidad era considerado extranjero, y por tanto digno de desconfianza. De este modo, las intrusiones de la ley en el mundo campesino no eran vistas con buenos ojos, algo confirmado por un conocido proverbio popular que rezaba "libéranos señor del mal y de la justicia". Una justicia conocida solamente como una mera imposición de tasas e instrumentos de coerción que privaban de realizar actividades tradicionales como la caza o el uso ilegal de los bosques. De cualquier modo, la ley, no sin dificultades, consiguió eliminar progresivamente algunas de estas pervivencias tradicionales.

En toda la provincia de Huesca, los conflictos sociales más habituales en el mundo rural a finales del XIX y principios del XX, fueron precisamente los relacionados con el bosque y los comunales. Cabe destacar que estos fueron más numerosos en las zonas más aisladas, donde predominaba la pequeña e ínfima propiedad, y se practicaba una economía de autoabastecimiento, ya que para estos el bosque era un complemento imprescindible para garantizar la supervivencia.

Más de un tercio de la población francesa no sabía francés a la altura de 1870, pero la acción del estado contra los particularismos locales fue drástica a diferencia de España, donde, además de las diferentes lenguas regionales, algunos dialectos de pequeñas comunidades han pervivido hasta nuestros días. La eliminación de los particularismos hizo de Francia probablemente la unidad política más fuerte y compacta del mundo, ya que en los tiempos de la III República (1870-1940), se podía empezar a hablar de "una nación, una patria, un pueblo, una lengua y un gobierno", como una supuesta manifestación de la "voluntad general". Caso diferente sería el de España, donde el estado no tuvo una fortaleza equiparable al del otro lado de los Pirineos.

hogarEl hambre fue algo común entre el campesinado tanto francés como español en el siglo XIX, lo que hizo peligrar en ocasiones incluso su subsistencia. El consumo de carne y de vino era escaso. Con excepciones en fiestas o días señalados, a menudo se comía únicamente sopas aliñadas con productos de la tierra. Lo que garantizó la supervivencia campesina en muchísimos casos fue la patata, introducida en el pirineo aragonés en el siglo XVIII, dando lugar a la especialización de algunos valles en este cultivo como el de Benasque o el Sobremonte.

Afirma Eugen Weber que hasta la Revolución Francesa (1789) el gran problema había sido la subsistencia, mientras que desde 1840 sería el hábitat, es decir, la progresiva mejora de las condiciones de vida. La insalubridad había sido algo generalizado, ni siquiera había agua potable en muchos pueblos, y la higiene era prácticamente inexistente. En muchos casos, las viviendas apenas estaban divididas en habitaciones y algunas no tenían ni ventanas, por lo que eran húmedas y oscuras. En estas situaciones, las casas de dos plantas supondrían notables mejoras higiénicas, puesto que antes el espacio era compartido por hombres y animales, e incluso comían casi lo mismo. También en los últimos años de siglo aumentaron los inventarios domésticos. Sería durante el periodo de entreguerras cuando llegara la luz eléctrica, completando la generalización del gusto por la limpieza y la comodidad.

La célula social básica era la familia, y el matrimonio constituía una de las grandes fiestas sociales, además de ser una combinación de intereses, como vínculos económicos a través de contactos entre familias. La situación de las mujeres era prácticamente la de "animales de trabajo", y los proverbios populares dejan claro la decepción que suponía tener una hija. El hecho de tener hijos también está determinado por la condición social de la familia. Para quien tenía tierra propia, los hijos eran como una inversión ya que estaban destinados a convertirse en fuerza de trabajo, mientras que para campesinos sin tierra eran solo otra boca que alimentar, como ocurría con las familias burguesas que solían tener un solo hijo destinado a convertirse en heredero.

LOS FACTORES DEL CAMBIO

Uno de los factores clave para acabar con el aislamiento de las comunidades rurales e integrarlas en la política nacional fue la construcción de carreteras y ferrocarriles, trabajo que empezó a ser una realidad en la segunda mitad del XIX, acabando así con el aislamiento de muchas comunidades campesinas, aunque esto respondía más bien a las necesidades de los grandes capitalistas y las élites locales, ya que supondrían grandes ventajas para las industrias y el comercio.

El cambio cultural sería notable. De hecho, los localismos pervivieron más en las zonas incomunicadas, tanto en un sentido social como económico, puesto que quedaban fuera del mercado nacional, y por tanto continuaron con un modelo económico de autoabastecimiento.

Donde crecieron con fuerza las comunicaciones y el transporte de mercancías, evidentemente los campesinos no pudieron competir con la mercancía de fuera, por lo que acabaron convirtiéndose en mano de obra asalariada. Un claro ejemplo de la quiebra del aislamiento a raíz de las mejores comunicaciones lo encontramos a partir de la instalación del ferrocarril en Sabiñánigo en 1893, lo que provocó la implantación de industrias que dieron lugar un éxodo de grandes dimensiones en todo el entorno rural circundante, provocando una aceleración en la quiebra de las formas de vida tradicionales, lo que también hizo desaparecer oficios antiguos y actividades tradicionales en general. Por otro lado, todo esto supuso la aparición en determinadas poblaciones de novedades como el correo, nuevos alimentos o instrumentos de todo tipo.

En cuanto al proceso de participación política de los campesinos fue muy lento en muchas zonas, donde las formas de vida tradicionales resistieron más tiempo. Una de las complejidades de esta transformación reside en el difícil traspaso de los intereses locales a los nacionales, lo que supondría el paso de la indiferencia a la participación política, y por lo tanto la conciencia de ser parte de la nación, para lo cual es necesaria la percepción de que lo que pasa en la gran entidad política afecta de cerca, y en algunos casos aportó mejoras en la vida de los campesinos, dado que hasta entonces el estado era conocido más bien como un recaudador de impuestos y garante del orden público.

En un sentido aplicable a Francia y a España, se puede considerar que lejos de ser tan inmóvil como aparenta, el sector agrario se adapta desde sus estructuras tradicionales a los cambios introducidos por el liberalismo, intensificando sus relaciones con el mercado, pero eso sí, tratando con ello de asegurar la supervivencia de la comunidad campesina como tal.

Inauguración de la Vía apartadero de E.I.A.S.A. - Colección Julio Gavín, 1929. Archivo Amigos de SerrabloDe todas formas, hay que destacar la práctica inexistencia de partidos políticos en el mundo rural a estas alturas, ya que los intereses inmediatos harían que la clave de la política fueran las relaciones clientelares, algo favorecido en la España del régimen de la Restauración por los distritos electorales uninominales. El cambio de la configuración poblacional a través de la concentración de la población sería lo que haría cambiar las percepciones, y por tanto los comportamientos políticos. Esto sí que aumentaría verdaderamente la participación en la vida política, ya que la existencia de alternativas crearía mayores expectativas, causa y efecto al mismo tiempo de una mayor complejidad social. De este modo, la unidad de la nación sería una realidad a raíz de la conciencia de problemas sociales y económicos, y la implicación en los mismos debido al aumento del nivel de vida y al cambio social del último cuarto del siglo XIX en Francia, y algunas décadas más tarde en España.

El instrumento quizás más importante para dicha "francesización" fue la escuela. De hecho, los maestros eran claves para difundir el mensaje republicano de un nuevo mundo superior, bienestar y democracia, papel que también se les otorgó en la II República Española. A lo largo del siglo XIX, los cambios sociales habían hecho que la escuela fuese considerada como algo útil. Hasta entonces la escuela tenía un carácter mucho más religioso que nacionalizador, y en ella se aprendía el catequismo y poco más.

Esta situación era ya bien diferente en Francia hacia 1870, cuando sólo una quinta parte de los niños no recibía instrucción, y en 1882, se decretó obligatorio asistir a la escuela con frecuencia. En estos años todavía había mucho analfabetismo, pero eran sobre todo personas mayores las que desconocían la lengua oficial, por lo que el cambio generacional iría convirtiendo cada vez más al francés en la lengua materna de las nuevas generaciones. Sin embargo, en España ningún régimen político mostró un claro afán escolarizador hasta la II República, pero su evolución se vería truncada en 1936 por razones de sobra conocidas.

En la Francia de la III República, parece estar claro que conforme disminuía el aislamiento campesino, también lo hacía la práctica religiosa. El clero fue perdiendo cada vez más simpatías, y la mofa anticlerical adquirió unas dimensiones enormes, a lo que se añadía su mala situación económica, al haber perdido las subvenciones estatales. La dedicación a los negocios por algunos de ellos hizo que en muchos casos se expresaran los antagonismos económicos y de clase en términos religiosos. De este modo, y con bastantes paralelismos con la II República Española, el conflicto entre clericalismo y anticlericalismo ocupó un espacio relevante en el ámbito público. Sea como fuere, la devoción religiosa disminuyó drásticamente en el último cuarto de siglo, como también lo hizo el número de clérigos, sobre todo desde la separación de la iglesia y el estado, que dejaba la religión para el ámbito de lo privado, aunque trataría de resurgir a través de la creación de asociaciones y partidos políticos de carácter católico, otro punto de paralelismo con la España de los años treinta, donde los afanes secularizadores de la República hicieron reaccionar a los sectores católicos conservadores, lo que llevó a la creación de un partido político católico de masas: la CEDA.

CAMBIO Y ASIMILACIÓN

La Fiesta del Árbol. - Colección Ana María Bielsa, 1924. Archivo Amigos de SerrabloEn el medio rural eran muy habituales las fiestas populares, generalmente de origen religioso en las que se veneraba a santos locales o se celebraban los ritos vitales. Estas fiestas tenían, ante todo, un carácter de convivencia, en ellas se comía y bebía como no se hacía habitualmente. A lo largo del siglo XIX en Francia, y a diferencia de España, las fiestas adquirieron un carácter cada vez más nacional, sobre todo conmemoraciones de la Revolución, u otras festividades civiles, lo que haría perder terreno a las manifestaciones religiosas y a tradiciones populares, sobre todo aquellas que reflejaban el calendario tradicional de los trabajos agrícolas.

Las ferias y mercados, como se ha dicho, eran fundamentales para la antigua economía, así como para las propias relaciones sociales. La mejora de las redes comerciales en la segunda mitad de siglo, también aumentó tanto la calidad como la cantidad de los productos. La mayoría de pequeñas ciudades o pueblos grandes organizaban ferias periódicamente y mercados semanales, sobre todo desde que, debido a la mejora de las vías de comunicación, era más fácil acudir a ellas desde muchos más pueblos. Estas ferias y mercados también desempeñarían una importante función social, puesto que en ellas se intercambiaban opiniones y noticias, y éstas a su vez creaban una mayor conciencia de la política, así como contacto con el mundo exterior, muy directo en un radio de unos 50 kilómetros. Un claro ejemplo de pueblo de tamaño medio con esta función era Biescas, ya que su propia dimensión en relación a su entorno rural, su situación geográfica, y su carácter artesanal, la convirtieron en un lugar donde se organizaban asiduamente ferias y mercados a los que asistían los habitantes de todo el entorno, tanto para comprar utensilios necesarios como para vender sus productos, por lo que se trataba de un lugar de reunión, susceptible de contactos culturales y difusión de la política, que a partir de allí sería transmitida a las pequeñas comunidades.

Otro de los elementos culturales de importancia en la vida campesina era la música y el baile, principal actividad de diversión y muestra de los estados de ánimo, además de ser otra magnífica vía de transmisión de experiencias cotidianas e influencias culturales. Resulta curioso, como los músicos de Acumuer, en la primera mitad del siglo XX incorporaban a su repertorio una variada gama de estilos de diferentes partes del mundo, entre los que se incluía el Swing, presente poco tiempo después de que se popularizara en Estados Unidos, sobre los años cuarenta. En medio de este proceso de transformación, resulta significativo que a muchas canciones populares se les cambió la letra en este siglo para darles un trasfondo patriótico, sustituyendo el dialecto por el francés, o en su caso el castellano. También se difundieron mucho las canciones patrióticas del ejército, sobre todo en tiempo de guerra, tiempo privilegiado para hacer calar el discurso nacional. Por otro lado, instrumentos populares como el acordeón fueron muy extendidos en el medio rural, y los músicos tendían a aprender más el folclore oficial que el popular. Es el caso de la Marsellesa, que comenzó a ser muy conocida por toda Francia, a través de los músicos, pero también de la escuela y del ejército, lo que también sucedió con bailes tradicionales de otros lugares como las polkas, valses o tangos, que se difundieron por todo el territorio, tanto francés como español.

El impacto de la lectura sobre la gente común resulta especialmente problemático de tratar, ya que, aunque mucha gente tenía acceso, no todos sabían leer, pero bien es cierto que para ello existían interlocutores. Los periódicos ocuparon el primer lugar entre lo escrito sólo a partir de 1880. Curiosamente, coincide con la creación del primer periódico en Jaca, "El Pirineo Aragonés", fundado en 1882. En Francia el más difundido por esta época fue "Le Petit Journal", presente desde 1860, que estaría cada vez más presente en la sociedad, hasta estarlo en casi todos los pueblos a principios del siglo XX.

Con todo este proceso, asistimos a lo que Eugen Weber llama una "crisis de civilización" en el último cuarto del siglo XIX en Francia, o dicho de otro modo, a una "continuidad interrumpida", puesto que se trata de la decadencia de la sociedad tradicional, ya que muchas formas sociales originales desaparecieron sin ser sustituidas por otras.

En alguna medida, esto responde a intereses políticos de nacionalizar a la sociedad, ya que la mayoría de los símbolos y fiestas religiosas o locales fueron sustituidos por el imaginario nacional francés, o en su caso español. En Francia, tuvo gran importancia la Gran Guerra, ya que, supondría un antes y un después en el imaginario colectivo, tratándose de una fractura cruenta en la que se puede decir que se le dio el tiro de gracia al mundo tradicional. De hecho, tras la guerra, muchas costumbres habituales pocos años antes serían consideradas anacrónicas. La especificidad hispánica, por tanto, residiría en el hecho de la ausencia de la guerra como elemento nacionalizador, dada la neutralidad española en las dos grandes contiendas mundiales. El punto de ruptura radical hemos de situarlo en la Guerra Civil Española, pero, evidentemente el final de ésta supondría una evolución histórica bien diferente a la de la mayoría de países europeos.

En definitiva, como consecuencia de todo este proceso, los hábitos sociales campesinos acabaron desapareciendo. De cualquier modo, la integración de muchas zonas fue algo lento y tardío, tanto para sus habitantes como para el estado, pero de todas formas acabaría llegando el desvanecimiento de las culturas locales. En este sentido, el desarrollo supondría ventajas materiales, y la modernización un cambio en los medios de producción y los estilos de vida, o lo que es lo mismo, una homogeneización cultural que sería posible solo tras una integración económica, con lo que las formas de vida tradicionales desaparecieron definitivamente, proceso que, por diferentes razones, en España se prolongaría hasta los años sesenta y setenta, con la última y definitiva oleada migratoria masiva del campo a la ciudad.

BIBLIOGRAFÍA

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Casa Tomás de Latre -  Fotografía cedida por Carlos Aso