El siglo XVII iba a comenzar de una forma traumática para Naval, como consecuencia de una serie de acontecimientos que comenzaron más de un siglo atrás en lugares bastante alejados de la villa oscense y que, brevemente, relataremos a continuación.
Así, en 1491 Boabdil, el último rey nazarí, capitula ante los Reyes Católicos con los que, entre otras cosas, acuerda: "que los moros podrán mantener su religión y sus propiedades. Que los moros serán juzgados por sus jueces bajo su ley, que no llevarán identificáis que delaten que son moros como las capas que llevan los judíos. Que no pagarán más tributo a los reyes cristianos que el que pagaban a los moros. Que podrán conservar todas sus armas salvo las municiones de pólvora. Que se respetará y no se tratará como renegado a ningún cristiano que se haya vuelto moro. Que los reyes sólo pondrán de gobernantes gente que trate con respeto y amor a los moros y si estos faltasen en algo serían inmediatamente sustituidos y castigados. Que los moros tendrán derecho a gestionar su educación y la de sus hijos". De esta manera, los vencedores castellanos y aragoneses garantizaban a los musulmanes granadinos la preservación de su lengua, religión y costumbres.
Aunque durante la primera mitad del siglo XVI hubo cierta tolerancia, las autoridades reprobaban esta fidelidad al Islam que combatía mediante la Inquisición, al tiempo que esperaba la progresiva conversión "espontánea" de esta parte de la población. Las presiones para las conversiones se fueron incrementando paulatinamente lo que, entre otros factores, provocó una serie de levantamientos populares en Granada y zonas vecinas ("el levantamiento de las Alpujarras") al que se respondió con una fuerte opresión militar de la mano del Conde Tendilla. Sofocados los levantamientos, Tendilla pidió "pasar por cuchillo a todos los moros que habían participado en las revueltas", a lo que el rey Fernando le contestó: "Cuando vuestro caballo hace alguna desgracia no echáis mano de la espada para matarle, antes le dais una palmada en las ancas, y le echáis la capa sobre los ojos; pues mi voto y el de la Reina es que estos moros se bauticen, y si ellos no fueron cristianos, lo serán sus hijos o sus nietos".
Con la excusa de este levantamiento, los reyes afirmaron que los musulmanes habían roto el pacto de 1491 y, realmente, aprovecharon para romperlo ellos. En este sentido, dictaron la Pragmática de 14 de febrero de 1502, que ordenaba la conversión (o, en caso negativo, la expulsión) de todos los musulmanes, exceptuando a los varones de menos de 14 años y las niñas menores de 12, antes de abril del citado año. También se exceptuaron los del Reino de Aragón (independientemente de su edad) ante la presión de los señores del citado Reino que adivinaban las consecuencias económicas que tal medida les podía acarrear. Pero, en la práctica, los mudéjares de toda España tuvieron que ir a las iglesias a bautizarse para evitar el exilio. A partir de esta conversión forzada, los mudéjares dejaron oficialmente de serlo, ya que estaban bautizados y se les llamaba moriscos, expresión que en esta época tenía un matiz claramente peyorativo.
Durante el reinado de Carlos V, la corona adoptó una posición flexible con ellos y les permitió que conservaran sus usos y costumbres. De hecho, la mayor parte de ellos, mantuvieron también su lengua y su antigua religión. Las Cortes de Monzón del año 1528 acordaron una serie de disposiciones favorables a los moriscos, de acuerdo con los deseos de muchos nobles y señores de la Corona de Aragón. Conviene recordar que, ya en tiempos de Jaime I, la compilación de fueros de Vidal Cañellas (Obispo de Huesca) inauguró una era de tolerancia y fraternidad, "que si tímida al principio, había de acabar en franca y decidida protección hacia los que daban elocuentes muestras de ser fieles vasallos" (Macho, 1923). Los sucesivos reyes de Aragón siguieron la senda trazada y concedieron toda una serie de privilegios a sus vasallos mudéjares. De esta forma, los moriscos lograron mantenerse hasta finales del siglo XV como una comunidad propia sin integrarse en la sociedad cristiana de su tiempo, lo que generaba grandes recelos. Baste, como ejemplo, la visión que un historiador coetáneo, Luís del Mármol Carvajal, tenía sobre los moriscos:
"...y si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes, en lo interior aborrecían el yugo de la religión cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común, y en particular hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su maldad, se hacían rudos e ignorantes en la virtud y la doctrina. Si iban a oír misa los domingos y días de fiesta, era por cumplimiento y porque los curas y beneficiados no los penasen por ello. Jamás hallaban pecado mortal, ni decían verdad en las confesiones. Los viernes guardaban y se lavaban, y hacían la zalá en sus casas a puerta cerrada, y los domingos y días de fiesta se encerraban a trabajar. Cuando habían baptizado algunas criaturas, las lavaban secretamente con agua caliente para quitarles la crisma y el oleo santo, y hacían sus ceremonias de retajarlas, y les ponían nombres de moros; las novias, que los curas les hacían llevar con vestidos de cristianas para recibir las bendiciones de la Iglesia, las desnudaban en yendo a sus casas y vistiéndolas como moras, hacían sus bodas a la morisca con instrumentos y manjares de moros... ".
En 1566, Felipe II prohibió el uso de la lengua árabe, de trajes y ceremonias de origen musulmán, lo que provocó nuevas rebeliones y deportaciones. Durante la segunda mitad del siglo XVI hubo varias ocasiones en las que se pensó en decretar su expulsión, pero la medida se fue posponiendo debido a las presiones de la nobleza aragonesa y valenciana, precisamente los territorios en los que su número era mayor. No obstante, los moriscos se convirtieron en objeto de toda clase de sospechas. A pesar de que la opinión pública acerca de los moriscos se encontraba muy dividida entre aquellos que consideraban que eran buenos profesionales y que se les debía seguir tolerando con su religión y costumbres, aquellos que consideraban que se debía dar tiempo a su cristianización y aquellos que proponían expulsarlos, fue tomando cada vez mayor peso la opinión de que esta minoría religiosa constituía un verdadero problema de seguridad nacional. Los moriscos empezaron a ser considerados una quinta columna de las numerosas incursiones de piratas berberiscos y potenciales aliados de turcos y hugonotes franceses. El inicio en 1585 de la guerra entre los moriscos de Codo, Pina y alrededores y los montañeses del valle de Tena y Serrablo, en la que los primeros contaron con el apoyo de sus señores y de los bearneses tampoco (Melón y Ruíz de Gordejuela, 1917) acrecentó los recelos. Tal es así que, tres años después, el rey convocó una junta extraordinaria en El Pardo para analizar los problemas planteados por los moriscos aragoneses. En el informe se incluye la siguiente reflexión: "Considerando el gran número de moriscos, que están muy armados, viven en su errada y perversa secta, tienen inteligencia con los turcos y herejes, y no pudiendo esperar de ellos sino una conmoción y rebelión, parece que es necesario y casi forzoso desarmarlos" (Reglá, 1974; ACA, CA, 221, IV, 21)
Finalmente, Felipe III decretó la expulsión en 1609 que, en los territorios de la antigua Corona de Aragón, se iniciaría con los moriscos valencianos. Se estima que en esa fecha, la población morisca estaba constituida por entre 275.000 y 325.000 personas en un país de unos 8,5 millones de habitantes. Estaban concentrados en los reinos de Aragón, donde constituían aproximadamente un 20% de la población, y de Valencia, donde representaban un 33% del total de habitantes. El 25 de noviembre de 1609, el Consejo de Aragón comunica a Felipe III la toma de posesión del nuevo virrey don Gastón de Moncada, marqués de Aytona y añade que los moriscos están muy excitados temiendo lo que les va a ocurrir y que los diputados quieren enviar una embajada a la corte "a representar el daño irreparable del dicho reyno si se sacan los moriscos del" y que, si no hay más alternativa que la expulsión, que está sea organizada por los propios señores de los moriscos (ACA, CA, 221, III, 2). La embajada no obtuvo ningún resultado (Boronat, 1901). El estado de ánimo de los moriscos aragoneses se puede deducir de un informe del virrey a Felipe III fechado en Zaragoza el 11 de diciembre de 1609 (ACA, CA, 221, IV, 6): "Los moriscos deste reyno estan muy temerosos de que se a de hazer con ellos lo que se ha hecho con los del reyno de Valencia, venden quanto pueden y no quieren cultivar la tierra, pareciendoles que no an de gozar el fruto de su trabajo. Los cristianos viejos les maltratan y les dan ocasión a que se pierdan con esperanza de gozar sus haziendas y posesiones. Los acreedores, de temor de perder sus deudas, los executan y aprietan con estraño rigor, nadie les fia y todo esto causa grandisimo daño en este reyno".
Felipe III firma la orden de expulsión de los moriscos aragoneses el 18 de abril de 1610 (ACA, CA, 221, II, 17), decisión que, según el censo encargado por el marqués de Aytona, afectaba a 14.109 casas y 70.545 personas (se calculó a cinco personas por casa). Se les permitía llevarse todo aquello que pudieran, pero sus casas y tierras pasarían a manos de sus señores, so pena de muerte en caso de quema o destrucción antes de la transferencia. La población morisca aragonesa se concentraba especialmente en las comarcas del Bajo Cinca, Caspe, Alcañiz-Calanda, Pina-Sástago e Híjar, con numerosos pueblos en los que prácticamente toda la población era morisca (Calanda: 1.905 moriscos; Gelsa 1.655; Puebla de Híjar 2.035, Urrea de Híjar 2.005; Sástago 850;...), y en la de Barbastro, donde existían algunos pueblos de mayoría cristiana pero con una comunidad morisca más o menos importante. Dentro de esta última comarca (la única ubicada en el Alto Aragón), la localidad con mayor población morisca seguía siendo, con gran diferencia, Naval. Según los documentos oficiales, las cifras de moriscos de la comarca de Barbastro eran las siguientes: Naval 275, Pueyo 80, Ripolí 65, Barbastro 15 y Enate 15, mientras que no aparecen en Monzón, Binéfar, Binaced, Alfantega y tantas otras localidades vecinas.
Cinco días más tarde de la orden, el vicecanciller de Aragón apremia al rey para que se haga efectiva lo antes posible (ACA, CA, 221, II, 11): "los inconvenientes que se pueden seguir de la dilación estando el verano adelante y la cosecha tan cerca que ni ellos la levantaran por haber dexado el trabajo no se les permitira, assi por los señores como por los acreedores, i la miseria que que han sacado de los bienes muebles que an vendido, i no teniendo que comer, como es cierto les a de faltar, es mui contigente que con la necesidad tomen ocasión de cometer diversos delitos para perturbar la paz pública y rebelarse". En este mismo sentido, y en plena fase de expulsión, el duque de Lerma envía un informe al vicecanciller de Aragón en el que se afirma que los moriscos aragoneses son los más pobres de España, ya que han malvendido sus bienes y prácticamente no pueden ya comer de ello. Entre los más pobres rige la miseria más absoluta y conviene expulsarles en bloque, lo antes posible (ACA, CA, 221, II, 11). En este mismo informe, se recoge la preocupación por el paso de "esta gente" a Francia ya que "no son buenos para vezinos de Aragón, particularmente si confinassen con las montañas de Jaca, de quien han sido tan capitales enemigos y se hallan tan ofendidos de las cosas pasadas en tiempo de Lupercio Latras [la guerra de 1585] y es gente tan vengativa como lo ha demostrado la experiencia cuando tenian armas".
En principio la expulsión de todos los moriscos aragoneses debía realizarse a través de Los Alfaques, en la desembocadura del Ebro. Sin embargo, teniendo en cuenta que inicialmente los navíos concentrados en dicho punto "son menester para los moriscos de Cataluña, que son los primeros siguiendo la orden de V.M., se començara en este reyno esta expulsión por los que an de ir por tierra", es decir, por los que se tenían que dirigir a Francia a través del Pirineo. A través de Somport pasan 12.470 personas (AGS, Estado, leg. 225, fol. 66), procedentes de la zona de Huesca (capital), del valle de Ebro por encima de Zaragoza, de los valles del Jalón y el Huerva. El último grupo pasa la frontera el 4 de septiembre (AGS, Estado, leg. 224). Previamente a la expulsión, hay constancia de que varios moriscos aragoneses habían emigrado a Francia por el Pirineo (Boronat, 1901). Resulta tentador pensar si entre ellos se podían encontrar algunos procedentes de Naval, tan acostumbrados a los pasos pirenaicos y con tantos contactos en Francia fruto de sus frecuentes viajes comerciales. O al menos, si podrían haber facilitado la migración de moriscos de otras poblaciones aragonesas. Otras 9.965 personas pasaron por los puertos navarros de Vera y de Roncesvalles (AGS, Estado, leg. 228-20). Todos los moriscos que pasaron a Francia fueron encaminados hacia el Languedoc y el puerto de Agde, donde fueron embarcados con dirección al norte de África.
No obstante, la mayor parte de los moriscos aragoneses (38.286 personas), incluyendo todos los de la provincia de Teruel, los de los pueblos de la provincia de Huesca situados al este de la capital y los de la parte oriental de la provincia de Zaragoza, fue conducida a los Alfaques, conforme al plan inicial (AGS, Estado, leg. 225). Para proceder a la evacuación, los pueblos con presencia morisca se agruparon en 35 itinerarios. Los de Naval estaban comprendidos en el 33º tránsito y se tenían que juntar con los de otros pueblos oscenses en Sariñena, seguir por Bujaraloz y Caspe hasta llegar a Maella, último lugar de Aragón. Desde allí serían conducidos a los Alfaques, puerto cercano a Tortosa. El embarque de tal cantidad de personas exigió tres meses, del 15 de junio al 16 de septiembre y se desarrolló sin el menor incidente. El 21 de agosto de 1610, don Agustín Mexía escribía desde Tortosa que "El [Dios] a sido serbido que en esta salida de los moriscos deste principado y reyno de Aragon se aya echo con tanta quietud que espanta; pienso que para Nuestra Señora de septiembre estará acabada y estubieralo mucho antes si no nos ubiera embarasado el aser que los ricos paguen por los pobres, que prometo a V.P. que a sido una pesadumbre la más grande, mas al fin se a echo lo que S. M. a mandado" (Boronat, 1901). La última frase revela una humillación más que tuvieron que sufrir los moriscos aragoneses: pagar el importe del viaje hacia el exilio forzoso. Veamos las palabras de Juan Núñez Gutiérrez, criado de Mejía, en una carta fechada el 1 de septiembre de 1610: "Mañana se aguardan en esta ciudad dos tropas [expediciones de moriscos] de Aragón que tendrán 6.000 personas; son las ultimas que an salido de alla y traen bien con que pagar su flete y servir con alguna cosa al rey, que esta diferencia ha avido de la comodidad con que se embarcava los de esse reyno [Valencia], pues se hizo la mayor parte de Hazienda real, y de los servicios que an hecho los que se an embarcado aquí, que seran mas de 40.000, se abran sacado 24.000 maravedíes" (Boronat, 1901).
El viaje de los moriscos desde sus pueblos al exilio tuvo, en la mayoría de los casos, un carácter trágico. Pedro Aznar Cardona, testigo directo de los hechos, lo plasma perfectamente en su libro "Expulsión justificada de los moriscos españoles", publicado en Huesca en 1612. con la aprobación de Fray Iuan de Yribarne, lector de Theulugia, y Guardián del Convento de Nuestro Señor Padre San Francisco de Huesca quien "vide este libro y hallo que no tiene cosa repugnante a las buenas costumbres sino santa doctrina, sana y Católica, de mucha edificación y provecho para los fieles". El autor no pretende escribir la historia de la expulsión de los moriscos sino manifestar su justicia y "responder a ciertas proposiciones heréticas y escandalosas que oí en los últimos días de su ejecución cuando sacaban a los moriscos. Entendí por ciertos cristianos, sencillos y de pocas letras, las titubaciones, y escrúpulos de dudas infieles, que había causado en sus pechos, razones y acotaciones hereticales, afirmadas con ánimo desosado, por aquellos perros removidos ya para el viaje de su merecido destierro". Para él, el género humano estaba dividido en dos bandos contrarios: uno cuyo capitán es Dios (los cristianos) y otro cuyo guía es el demonio, en el que se encuentraban los judíos y los moros. Según su opinión, el Rey Don Felipe había intentado la sincera conversión de los moriscos mediante la vigilancia de los reverendísimos obispos, que proporcionaban constante instrucción y adoctrinamiento, y "sobretodo habiéndolos estercolado, echándoles en cara el estiércol de sus pecados, prodimentos y herejías, amonestándoles con caridad en los Autos Públicos y fuera de ellos, a la enmienda y al fruto de ella".
CONTINUARÁ