Resulta muy difícil resumir lo vivido y sentido durante casi diecinueve años como director-voluntario del Museo de Serrablo, junto a otros cuantos previos, a modo de simple ayudante y aprendiz de Julio Gavín. Es muy difícil y, sobre todo, emotivo.
El 10 de mayo de 2006, con número de entrada 4072 entregué en el Ayuntamiento de Sabiñánigo un documento dirigido al señor Alcalde y Presidente del Patronato del Museo, una amplia memoria de pasado, presente y futuro en la que indicaba mis limitaciones y señalaba a qué ámbitos se podía circunscribir en el futuro mi labor para con el Museo de Artes Populares de Serrablo.
Unos meses después, el 8 de enero de 2007, dirigía una nueva carta al Patronato del Museo y a su presidencia en la que solicitaba de forma diáfana mi relevo del desempeño que había efectuado hasta la fecha.
Como se trataba de una decisión reflexionada desde hacía tiempo, durante este periodo salió a la luz el libro Aquel Pirineo, editado por Ediciones Montañas y Hombre, con la colaboración del Ayuntamiento de Sabiñánigo. Se trataba de una publicación en la que se analizaba el cambio social del Pirineo visto desde la ventana privilegiada que ha supuesto para mí, durante una veintena de años el Museo de Serrablo.
Todo este proceso premeditado se ha visto condicionado por el fallecimiento de una persona querida a quien tanto el Museo, como el Ayuntamiento o el que suscribe, le deben el haber gozado de un capital o de unas experiencias vitales y culturales únicas; estamos hablando, lógicamente, de Julio Gavín (“El hombre que dibujaba para los demás”).
En la memoria citada, hacía un recorrido desde que en 1988 sucedí al primer director, Domingo Buesa Conde. Hablaba del presente y, sobre todo, de las claves de futuro.
En ella agradecía la oportunidad que para mí ha supuesto el desempeño, porque una buena parte de mis amistades, mi evolución como persona, mis investigaciones y, en definitiva, mi concepción de la vida han estado influenciadas por lo aprendido alrededor del Museo.
Durante muchos años, Pilar López, como guía, y el que escribe, como director polivalente y artesano, ayudado puntualmente por una pléyade de amigos y amigas, con el respaldo del Ayuntamiento y de Amigos de Serrablo, “hicimos museo”. Lo hacíamos siendo conscientes de que su auténtico patrimonio giraba alrededor del valor colectivo (por el origen de sus piezas y por la convergencia de esfuerzos en el proceso generatriz).
No fue una labor sencilla, la propia memoria ha servido para recordar el sin fin de esfuerzos, de capital acumulado de modo gratuito, y de ayudas recibidas.
Se recuerda también en dicha memoria que lo que se hacía, día a día y acto a acto, se gobernaba por un ideario o un dibujo que bebía en la nueva museística, en los principios “UNESCO-ICOM”, en los fundamentos de la Cumbre de Río, y, tal vez, por cosmovisión personal en la nueva museística social europea (Museo de Tradiciones y Artes Populares de París, etc). Así nació en el 92 un Ideario que cristalizó de modo ostensible en el personaje Pedrón, para asociar un museo vinculado a una cultura periclitada con la vida y la solidaridad.
La estrategia era clara, darle la vuelta a un museo ya casi arqueológico para ponerlo, de forma positiva, al servicio de la vida y la colectividad.
Por eso dicho ideario descansó sobre tres pilares: el de la ambivalencia que suponen la aculturación y los procesos colectivos de identidad; el del diálogo con la naturaleza (obligado en el caso del hombre tradicional y frívolo, en muchos casos, hoy); y el de la toma de conciencia sobre la situación del Tercer mundo, un mundo en el que rigen parámetros materiales y espirituales no lejanos a los recogidos en nuestro museo, porque rigieron en estas montañas hasta no hace mucho.
Así, desde la concepción del cargo de director, hasta lo tratado en las beiladas, pasando por los temas publicados en la Alazena de Yaya, la socialización de la autoría de ésta, el sentido “ecofemenino” con que era publicada o vendida para fondos solidarios hacia UNICEF, MPDL, o el proyecto de la Parroquia Cristo Rey en Bolivia, respondían al citado ideario. Una forma de entender la museística y la educación que comportaba mucho esfuerzo y desgaste, cuando mi trabajo oficial era otro, el de la enseñanza, paralelo, pero exigente…
Dicha concepción agrandó en todos los órdenes el Museo y, sobre todo, lo proyectó fuera como referente. Hubo tiempos para que todos gozásemos del prestigio: ampliación del museo, requerimientos por asociaciones que querían hacer uno propio, del Postgrado de Educador de Museos de la Universidad de Zaragoza, Premios del Ministerio de Cultura, de UNICEF, momentos sublimes como la revitalización de la Pastorada de Yebra de Basa en honor a Santa Orosia, de la presentación del libro Los niños del frente o de la generación de fondos solidarios para los Campamentos de refugiados saharauis en Tindouf a través del libro Tfarah, el Sáhara desde aquí…
Un cúmulo de trabajo que ha ido acompañado de reconocimientos externos como los de Julio Caro Baroja o Antonio Beltrán Martínez y que siempre he dejado claro que se debían, primero, a Julio Gavín, luego, al Ayuntamiento de Sabiñánigo y, después, a una cuarentena de amigos y amigas que durante estos años se dejaron “engañar”, y que en dicha memoria cito uno a uno con el consiguiente riesgo de omisión… Afortunadamente, como luego explicaré, uno de ellos –no porque el resto no lo merezcan- me va a suceder en el cargo.
La labor acometida durante estos años sólo se ha podido llevar adelante a través de una perfecta connivencia con el Ayuntamiento, Patronato y Amigos de Serrablo (lo cual no quita para que en alguna cuestión puntual no haya habido pequeñas diferencias).
Básicamente, el frente de actuación de este largo periodo reflejado en la memoria ha sido: la recogida y ampliación del utillaje, catalogación, ampliación del museo para crear nuevas salas y servicios (biblioteca, almacén, audiovisuales, jardín etnobotánico, etc.), canalización convergente del Premio de Escultura Ángel Orensanz, actualización de los procesos de exposición, creación de un ambiente social, de un círculo de personas que apoyaban las labores, ampliación de la investigación y difusión de lo tratado (colección Alazena de Yaya), proyección del museo hacia fuera (instituciones, asociaciones, semanas culturales, centros de la tercera edad, colegios…), dotación, en definitiva, de un discurso vivo y sugerente sobre un centro expositor que alberga una cultura íntima, pero, en gran medida, desaparecida. En dicha memoria, dadas mis circunstancias laborales y persona les, siendo consciente de que se ha concluido un ciclo y acariciando la posibilidad de ser sustituido de un modo garante y enriquecedor, planteaba un periodo de reflexión en el que me ponía a disposición del Museo y del Patronato en los temas que me era posible: “Labor ase sora, labor mediadora respecto a los depósitos de piezas producidos durante mi periodo, tarea de velar por los compromisos adquiridos con otras instituciones, labor divulgativa del proceso generador del Museo y, finalmente, apoyos puntuales que fueran precisos”.
Esta situación se pro ducía en un momento importante para el Museo, Julio Gavín Moya, 1983 el de la creación de una segunda plaza laboral y de la vinculación de éste a los flujos visitantes del complejo expositor Pirenarium, panorama que comportaba un incremento de la profesionalidad, sin renunciar a los valores altruistas y sociales que han conformado el actual Museo.
Desde la primavera, durante los meses siguientes, se colaboró en los distintos requerimientos que ocasionaba la vida cotidiana del museo y fue, en enero, cuando una vez efectuados contactos con el Patronato, su Presidente, Carlos Iglesias, y con antiguos colaboradores, cuando se planteó de modo oficial el relevo, consciente de que el futuro del Museo no sólo estaba garantizado, sino de que iba a entrar en un nuevo periodo cargado de ilusión y vigor, asociado, como siempre, a Amigos de Serrablo.
Desde estas fechas a la aprobación por el Patronato del relevo, se produjo un proceso paralelo de colaboración, información y traspaso (sirva como ejemplo, la salida a la luz del nº 20 de la colección Alazena de Yaya, del libro Letreros).
En la memoria tantas veces aludida no sólo se efectuaba una descripción de logros, sino que desde la autocrítica, se planteaban nuevos modos de trabajo, coordinación y, sobre todo, los nuevos retos que plantea para el Museo de Artes Populares el cambio social y económico que se está produciendo en su entorno, siendo conscientes de que cada periodo del museo debe sumar sobre el anterior desde una concepción profesional, pero, a la vez, social y participativa.
A través de dicho documento se indicaban los siguientes retos para el Museo:
Dicho todo esto, concluiré dando las gracias, en primer lugar, a mi amigo Javier Lacasta Maza por haber aceptado el requerimiento del Presidente del Patronato, de éste y mío para afrontar con ilusión una tarea enriquecedora, pero que encierra compromiso y dedicación.
De Javier se pueden decir muchas cosas, y todas buenas para el Museo. Si hacemos un repaso por su currículo, diremos que durante mi desempeño ha participado en varios ámbitos (creación de la sala de Música popular, participación en la colección A lazena de Yaya, en la dinamización del Museo a través de talleres musicales para niños, en la recogida de piezas, investigación, etc.). Hijo de Sabiñánigo, en particular del Puente Sardas, posee formación universitaria de Biólogo y ha publicado numerosos trabajos sobre tradición oral y musical. También ha participado como ponente en varios encuentros o jornadas de este tipo y posee una notoria vocación pedagógica que ha podido demostrar, además, de en su trabajo ordinario (la preparación del profesorado para el acceso a la docencia) en otras encomiendas. Finalmente, el principal capital de Javier es el ser una persona querida, que despierta consenso y que es capaz de aglutinar a las personas que hemos colaborado en el museo junto a las que él atraerá.
Poco más que decir. Gracias a Amigos de Serrablo y al Ayuntamiento de Sabiñánigo por la oportunidad que se me dio, y gracias a Javier Lacasta, porque estando él al frente del Museo yo y otros amigos nos vamos a seguir sintiendo parte de él.
Dicho todo esto, para finalizar, permítaseme cerrar de un modo nada al uso, bajado del ideario, y que no resta solemnidad:
“Que el espíritu de Pedrón no abandone por muchos años el Museo de Serrablo”.Tal vez te corresponda a ti, Javier, buscarle pareja, porque ya son muchos años de soledad los que arrastra. Paséalo por los campamentos de refugiados del Sáhara o por el Alto de la Paz (Bolivia), porque esos ambientes le van. Si le encuentras pareja, habla con los amigos de la Ronda de Boltaña, ellos sabrán lo que hay que hacer.
Un abrazo y, de nuevo, muchas gracias.