O QUAM LUCES ROMA

A final de octubre de 1857, y tras un largo viaje, Biarritz, Burdeos, Nimes, Marsella, Génova, Pisa, Florencia..., llega a Roma un jovencísimo Eduardo Rosales, el que posteriormente fuera primer director de la Academia de España en Roma; a los pocos días escribe a su hermano Ramón una carta llena de juvenil alegría donde muestra su acomodamiento a la bohemia con todas sus privaciones y amarguras y su deslumbramiento romano, especialmente tras visitar el primer día los Museos Vaticanos: “el arte allí le deja a uno tonto, ...si tratara de darte una idea de los ratos que allí se pasan, sería querer poner la mano en lo imposible; solo te diré que el entusiasmo y la admiración por los grandes artistas que a tantísima altura elevaron nuestro querido arte, llega allí a su colmo. Aquellas son nuestras reliquias, aquel nuestro templo.

Saturno y el otoño tienen la culpa. Carbón y pastel / cartón. (Seleccionada para el Certámen Gregorio Prieto 2007)Mil veces había soñado entrar por la Plaza de San Pedro, como si entrara por el Paraíso. Aquel sueño se ha hecho realidad; viéndolo estaba y no me atrevía a creerlo. Tengo toda mi esperanza en Dios, que si me ayuda, he de sacar a esto algún fruto... por mi parte no deseo sino procurarme medios, y si lo consigo, trabajar mucho y pintar cuadros originales..., porque la vista de obras tan buenas ha despertado en mí una especie de deseo rabioso por probar hasta dónde alcanzan mis fuerzas”.

Creo que esta impresión es la misma que he oído relatar a Luis Javier Gayá y a Blanca Muñoz de Baena sobre su relación con Roma y cuyo fruto pudo verse solo en parte en esta exposición. Deslumbramiento, entusiasmo, admiración, pero trabajar mucho, reliquias, templo, paraíso, pero trabajar mucho, realidad, creencia y esperanza, pero sobre todo trabajo, más allá de donde alcanzan las fuerzas.

Parece exagerado, pero junto a la pasión romana una de las cosas que más llama la atención en la obra de Luis y de Blanca es esta: el trabajo, el detalle, la grandiosidad de las cosas pequeñas, que por muy embravecida que se encuentre la inspiración solo se consigue con horas y horas de entrega.

Aquí el dibujo no es solo la delineación, figura o imagen ejecutada en claro y oscuro que define la Academia, ni tan solo la descripción con propiedad de una pasión del ánimo o algo inanimado, no es solo carboncillo y pastel reflejando imágenes sobre el papel, ángeles y aguas amansadas, estructuras y ruinas, espartiatas o leones alados, divinidades fluviales o paisajes enmascarados, no es solo la descripción y la analítica, los juegos de volúmenes y perspectivas destacados en las obras de Luis, ni el característico fondo místico de los dibujos de Blanca, cargados de alegorías y reflejos de la Antigüedad clásica, hay algo más.

Algo intelectual que nos transmite a los que observamos su obra, y que en cierto modo expresa Eugenio d’Ors en su glosa La educación por el dibujo: “fijación estilizada de esquemas, apuramiento objetivo del contorno, transformación de un segmento de realidad, presente a los ojos o a la memoria, en algo así como una definición intelectual”. Definición mezcla de belleza y espiritualidad que muestra el deslumbramiento ante Roma que, entre otros muchos testimonios, recoge el texto de una sencilla inscripción latina que se divisa en la altana de uno de los edificios próximos a Villa Borghese, desde el que se ven los montes Cimino, Mario y Sabinos que rodean la ciudad:
                  O quam luces Roma 
         quam amoeno hinc rides prospectu 
     quantis excellis antiquitatis monumentis 
       sed nobilior tua gemma atque purior 
                        Christi vicarius 
                              de quo 
                      una cive gloriaris