La lluvia amarilla 20 años después

Hace 19 años, en este mismo salón, presentaba La lluvia amarilla, mi segunda novela y última en aquel momento. Me acompañaba en la presentación un jovencísimo presidente de la Diputación de Huesca a quien yo acababa de conocer y que hoy es nada más y nada menos que el presidente de la Comunidad de Aragón. Me refiero, claro es, a Marcelino Iglesias. Debo decir en su honor que su presentación estuvo muy bien, cosa de la que yo no estaba muy seguro, puesto que desconfío bastante de los políticos; me refiero, por supuesto, en asuntos literarios. Les confesaré, incluso, que, cuando me dijeron que el presidente de la Diputación se había ofrecido para presentar mi novela, intenté que eso no ocurriera, intención que el director de la entidad organizadora, el Instituto de Estudios Altoaragoneses, me hizo notar un tanto delicada, puesto que —me confesó— el Instituto dependía de la Diputación.

Por si faltara algo, además, yo titulé la presentación Huesca no existe, un título que, más que provocativo, era una ofensa casi teniendo en la mesa a mi derecha al máximo dirigente de la provincia. Menos mal que, en cuanto este hizo su apología de la novela, cosa que resolvió, ya digo, con profesionalidad, y me pasó por fin la palabra, pude explicar la razón del título, que no solamente él, sino todos los asistentes, oscenses lógicamente en su mayoría, esperaban con expectación. La historia la he contado muchas veces, pero la repito ahora, por si alguien no la conoce. Cuando yo era niño, en León, un profesor nos decía, ya no recuerdo a propósito de qué, que la provincia de Huesca no existía y, para demostrarlo, nos hacía a sus alumnos tres preguntas muy concretas. La primera pregunta era: ¿alguno de ustedes ha estado alguna vez en Huesca? (para entenderlo, ustedes tendrían que poner aquí León, por ejemplo). La segunda pregunta era: ¿alguno de ustedes conoce a alguien de Huesca? (lo mismo). Y la tercera y definitiva: ¿alguno de ustedes ha visto alguna vez Huesca en la televisión? (hay que tener en cuenta que en la época de la que hablo la televisión era aún un artículo de lujo). La conclusión de aquel profesor era que Huesca no existía y que el dinero que le correspondía se lo quedaban los ministros del gobierno para ellos.

Aquella historia, junto con el conocimiento de que Huesca era la provincia española con mayor número de pueblos deshabitados, era la que me había traído aquí apenas dos años antes en busca de un escenario para la novela que estaba escribiendo entonces. Quizá decepcione a alguno, pero les confesaré que, cuando llegué a esta tierra, La lluvia amarilla estaba ya por la mitad y se había situado, si bien que provisionalmente, en otros sitios de este país: Guadalajara, Soria y algunos más que había recorrido mientras escribía aquella, empapándome de la melancolía que emana de los lugares abandonados y recogiendo historias de los supervivientes. De hecho, fue Soria el primer lugar en el que entré en un pueblo deshabitado y la primera candidata a acoger La lluvia amarilla.

Pero la historia de aquel profesor escéptico y el desconocimiento que yo tenía de Huesca (era de las pocas provincias españolas que todavía no había pisado) me llevaron un día a coger el coche y a cruzar media península para conocer la tierra en la que, según decían, los pueblos abandonados se contaban por centenas. La historia de aquel viaje también la he contado ya. Por indicación de una escritora zaragozana, Ana María Navales, a quien consulté al venir, comencé por la sierra de Guara, cuya belleza y desolación me dejaron ya muy tocado. De allí pasé por el Ara arriba (visité Jánovas, pero ese era otro abandono) hacia el valle del Gállego, primero, y, luego, hacia el río Aragón, donde terminé aquel día visitando las ruinas de Acín, Bescós y Villanovilla, en el valle de la Garcipollera. A la mañana siguiente, en el hotel de Jaca en el que dormí, la dueña me encaminó hacia una relojería cuyo titular, me dijo, podía informarme mejor que ella sobre lo que yo buscaba. Y así sucedió, en efecto. El relojero, de nombre Mesado, pertenecía a una asociación de recuperación del patrimonio artístico altoaragonés, por lo que conocía muy bien la región, y me recomendó visitar el Sobrepuerto, que el día anterior yo había bordeado sin saber lo que escondía, y hacerlo con ayuda de un buen libro: El Pirineo abandonado, de Enrique Satué Oliván.

La recomendación del relojero de Jaca sería determinante para mi vida como escritor. Y ello porque, de una tacada, me descubrió un universo, el del Sobrepuerto, donde se escondía Ainielle, un libro maravilloso, el de Enrique Satué, y al propio autor de este, si bien aún tardaría un tiempo en conocerlo personalmente. Aunque aquel día yo iba leyendo su libro por el camino que sube de Oliván hacia Susín, entre el olor a madera de los pinos que cortaban unos aserradores de Ansó y las manchas de nieve que todavía quedaban por el camino. Cuando divisé Ainielle, yo ya sabía que ese sería el escenario de mi novela y que esta, por fin, había encontrado su sitio.

La primera aparición de La lluvia amarilla fue en forma de un adelanto que publiqué en el diario El País la Nochevieja de aquel mismo año. Era un capítulo de la novela y llevaba un título ocasional, alusivo a la fecha en la que se publicaba: “Nochevieja en Ainielle”. A los pocos días, me llamaron del periódico. Un señor, me dijeron, quería hablar conmigo del relato que había publicado días atrás. Lo llamé. Era Julio Gavín, el promotor de tantas empresas en la comarca de Sabiñánigo, quien, me dijo, se había quedado muy sorprendido al ver el nombre de Ainielle en El País. Le conté que, en efecto, era el Ainielle que él conocía (muy pocos más debían de conocerlo también entonces) y que no se trataba de un cuento, como él creía, sino de una novela entera. Asombrado, Julio Gavín me propuso vernos en un próximo viaje que tenía previsto hacer a Madrid.

Julio LLamazares firma ejemplares de su novela en Ainielle. 27 de marzo 1993Nos vimos y ese día comenzó una amistad entre nosotros que solo truncaría su muerte, ocurrida hace poco más de un año (¡cómo me gustaría que estuviera aquí esta noche!). En Madrid, aquella otra, Julio me confesó que se había quedado conmocionado al leer el nombre de Ainielle en un periódico nacional y que le asombraba aún más que el que lo escribía fuera alguien a quien nadie conocía en Huesca. ¿Quién será este gachó, les dijo a sus conocidos, Enrique Satué supongo que entre ellos, que escribe de un lugar del Sobrepuerto que poca gente de aquí conoce y al que nadie ha visto por la comarca? (no era verdad; me había visto mucha gente, pero nadie se había fijado en mí). Le conté cómo había llegado a Ainielle, así como el origen de mi fascinación por Huesca, y él, que cada vez estaba más asombrado, se puso a mi disposición para lo que necesitara. De hecho, a su vuelta, me mandó por correo diversos mapas del Sobrepuerto, que me sirvieron para perfilar el texto antes de remitirlo definitivamente a la editorial, así como algunas publicaciones sobre la zona, y, la primera vez que volví por Huesca, me acompañó hasta Ainielle junto con un nieto suyo de ocho o diez años. Recuerdo el bocadillo que se tomó el chaval sentado entre las ruinas, sin que yo, que tenía tanta hambre como él, me atreviera a pedirle un trozo.

Tras Gavín, vinieron otros. El propio Enrique Satué, al que conocí por fin en el cruce de la carretera que lleva hacia Oliván (nos habíamos citado allí para subir a Ainielle la siguiente vez que volví por Huesca; la anterior, él no había podido estar), y un sinfín de gente más con la que, de viaje en viaje, he ido trabando amistad a medida que conocía esta tierra; que existía, por supuesto, aunque en el resto de España fuera un misterio casi absoluto. Si, como dijo Gabriel García Márquez, el Premio Nobel colombiano, los escritores escribimos para que los demás nos quieran, con La lluvia amarilla yo he triunfado largamente, pues me ha dado muchos y buenos amigos.

Puede que, entre los lectores, haya también algunos de ellos. Aunque yo no los conozca, siento su simpatía y amistad a través de sus reacciones. Como la de subir a Ainielle en peregrinación, cosa que cada vez hacen más personas (los cuadernos que Enrique deja allí para que firmen o escriban sus pensamientos son buena prueba de ello), o la de poner el nombre del pueblo a sus descendientes, cuestiones todas que me halagan, pero que me llenan de responsabilidad. Si lo llego a saber, he pensado a veces, hubiera situado la novela en un pueblo más accesible y con un nombre más apropiado para ponerle a una recién nacida.

Cuando publiqué la novela, evidentemente, yo estaba lejos de imaginar todo esto siquiera. Al revés, al entregarla a la editorial, recuerdo que le comenté a su director, Mario Lacruz (otro que me gustaría que pudiera estar hoy aquí, pero el tiempo, ya se sabe, no perdona), que no se hiciese ilusiones, que no íbamos a vender más de dos mil ejemplares. Lo decía para curarme en salud tras las expectativas creadas en la editorial por el éxito de mi anterior novela, que llevaba ya varias ediciones pese a haber sido mi primera novela publicada, y tenía razones serias para pensarlo. Al contrario que aquella, La lluvia amarilla no era un relato de acción, literariamente era muy difícil: un soliloquio de 170 páginas, y aparecía en una España posmoderna, la del final de la década de los ochenta, a la que solo le interesaba, según sus intelectuales, la cultura urbana y cosmopolita; y La lluvia amarilla era justo lo contrario. Recuerdo que el editor me contestó diciéndome que ya veríamos, aunque, pasado el tiempo, cuando este ya me había quitado la razón, me confesaría que él pensaba lo mismo que yo en aquel momento.

Los hechos nos llevaron la contraria a los dos, por lo tanto. En pocos meses, la novela vendió varias ediciones, se encaramó a las listas de ventas y se convirtió poco menos que en un fenómeno editorial ante la sorpresa de mucha gente, la mía, repito, en primer lugar. Luego vinieron las reediciones, las traducciones a lenguas de todo el mundo, la inclusión de la novela en los programas de la enseñanza del bachiller y universitaria y otras cosas que no les voy a contar aquí, por no parecer soberbio. De todas ellas, la que más me emocionó, se lo confieso, fue que la novela se convirtiera casi desde el primer momento en un libro de culto para los aragoneses. Al fin y al cabo, yo era un intruso en esta región y el hecho de que sus gentes hicieran suyo mi texto, identificándose con él como si lo hubiera escrito uno de los suyos, era un triunfo añadido al literario. Así al menos lo tomé y así lo sigo tomando y esa es la razón fundamental de que sienta ya esta tierra como mía, pues en pocos lugares como aquí me han recibido y tratado, porque cada vez que regreso a Huesca siento una emoción extraña comparable únicamente a la que siento al volver a León o a Soria, mis dos provincias preferidas, cada una por motivos diferentes, y porque, en definitiva, como dijo alguien que no recuerdo, la patria del escritor es su obra y parte de la mía está ya situada en Huesca.

Ahora La lluvia amarilla va a conocer una nueva experiencia, la de su adaptación al teatro, y lo va a hacer por primera vez aquí, cosa de la que me alegro, pues ningún lugar del mundo sería más apropiado para su estreno. Para mí, no se lo niego, constituye una satisfacción, pero también un reto, pues no sé hasta qué punto podré verla con la distancia que se precisa para no mezclar la novela con la representación teatral en sí. En cualquier caso, lo que yo sienta no debe importarle a nadie y menos a los artífices de la obra, que son los únicos dueños de esta. De lo que se trata, al fin, es de contar lo mismo con otro lenguaje y cada lenguaje tiene sus propios códigos.

Eso es lo que de verdad importa, como me importaba a mí cuando la escribía: el lenguaje. Porque el lenguaje no es solo una herramienta de comunicación, sino también un sistema de pensamiento, y como tal ha de ser tomado. Y en La lluvia amarilla el lenguaje no es solo una sucesión de palabras, sino también una música y una pintura, o al menos eso fue lo que yo intenté lograr cuando la escribía. Porque las novelas no son solo historias que cuentan cosas, sino también espejos en los que el lector se mira. Espejos hechos con palabras, pero también con colores, olores y hasta sonidos que emborrachan al lector mientras se mira en ellos tratando de reconocerse. Quizá esa, y no otras razones, sea la que explique el éxito de una novela a priori minoritaria y escasamente comercial: el que miles de lectores de España y de todo el mundo reconocieran en ese espejo su propia historia, vieran sus rostros o los de sus antepasados, percibieran la misma melancolía que ellos recuerdan al ver sus pueblos quedarse solos, descubrieran que la sensación que les entra al contemplar las ruinas de un pueblo deshabitado alguien la sintió también y la cuenta con las palabras que él le pondría, pero que no conoce o no encuentra o no se atreve a decir en alto.

Decía Julio Caro Baroja, el gran antropólogo español del siglo XX, que en España y en Europa se vivió prácticamente igual durante varios miles de años; y que el cambio más trascendente lo hemos vivido los europeos en la segunda mitad del pasado siglo, cuando la sociedad pasó de ser agraria y rural a vivir mayoritariamente en ciudades. Ese cambio ha supuesto muchas cosas y no todas positivas. Una de las negativas es el desarraigo y la desazón que muchas personas sienten al pasar de un mundo a otro, con todo lo que ello comporta. Otra es la pérdida de una cultura con cientos de años de antigüedad que hemos tirado por la borda sin incorporarla a los nuevos tiempos. Esa desazón profunda, junto con la melancolía por la pérdida de un mundo que desaparece delante de nuestros ojos, es la que yo intenté trasmitir y la que explica seguramente el éxito de una novela que creía destinada a ser un libro minoritario. Me alegro de que haya sido así, no por mi vanidad de escritor, sino porque eso me ha descubierto que, contra lo que yo creía, hay mucha gente que piensa y siente como yo, que le duelen y alegran las mismas cosas, que comparte conmigo, en fin, una visión de la vida que nada tiene que ver con la que los medios de comunicación trasmiten y la mayoría de la literatura apoya. En resumidas cuentas, con La lluvia amarilla yo descubrí, como con Luna de lobos antes, que no estoy solo en este mundo como tantas veces pienso mientras escribo en mi casa o camino por las calles escuchando lo que la gente habla.

Ventisca invernal sobre la chimenea de Casa Juan Antonio, 1996 Paralelamente, con La lluvia amarilla he descubierto también que hay una sensibilidad lectora que nada tiene que ver con la más común, esa que identifica la novela con una simple forma de entretenimiento. Humildemente, yo escribo para otra cosa, para hacer pensar y sentir, y eso se consigue solo manipulando el lenguaje para sacar de él toda su capacidad: algo que a veces se nos olvida, habituados como estamos a esas novelas comerciales en las que lo de menos es cómo están escritas y lo de más el gancho de su argumento. De ahí mi satisfacción por haber llegado a un público numeroso con un texto nada fácil, ni por su composición ni por su desarrollo argumental, satisfacción que se basa más en el descubrimiento de que en España hay lectores serios, contra lo que se nos quiere hacer creer desde los medios de comunicación y desde las editoriales mismas, que en la vanidad de escritor que ve cómo su novela se convierte en ejemplo de ello. Sinceramente, preferiría que esta fuera una más en el mercado y yo un escritor normal y no un raro, como parezco por empeñarme en escribir literariamente.

Y, ya para terminar, una confesión: después de veinte años yendo y viniendo a esta tierra, después de recorrerla y visitarla valle a valle, después de todo lo que me ha ocurrido aquí, tengo que decir que Huesca existe y está muy viva. Y que me alegra haber contribuido a que eso se sepa, aunque haya sido mínimamente. Lástima que aquel profesor que sostenía lo contrario no viva ya para poder contarlo.

Comentarios

Acabo de leer lo escrito por

Acabo de leer lo escrito por Julio Llamazares y tenía que comentarlo; leí La lluvia amarilla cuando vivía en la provincia de León y me gustó, pero fué cuando estuve viviendo en los Pirineos y me volví a acercar a ella cuando sentí con mayor profundidad lo que transmitía. Coincido en esa tristeza y nostalgia que dá el abandono de los pueblos que callados y sin quejarse se van quedando solos y derruidos; con mi pequeño grano de arena espero instalarme en uno, dar un poco de energía a la llama agonizante del mundo rural. Gracias por mostrar tan bellamente esta realidad a la que mucha gente da de lado, gracias por ser distinto.
Por cierto pude comprobar por mí misma el apego de los pirenaicos a su libro, pues en varias casas ví un ejemplar del mismo.