(2ª parte)
Pero centrémonos en los arrieros. Os contaré una historia que he escuchado de varias personas del Somontano. ¡Fijaos qué situación!: en plena noche de las ánimas subía un arriero de Naval y en el camino se le apareció una especie de espectro terrorífico. ¿Creéis que el arriero echó a correr, pálido, gritando y blasfemando como un poseso, tal y como seguramente haría cualquiera de nosotros? ¡Por supuesto que no! Haciendo gala de su condición de valiente arriero, simplemente se santiguó y, sin pestañear, se dirigió a su sorprendente “interlocutor” con estas palabras (más o menos): “Si eres cosa del diablo, apártate, pero si eres cosa buena, acércate”. La “cosa” se apartó y, a continuación, desapareció, no se sabe muy bien si porque pertenecía a la esfera satánica o al ver que el arriero en vez de asustarse iba a por ella con cara de pocos amigos. El caso es que ese ser fantasmagórico era bastante pesado ya que la situación se repitió varias veces a lo largo del camino. El arriero ya debía de estar hasta las narices por lo que probó con algo más contundente. En la siguiente reaparición del engendro, no sólo se santiguó sino que rezó un Padre Nuestro, momento en el que se oyó algo así como una explosión y el espectro ya no le volvió a molestar. Este relato realmente parece una versión del romance “El demonio y el arriero” citado anteriormente, en el que a un arriero se le une un compañero de camino que desaparece súbitamente cada vez que el arriero se pone a rezar. Lafoz (1990) también recoge una historia muy parecida a ésta y añade otra sobre un arriero y unos personajes más benéficos: las ánimas en pena. Dice así:
“Iba una vez un arriero con un burro, de esos que venden vajillas. Se le cayó el burro y él solo no podía cargarlo. Era noche de Todos los Santos, que dicen que se aparecen almas. De allí a poco rato empezaron a pasar lucetas y más lucetas mucho rato. Al final, pasaron dos a oscuras que le ayudaron a cargar. Esas lucetas eran almas que pasaban y las dos que le ayudaron le dijeron al hombre que fuera a cierta casa y dijera que hicieran fuego y quemaran cera por ellas ya que, como no lo hacían, esa era la razón por la que tenían que ir a oscuras”.
Como vemos, los arrieros no sólo llevaron recados de los vivos sino que, en ocasiones, tenían que llevar los de los muertos. En un entrañable libro sobre la tradición oral en el valle de Acumuer, Pilar Gracia (2002) recoge otra historia sobre encuentros entre arrieros y almas en la noche de difuntos:
“A l’otro día de Todos Santos iba un arriero por un camín a las doce de la noche. Cada paso que daba se alcontraba una calavera con una vela encendida dentro, más adelante otra, más adelante otra... tantas como meses había desde que principia el año hasta noviembre. A última le dijo: - ¡Mira!, te advierto: tal día como hoy no salgas nunca de noche ni andes a estas horas por os camins; porque ahora a estas horas, no más andan que as almetas d’o purgatorio.”
Algunos arrieros no se libraban de sorpresas de éstas ni cuando llegaban a un mesón o a un pueblo antes de que anocheciera, como en “el cuento del arriero y las brujas del Turbón” (Adell y García, 2001). Dice así:
“Una Nochebuena el arriero llegó a un pueblo del Alto Aragón. Se le dio hospedaje y al llegar la media noche observó, estando en la cama, que dos mujeres de la casa levantaban una baldosa, sacaban un ungüento, se untaban con él y salían volando tras decir el siguiente conjuro: - Por encima de rama y hoja, a bailar al Turbón. El arriero se levantó del susto. Pero tras el primer sobresalto recordó lo que las gentes contaban sobre las brujas. Éstas se juntaban todas las Nochebuenas en el Turbón a celebrar un gran aquelarre en honor a su dueño el diablo. Se armó de valor, levantó la baldosa, sacó el ungüento, se untó con él y pronunció en voz alta el conjuro: - Entre rama y hoja, a bailar al Turbón. Efectivamente, salió volando pero realizó el viaje hasta el Turbón entre las ramas y hojas de todos los árboles que había en el camino. Llegó al aquelarre lleno de magulladuras y maltrecho. Las brujas allí reunidas, al verlo llegar de tal guisa, le hicieron corro y sus risotadas se oyeron por todo el Alto Aragón.”
En cualquier caso, la sierra de Sevil, el Alto del Pino o los caminos de Sobrepuerto pueden resultar lugares tan encantadores por el día como sobrecogedores por la noche, incluso para un curtido arriero. Me temo que en realidad a ellos tampoco les hacía mucha gracia la posibilidad de tales encuentros ya que, como más de uno me ha dicho, “había que ir en busca del día y no de la noche”. Enrique Satué recuerda como su abuela de Escartín le contó que “una vez llegó uno de Naval medio desecho y desencajado. Se le había echado la noche encima viniendo de Bergua por el barranco de Otal. El camino, ya de por sí inclinado, se fue haciendo más pendiente con la oscuridad y el miedo. No pudo reparar el viejo arriero en la belleza del cagigar salpicado de bordas y, cuando ya estaba en el barranco de las Eretas, comenzó a escuchar el aterrador canto de la lechuza que proyectaba su voz multiplicándose entre la oscuridad. Aquella noche otoñal no faltaron en Escartín risas y chascarrillos a costa del sufrido arriero de Naval” (Satué, 1995). Son muy raros los episodios de miedo o cobardía entre arrieros en cuentos, canciones o romances. Posiblemente, una versión del siglo XV o del XVIII nos diría que la lechuza condujo al viejo arriero al encuentro de un moro que le otorgaría la llave de un tesoro. En cualquier caso, este relato nos recuerda que, al fin y al cabo, eran humanos y compartían ciertos temores con sus contemporáneos, más evidentes a partir de finales del siglo XIX, cuando iniciaron su declive y fueron desapareciendo paulatinamente de los caminos. Pero ahora vamos a dejarles en buen lugar. Veamos lo que dice el Ayuntamiento de Huesca sobre los atractivos de la excursión a Belsué en el bus turístico: “Nada más bajarnos del autobús, en el pueblo de Belsué, comienzan las sorpresas. Dos supuestos pastores nos esperan en una era y reclaman nuestra atención preguntando por un rebaño de ovejas que han extraviado. Allí, tras invitarnos a pan, chorizo y vino, cantan algunas canciones infantiles y representan la historia del “valiente arriero”, con escenificación incluida”. Canciones infantiles junto a historias de arrieros: ¡la tradición oral se resiste a morir!
“Santa Elena está entre peñas, y Santa Orosia entre puertos; El Pilar en Zaragoza, y en Huesca está San Lorenzo” “No vayas por trigo a Vió, ni por conciencia á Solana, ni por vino á la Ribera, ni por justicia á Boltaña” “Los del lugar de Larrés tienen tres cosas de fama: un molino que no muele, un mesón que no va gente, y un batán que no abatana”
Muchos temas eran recurrentes y así podemos apreciar el gran parecido que guarda esta última con otra que se conserva sobre Ontiñena:
“En Ontiñena hay seis cosas, que tienen una gran fama: Un molino que no muele; una acequia que no hay agua: Un horno que nunca cuece; un mesón que no da posada, Una taberna sin vino y una tienda que no hay nada”
En cualquier caso, nos podemos imaginar la influencia que estos “dictados” podrían tener sobre la gente que emprendiera viaje a alguno de los pueblos o ventas que se citaban. La opinión del autor podía hacer que se desease pernoctar en un mesón determinado o que, al contrario, se tratase de evitar ese alojamiento a toda costa. ¡Una auténtica guía Michelín de la época!
Hoy en día, no hay ciudad grande o pequeña que no se precie de las tapas que se sirven en algunas de sus plazas o calles. Es más, las tapas han llegado a convertirse en un símbolo de lo “español”, a la altura de toros y flamenco. No es difícil ir a una ciudad extranjera y encontrar carteles con el nombre “Tapa’s” señalando un establecimientos de donde sale música del mismísimo Sacromonte granadino y cuyas paredes están repletas de carteles taurinos solos o mezclados con... ¡sombreros mejicanos! (la globalización hispana, claro). Pero, ¿sabías que el origen de “las tapas” está directamente relacionado con los arrieros? Pues bien, en Andalucía existían las famosas ventas, frecuentadas por carreteros y arrieros, tanto andaluces como castellanos, que transportaban mercancías hacia y desde la Meseta, y era costumbre que cuando el ventero veía llegar a un arriero o carretero, y sin que el susodicho le pidiese nada, llenarle una jarra de vino, a la cual se le ponía encima una “tapa”, es decir, una rodaja de pan con chorizo, salchichón, jamón o longaniza, para que no cayeran moscas, ni polvo, hasta que el viajero desenganchara las mulas. La guía “123 Razones para Tapear por la Provincia de Zaragoza” recoge otro origen menos ortodoxo pero igualmente asociado a los arrieros. Dice así: “En la época de Carlos III se efectuó la colonización de Sierra Morena con el asentamiento de 2.500 familias. Como es sabido el aprovisionamiento se producía con gran precariedad. Los bienes de boca eran suministrados por arrieros que, guiando largas reatas de mulas, atendían al abastecimiento.
El empeño resultaba duro y difícil. Transcurría por sendas y congostos escarpados poco practicables. Los acemileros acostumbraban a darse un respiro haciendo un alto en el camino en las ventas y mesones establecidos en la ruta. Durante aquellos descansos, el exceso en la bebida, con el desgobierno consiguiente de sus facultades, propició un elevado número de accidentes en los que arrieros y bestias terminaban dando con sus huesos en el fondo de algún desfiladero. Tal vez en esta circunstancia podría estar el origen de alguna disposición que estableciera que, con cada cuartillo de vino, viniera cubriéndolo “a modo de tapa”, una tajada de pan con algo de aderezo con la finalidad de hacerla más amable.
La higiénica y bienintencionada disposición pretendía amortiguar los efectos indeseables que se derivaban del hecho de beber en ayunas”.
Cualquiera que fuese su origen, este tipo de recibimiento al cliente asiduo también se practicaba en los mesones de Sevil, Santolaria o Barranco Fondo, ubicados en terrenos más bien hostiles y con fuertes desniveles. ¿Y cómo llegó esta costumbre primero a los mesones de los caminos y luego a los bares, tabernas y tascas de Zaragoza. Jaca o Huesca? ¡Quién sabe! pero, según Menéndez Pidal, Andalucía, Murcia, la antigua Castilla la Nueva, Aragón y la Extremadura Baja estaban particularmente relacionadas en términos de transmisión de cultura popular. Y en Aragón, “la tapa representa un estilo en la forma de comer muy arraigado a los hábitos gastronómicos de nuestro país”, según reza en la guía citada anteriormente. Arrieros andaluces, arrieros manchegos, “maranchoneros”, arrieros aragoneses. La correa de transmisión estaba servida. Y Zaragoza, ciudad de afamado tapeo, como estación “intermodal” ya que era centro clave de conexión de rutas arrieras de pequeño y gran recorrido. Ya lo decía también la canción popular:
“Ramón del alma mía, del alma mía Ramón. Si te hubieras casado cuando te lo dije yo. Estarías ahora sentadito en el balcón. Y no guiando carros cargados de provisión. Dos para Zaragoza y otros dos para León”
Situémonos en un pueblo de Serrablo en los años 20 ó 30. El arriero ya alcanza a ver las primeras casas. Los niños, con su instinto peculiar, en seguida salen a su paso y le siguen alegremente por su recorrido. ¿Nos dará algunos de esos higos secos que de vez en cuando trae? Las mujeres se avisan unas a otras desde ventanas y portales: “¡ha venido Mamón!, ¡ha venido Mamón!” Muchas acuden raudas a la plaza. Por la noche, el arriero se reúne con los hombres en alguna casa para jugar a las cartas en medio de una animada tertulia. Este “ritual” lo he escuchado de boca de naturales de varios pueblos habitados o deshabitados de Serrablo. En resumidas cuentas, el arriero captaba la atención e interaccionaba con todos los estratos de edad de un pueblo: sus clientes, los que fueron clientes de su padre y los futuros clientes de su hijo. Traía cosas útiles, ¡qué duda cabe!, pero también traía y llevaba novedades, algo con un valor añadido importante cuando teléfonos, periódicos y televisiones eran una entelequia.
Los arrieros eran unos perfectos recaderos, tanto en su trayectoria de ida como en la de vuelta. Servicio puerta a puerta. Recados de todo tipo viajaron en sus bocas (mensajes orales) o en sus manos (mensajes escritos). Nacimientos, defunciones, enfermedades, accidentes, avisos... Naval fue una fuente constante de músicos para las fiestas de Serrablo y Sobrarbe y de trabajadores temporales para épocas en las que hacían falta. Es fácil imaginar frases como “señor Cardelina, recuerde a los músicos que suban para el día de la fiesta” o “señor Antonio, mire a ver si puede encontrar a alguien de confianza para la siega”. También llevaban y traían paquetes con los objetos más variados: alimentos, herramientas, medicamentos, dinero, regalos... En conclusión: que no nos engañen, ¡Seur se inventó hace siglos!
Finalmente, los arrieros también tocaron los temas del corazón y, de cuando en cuando,
se les encomendaba la labor de informar sobre mozos y mozas casaderas, arreglar encuentros y, si la cosa iba en serio, pactar matrimonios. En general, lo hacían con discreción y objetividad llegando a ser proverbial el buen ojo del arriero para estos asuntos. Al fin y al cabo, lo que se necesitaba no era necesariamente amor sino un buen heredero consorte o una buena ama que garantizase la continuidad de la casa. Claro, que de vez en cuando los arrieros también tenían su propio hueco en la “prensa rosa”:
“La hija de un arriero estaba “festejando” con su novio en casa, cuando, inesperadamente, se presenta el padre con una carga de aceite. Rápidamente, el joven se oculta en el fondo de una tinaja. Antes de ir a la cama, el arriero se empeña en verter el aceite en las tinajas, y así lo hace. De una de ellas surge el joven envuelto en aceite. De inmediato hace constar la enamorada:
-Pues tan claro es como el agua que ha venido en el aceite”. A lo que, incrédulo, replica el padre:
-Puede ser; ¡más, por Cristo y por mi alma, que no sé cómo coló por el embudo de latón!”
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