En la mañana del día 21 de mayo de 1937 un avión del Ejército del general Franco sobrevoló Sabiñánigo y en su trayectoria dejó plasmada la que, probablemente, sea la primera imagen aérea de la ciudad. Desde luego no podía sospechar su tripulación que siete décadas más tarde el vuelo por la zona de Serrablo, directamente implicada en el contexto negativo de una guerra, serviría para impulsar este artículo, motivado en proponer una dinamización sociocultural y económica a partir de valorar los restos de una trágica experiencia histórica y de rescatar una arrinconada época de ilusión.
Y es que los resultados de indagar en el ayer provocan efectos notorios en la consolidación de las identidades, de los sentimientos, de las justificaciones materiales y, últimamente, en la irrupción de nuevas vías de revitalización social, cultural y económica. El problema surge cuando esos efectos emanan de un pasado doloroso, de un cruento desgarro social como fue la Guerra Civil que agitó un entorno cerrado, aislado pero solidario en vías de transformarse gracias al ferrocarril y a la industria: hablamos de Serrablo, la Tierra de Biescas y el Valle de Tena de los años 30.
A partir de un núcleo de entusiastas se generó en la Comarca del Alto Gállego, especialmente en las décadas de los años 80 y 90 del siglo XX, un ambiente de sensibilización hacia todo lo que recordaba al periodo pasado o pervivía del presente a punto de perder. Fue un movimiento que, teniendo a Amigos de Serrablo como eje, giró la atención hacia lo local y recuperó la autoestima de lo inmediato como fuente de información, de deleite y de afinidad colectiva. Y en esta apreciación de lo propio, de lo más cercano, no faltaron las visiones historiadoras en forma de artículos, libros, debates, actividades e impulsos institucionales (los premios del Ayuntamiento de Sallent), centrados en la trayectoria de las sociedades del valle. Todos los que intervinieron en ese movimiento se significaron como pioneros en la recuperación del entorno propio, hasta entonces relegado por la corriente investigadora de hechos de entidad, como mínimo, regional.
No obstante, los enfoques temáticos de tales emprendedores no ahondaron en la quiebra de la convivencia durante la década de los citados 30 pues, en general, los tratamientos al inmediato ayer se distinguieron por una aséptica visión. Había temor a levantar heridas, a provocar suspicacias, a descubrir culpables o inocentes, a nutrir odios y humillaciones. Pero, contradictoriamente, esos tratamientos atrajeron de modo notable la curiosidad: pronto se agotaron las ediciones que hablaban de las raíces de Sabiñánigo, que mostraban la sangría del 36 en todo el valle o, ya en los primeros compases del siglo XXI, los que relataban las repercusiones de conflicto en un sector de la infancia de la retaguardia. Sin embargo, y por diversos factores, dichos pioneros no vieron reediciones y sus tesis o metodologías han languidecido hasta quedar en loables referencias que reclaman a voces su, ya no nueva tirada, sino la urgente y adecuada revisión, especialmente canalizada hacia dos aspectos: la profundización en el marco de la época del 31 al 36 (los antecedentes, el impacto y los ecos de la II República), y del 36 al 38 (la tan repetida Guerra Civil), más allá de las enervadas crónicas alimentadas de fechas y hechos, de las monótonas relaciones de datos, noticias, eventos o números de unidades implicadas, o del tono afable sobre las tragedias de niños y educadores.
¿Cómo se agitó la sociedad del Alto Gállego por ambos acontecimientos? Esta es la cuestión clave y todavía no resuelta.
La maléfica imagen que la historiografía del gobierno del general Franco transmitió acerca del espíritu de la II Republica hizo que la existencia del lustro tricolor justificase el ostracismo del ambiente, del pensamiento y de la parte de la sociedad que la sustentó, quedando las vivencias en el oculto y prohibido baúl del fondo de cada falsa serrablesa, pelaire o tensina.
Hoy, no obstante, aprovechando los ecos del septuagésimo quinto aniversario del nacimiento de ese régimen republicano y el septuagésimo de la Guerra Civil, han brotado numerosas iniciativas vindicatorias de ambos sucesos. Por lo tanto, es disfrutando tales conmemoraciones cuando cabe contemplar una necesaria actualización de lo expuesto hasta ahora en nuestro territorio, sobre todo orientado a dos campos: el memoriador y el dinamizador.
¿Cómo reaccionó el colectivo humano del Alto Gállego ante las vicisitudes de los dos acontecimientos citados? La estructura socio-económica y su relación con lo político, más el peso de lo cultural, lo tradicional y lo religioso en la atmósfera de casas y pueblos se verían, seguro, alterados con los nuevos aires republicanos ¿Cómo? Falta un análisis detallado y completo al respecto como también sobre la vivencia de la guerra; la referencia obligada, el Frente de Serrablo de Castán, se ciñe al relato de los sucesos bélicos, y las aportaciones de este autor junto a Gavín, Establés, Latas, Satué y otros en “Amigos de Serrablo”, o los recuerdos de algunos personajes en las publicaciones biográficas de la colección “A lazena de yaya”, quedan en sugerentes esbozos de lo que podría ser un complejo y apasionante proyecto…
Fenómeno inherente a la mirada general que se da en la España del 2000 hacia lo que supusieron República y Guerra Civil, es la apreciación de una “utilidad” cultural y económica basada en los restos de las experiencias, si bien con mucho retraso respecto a Europa. Así, Normandía, Verdún, Arhem, Spa o Berlín muestran los efectos positivos de la trabazón de historia, turismo y recuperación de la memoria que se concretan, en este caso, en una reactivación o apertura de vías económicas y en un enriquecimiento sociológico que fructifica en torno al pasado bélico. Monumentos, cementerios, piezas ordenadas en museos y centros de interpretación o dispersas por campos, carreteras y núcleos urbanos, conforman los apéndices de una estrategia que, basada en el debate, la reflexión y la investigación, se manifiesta en actividades de mil formas que atraen a un selecto flujo humano hacia las tierras que otrora sirvieran de escenario de muerte, destrucción y dolor.
En España son ya también múltiples los ejemplos. Desde Gandesa a Náquera surgen salas interpretativas o expositivas, se recuperan aeródromos, se limpian refugios y líneas defensivas, se invierte en la restauración de refugios (Cartagena) o se reivindican lugares de martirio de una y otra parte.
Y ahora, en Aragón, con distinta intensidad y, por supuesto, apoyo oficial, nacen o fructifican las acciones en ese sentido. La línea de asentamientos de Sarrión; la limpieza del aeródromo de Mas de las Matas; el Museo de Bielsa o la rememoración senderista del itinerario de los exiliados de la celebérrima “bolsa”, más los fallidos intentos de vertebrar asociaciones (“Batalla de Teruel”), son inquietudes que, sin tanto eco, sobreviven y conviven junto a iniciativas exitosas, pretenciosas y bien dotadas y sustentadas –económicamente- por la DGA y la comarca respectiva (Alcubierre, Robres) dentro del programa “Amarga Memoria”.
Para algún erudito serrablés, retomar el tema de la Guerra Civil no era conveniente; el citado libro de Castán ya levantó llagas. Sin embargo, el aliento de una asociación pretendió cuestionar tal planteamiento y, apostando por la ecuanimidad, se propuso deshacer resquemores o negativos prejuicios. Así fructificaron, sobre la guerra, unas jornadas de reflexión y una exposición integradora de divergencias ideológicas, rebuscadora de datos escondidos y reclamadora de aportaciones particulares; institucionales (ayuntamientos de Caldearenas y Sabiñánigo, y Comarca del Alto Gállego); asociativas (Amigos de Serrablo) y de entidades (empresa Aragonesas). Fueron los casos de “18 de julio ¿Porqué?” y “Esa guerra de los yayos”, exposiciones gestadas por el Círculo Republicano y precedidas por la Extensión de la UNED en Sabiñánigo respecto al aniversario de la proclamación de la II República (“75 años de una votación trascendental”). Estas actividades han logrado, cuanto menos, cuestionar el propósito que sometió a la República a una larga oscuridad y han contribuido a aproximar a la cuestión a temerosos o recelosos; y, en definitiva, han sumado a la ciudadanía, en este caso serrablesa, al conjunto de rememoraciones que fructificaban por toda España sobre tales etapas históricas.
La recuperación de ese vacío en la memoria de la Comarca (los años republicanos) y también de los de la guerra, junto a la aspiración de ofrecer un elemento dinamizador en torno a la apertura de senderos que combinen cultura, ocio y deporte; y quien sabe si en el futuro de algún centro interpretativo, de alguna publicación o de más actividades, son cometidos que ha asumido el mencionado Círculo Republicano. Desde luego, la tarea no puede ser monopolizada por tal asociación y exige la inquietud particular y de otros colectivos para impulsarla, dando por supuesto el apoyo institucional (ayuntamientos y Comarca) o incluso regional (DGA). Ya supone hoy un pilar del esfuerzo que, paulatinamente, irá desbrozando el olvido para motivar reflexiones, apreciar personajes y animar alternativas de promoción del territorio.
Y todo ello porque no merecen quedar difuminadas en el humo del tiempo pasado las vivencias y anécdotas de quienes vivieron tan trascendentales momentos, incluidas las de la tripulación que sobrevoló el Serrablo en aquel mayo de 1937. Sus vindicaciones e intrahistorias son el mejor recuerdo, el mejor ejemplo, el mejor homenaje a todos. Es necesario revalorizar sus huellas y siempre desde una máxima que presida el aliento emprendedor: cuidado con no herir pero sin miedo a descubrir, demostrar y enseñar; en definitiva, a aprender para no errar más.