Unas pocas líneas del libro “Las Rosas De Piedra”, de Julio Llamazares

Imagen de Amigos de Serrablo

“… ¿No ha oído hablar de la romería de Santa Orosia?

-Pues no- miente el viajero como un bellaco. El viajero no sólo ha oído hablar muchas veces de ella, sino que conoce el libro que sobre la romería de Santa Orosia y otras de los Pirineos ha escrito su buen amigo Enrique Satué Oliván.”

.........La Ciudadela despide al viajero….

Las Rosas de Piedra, de Julio LamazaresCamino de Sabiñánigo, donde el viajero tiene una cita, atisba ya el Sobrepuerto; esas montañas ciclópeas que bordean el río Gállego por su izquierda y en las que se esconde un pueblo que para él es más que un lugar. Se llama Ainielle y está vacío, como la mayoría de lo de las montañas, pero para él es algo especial. No en vano vivió en él mucho tiempo en la ficción. Por eso, siempre que pasa por aquí siente una emoción intensa, aunque el pueblo no se vea desde el valle.

Sabiñánigo le recibe con su paisaje de chimeneas y su agitación urbana. Aunque cercana a Jaca y a los Pirineos, su aspecto cambia sustancialmente. No en vano es, junto a Monzón, la ciudad industrial de Huesca y eso se nota en sus edificios; que son modernos e impersonales, en contraste con el paisaje que los rodea. Aunque el que el viajero busca es antiguo y de una planta. Está escondido entre los demás, junto a una vieja vía de tren, y tiene un jardín delante. Un pequeño jardincito abandonado en el que a esta hora cantan los pájaros, pasada ya la tormenta. Incluso brilla el sol en los rosales que la mujer de Julio Gavín cuidaba mientras vivió. Pero Julio, que es al que el viajero busca, está durmiendo o no oye. El que fuera y sigue siendo alma de toda esta tierra, cuya memoria ayudó a salvar cuando se extinguía, está durmiendo o no oye, cosa que extraña al viajero. La última vez que lo vio, Julio seguía en plena forma.

-Me extraña que esté durmiendo- le comenta una vecina que conoce sus costumbres-. A lo mejor ha ido a dar un paseo.

- ¿Usted cree?

-Por la hora… Pero el viajero insiste, a pesar de ello. El viajero quiere verlo (lo hace siempre que se acerca por aquí) e insiste en tocar el timbre, a pesar de que dentro no se oye nada. Al final, se convence y le deja una nota a Julio en la puerta: “PASÉ A VERTE, PERO NO ESTABAS. TE LLAMARÉ ESTA NOCHE DESDE HUESCA”. Y la firma

Hasta Huesca, rumbo al sur, el viajero va recordando. La primera vez que hizo este camino y las muchas que desde entonces ha vuelto a hacerlo. Todas con la misma meta y todas con parecida emoción: la que siempre le producen estos montes y estos pueblos diminutos que se repliegan entre los Pirineos, cuyas nevadas cumbres se alzan en el horizonte. Aunque a veces, como hoy, en vez de blancas, estén azules. O amarillas, como el Monrepós. Que está cuajado de flores esta mañana de junio, igual que los Pirineos.