Abrían el camino, a través de la nieve Eugenio y Miguel de Sampietro, Joaquín de Tapia, Lorenzo, Paulino de Marco y Marcos de Cosme. Al mediodía habían llegado hasta el Escarrón. El roble, de tres troncos, era respetado desde tiempo inmemorial por ser el único árbol que quedaba en toda la ladera. Allí el camino se internaba, bajando en eses, por enmedio de los bancales para llegar al camino del solano en dirección a Berbusa.
Junto al cajico, el camino quedaba sepultado por dos metros de nieve dura, acunestrada por el viento. El trabajo era duro y las gotas de sudor se cuajaban en las caras barnizándolas de marrón brillante. Las paladas eran rítmicas, anchas y profundas y sacaban unos cubos de nieve que rompían sus aristas al caer a los lados de la zanja, desprendiendo esquirlas brillantes al sol de marzo. El silencio era casi absoluto sin contar los jadeos y el resbalar de las palas: uno arriba; dos a la derecha; tres a la izquierda; cuatro por, abajo...
Ya se había abierto más de dos kilómetros de camino, cuando Lorenzo de Lorenz exclamó:
-Pues tengo abajo, en la Coma Frangón, dos timones de ladro desde octubre. Me llegaré por ellos ahora que estoy aquí.
Fue avanzando, despacio, a la izquierda del camino, hundiéndose hasta más allá de la rodilla. El pie desnudo aguantaba un momento en la costra helada de la superficie, pero al avanzar, ésta se quebraba con un ruido cristalino y absorbente y la pierna se enterraba hasta la ingle. En cambio, en otros pasos, aguantaba imprevistamente y hacía más doloroso todavía el conjunto de la marcha. El paisaje quemaba los ojos y excepto en el bosque del paco, cuajado de sombras, todo era una sábana cegadora.
Al llegar al segundo bancal, Lorenzo iba ya con los ojos cerrados. Andaba lentamente por la nieve, el viento y el sol. Le parecía que el mundo era sólo de esos tres elementos y él, el centro irresponsable y ciego de toda la vida. Y, de pronto se dió cuenta de que no estaba sólo. Siguió con los ojos cerrados ante la herida del sol, pero siguió sintiendo con certeza, otra presencia, junto a él, a su alrededor, que gritaba silenciosamente el misterio de las cosas inesperadas. Resbalaba en la nieve, gravitaba en el aire y llegaba hasta el sol que obscurecía todo con su luz cegadora.
Y al abrir los ojos cautelosamente, lo vió entre las pestañas. Estaba tumbado, a unos pasos de Lorenz, rígido y muerto, todavía cristalizado en su boca el último grito de amarga desventura. Parecía disecado, abombado, encima del luciente plano del mundo. Muerto.
Lorenzo volvió otra vez, paso a paso por las mismas huellas de la ida. Cuando llegó al mismo borde del trincherón, reuniendo toda su vitalidad, muerta un instante, gritó:
-Chicos, !venid!. Allá abajo...