Papeles de la falsa: Vivir sin dinero

Iniciamos el siglo XXI en plena euforia económica, nunca se había visto tanto dinero en los bolsillos y en las familias, era el fruto del trabajo que por todas partes abundaba, y nos rodeamos de comodidades, de muchos caprichos, conjugábamos el verbo consumir con mucha facilidad, estábamos encantados en los brazos del ‘estado del bienestar’… De repente la situación cambió, apenas tuvimos tiempo de saborear el sabroso aperitivo con que nos deleitó el inicio del nuevo milenio, los nubarrones de la crisis económica se asomaron por el lejano horizonte y rápidamente cubrieron el cielo de todos los paises. Se acabó el consumismo desaforado, llegó la hora de establecer prioridades, de apretarse el cinturón y de agudizar el ingenio para buscar soluciones, que nos ayuden a salir adelante. Seamos optimistas y positivos, ‘no hay tormenta que mil años dure’, al final de la tempestad el tiempo ‘escampa’.

¡Vivir sin dinero! Parece una broma, cuando la primera acción que todos realizamos antes de salir de casa es mirar el contenido del monedero y calcular si será suficiente para cumplir el programa previsto. No, no es ninguna broma, simplemente lo hemos sacado de contexto: hemos retrocedido en el tiempo, hasta una época no tan lejana, en los años 60 (del XX) todavía funcionaba en sentido propio y muchos fuimos testigos… Lo sentimos pero para hoy no sirve la receta, caducó la medicina, las circunstancias son otras muy distintas y el remedio debe adecuarse a la enfermedad.

Nos vamos a la España rural, cuando por todas partes se daba un tipo de economía de autoabastecimiento, de subsistencia, que nada tenía de ciencia, pero sí de arte y de práctica para adaptarse al momento. Era una economía sin dinero, basada en el trueque. Casi todo lo necesario para desenvolverse en la vida, se obtenía en el propio medio, en la misma casa: los alimentos (carne fresca y salada, embutidos, jamón, queso, leche, patatas, verduras, harina, pan, fruta, manteca, huevos), fibras animales y vegetales (lana, cáñamo, lino), combustibles (leña), madera para la construcción, etc. Los productos que no existían en los propios lugares (aceite, azúcar, pescado en salazón, arroz, vino, especias, sal y alguna tela ), se adquirían en los comercios de las poblaciones más grandes de los alrededores, como Sabiñánigo, Biescas, Broto y Fiscal, a cambio de quesos, patatas, lana, corderos o cabritos, etc., casi nunca con dinero. Aquellos comerciantes asumían perfectamente el sistema como normal y los aldeanos podían desenvolverse sin dinero, una cosa que existía, pero apenas se veía. Se fiaban los unos de los otros, no solía haber problemas de ‘solvencia’, ni de ‘liquidez’: los tenderos sabían que no peligraban los pagos, eso sí, las liquidaciones se hacían de forma periódica, acomodada al ciclo económico de los campesinos.

Entre los papeles de la falsa encontramos dos antiguas facturas que justifican lo que acabamos de decir. En ambas vemos cómo el comerciante iba anotando las ventas en las distintas fechas y las aportaciones en especie del comprador. En la 1ª, del año 1935, Mariano (mi querido abuelo), saldría desde Otal al amanecer hasta Sabiñánigo (a 6 horas de distancia), pasando por Ainielle, Berbusa, Lárrede (cruzando el Gállego por el puente de tablas), Senegüé y Aurín, con las dos caballerías cargadas en ambas direcciones, haciendo el recorrido totalmente a pie y en el día, como era la costumbre en primavera-verano. ¡Eso sí que era senderismo! En el invierno, siendo el día tan corto, hacían el regreso por Latas, donde pernoctaban. Curioseando la nota contable vemos que adquirió unas alpargatas (a buen seguro de cáñamo, procedentes de Mauleón, (Francia), anis (se tomaban una copita en ayunas, antes de iniciar algún duro trabajo, como segar), una escoba (de ‘palma’ se llamaban, para barrer las salas y habitaciones), tiradillo (un hierro especial para herraduras), tubos de teñir (tintes Iberia, especialmente el negro para los rigurosos lutos), una piedra (de afilar las guadañas)…Observamos que compró harina y ordio en dos ocasiones, delatando que la cosecha del año anterior debió ser nefasta, ‘pasaría alguna pedregada’. A cambio entregó 396 kg. de lana, valorada a 1,70 ptas./kg. El saldo resultó favorable a mi abuelo por 274,80 ptas.

La 2ª es más próxima, de 1968, el apodo de la casa y el lugar eran referencia suficiente para el comerciante de Fiscal (Capablo, transportes y fonda), a tres horas de distancia. Después de 33 años el sistema comercial seguía siendo el mismo. En este caso mis parientes se proveen de sal, la mayor parte sería para darla a los animales (lanar, cabrío y vacuno), pues era imprescindible en su proceso alimenticio: cada 15/20 días se les daba una ración, echándosela sobre unas piedras planas, llamadas salineras. También adquirieron un poco de vino para rellenar las cubas de la bodega, hasta llegar la mengua de febrero, que es cuando tradicionalmente se encubaba. Entregaron a cuenta 38 kg. de lana a 20 ptas/kg, además tuvieron que abonar 298 ptas. en metálico.

Dos muestras palpables y curiosas de la forma que funcionaba la vida diaria en otros tiempos, que no fueron ni mejores ni peores, sencillamente distintos.

Cuando los habitantes de los pueblos emigraron a los centros industriales y urbanos, el binomio dinero-monedero constituyó una de las primeras sorpresas, como nos contaba J.S.B., trasplantado con su familia a Huesca:"¡Dinero!, ¡dinero!, ¡monedero!, ¡monedero…! Ésa fue la primera y nueva realidad que descubrimos el primer día en la ciudad, la gran novedad. Hasta entonces habíamos vivido sin dinero, sólo lo veíamos cuando vendíamos los animales, que, a su vez, nos servían de moneda de cambio para adquirir las pocas cosas que no teníamos en casa. El monedero era una de las cosas que solíamos comprar en las ferias, a los famosos charlatanes, porque era uno de los trofeos que los mozos pinchos mostraban en los bolsillos traseros cuando iban de fiestas, pero se desgastaban muy poco por el uso, con el escaso dinero que portaban, acaso el salvaconducto plegado. Sin embargo en la ciudad sería el fiel acompañante, el inseparable contenido de nuestros bolsillos, como uña y carne… Se convirtieron en habituales expresiones como éstas: ¡cógete dinero!, ¡no olvides el monedero!, ¡llevaré bastante!, ¡mira que no lo pierdas!, ¡fíjate bien en las vueltas!, ¡ya te has gastado todo!, ¡los billetes van que vuelan!... ¡Quién lo iba a decir!, si siempre habíamos salido de casa con los bolsillos vacíos, bueno, con la navaja y el moquero, nada más. Pero en la ciudad nadie salía sin cartera, sin monedero, ¡hasta para ir a trabajar!."