Arrieros en Serrablo

(1ª parte)

1. El intercambio de bienes como forma de comunicación


Desde las primeras formas de comercio hasta su sustitución por los sistemas actuales, los arrieros han sido piezas clave en el entramado económico-social-cultural del Alto Aragón. La función comercial de los arrieros y la importancia de los productos que intercambiaban, compraban y/o vendían será objeto de otros capítulos de esta serie. En esta ocasión, nos centraremos en su función socio-cultural, tan importante en su momento como desconocida en la actualidad. Para entenderla, hay que partir de un hecho frecuentemente inadvertido pero, en cualquier caso, incontestable: los alimentos y otros bienes de consumo representan una forma de comunicación particularmente poderosa ya que se prestan al trueque o al intercambio; de hecho, se considera que constituyeron el principal canal de comunicación entre grupos humanos hasta la invención de la imprenta.

"Los significados transmitidos por el canal de los bienes forman parte de los canales de las relaciones familiares y los mitos, y estos tres canales comparten un mismo deseo general de controlar la información. Los bienes son los garantes de las relaciones sociales que ellos mismos contribuyen a instaurar"

Douglas, 1982

En consecuencia, los procesos de adquisición, preparación y consumo de los alimentos (y otros bienes asociados) no deben ser contemplados desde una perspectiva meramente nutricional ya que, por otra parte, conllevan el establecimiento de intensas relaciones socio-culturales. Tales relaciones suelen seguir patrones caracterizados por su regularidad y su gran carga simbólica.

2. Los arrieros como difusores de cultura


"Y entonces, ¿quién es el pueblo-autor de las canciones? Pues, que yo sepa, Calderón y Lope de Vega, un pastor-poeta que hubo en Alcañiz hace años, una mujer muy lista de Cosuenda, Moreto y Téllez, un tejedor de Pina, un pelaire de Albarracín, unos almadieros de Salvatierra de Esca, un pordiosero de Teruel, un carretero de Daroca, Ruiz Aguilera y Augusto Ferrán, un mozo viejo muy rondador de Uncastillo, el tío Cleto de Cinco Olivas, otro Cleto de Estadilla (creo que aún vive), una moza muy aguda de Tauste, el "Apañé" de Albalate, un escolapio de Barbastro, Salvador Rueda y Día de Escobar, un presidiario de San José, un mesonero de Monzón, un barbero gran tañedor de Sástago, un leñador de Luesia, un canónigo de Tarazona, un carpintero de Zaragoza, un medio tonto del valle de Tena, Luis Royo y Ram de Víu, un azutero del Rabal, un sacristán de Castellote, un carabinero de Benasque, un cabo de sanidad de Zaragoza, dos hortelanos de Borja en competencia, un quincallero de Huesca, un arriero de la Litera... Ése es el pueblo que hace canciones".

Este párrafo de Juan José Jiménez de Aragón en su obra "Cancionero Aragonés" (1925), en el que no deja de citar a "un carretero de Daroca", "un arriero de la Litera" o "un quincallero de Huesca", sirve perfectamente para resumir la indudable capacidad de creación y recreación literaria de las gentes del pueblo, tanto individualmente como en forma de colectivos o gremios.

Entre estos colectivos, los arrieros ocupan un lugar destacado. Como bien dice un estudioso del tema, "los arrieros, como cualquier otra colectividad humana, crean o recrean, conocen, cantan y cuentan un conjunto de saberes, fábulas y poemas que en algunos casos han sido heredados o adoptados del entorno, pero que en muchos otros casos emanan de y reflejan fielmente sus modos de vida y de cultura" (Pedrosa, 1995).

Los arrieros están íntimamente relacionados con la tradición folclórica, especialmente con el canto y la poesía popular. De hecho, la documentación y los testimonios existentes les suele presentar como compañeros inseparables de canciones, con las que hacían más llevaderas sus interminables jornadas por los caminos, y también de romances, cuentos, anécdotas, chascarrillos y refranes con los que entretenían (y se entretenían) en los mesones, hostales y casas en las que paraban. En el ámbito de la cultura tradicional, es bien conocido que, allá donde va el hombre, van sus conocimientos, sus creencias, sus costumbres, su música y hasta sus duendes. En este sentido, la importancia del arriero como transmisor inadvertido de la cultura radica en una vida prácticamente nómada con un radio de difusión amplio que, a menudo, se solapaba con el de otros arrieros, tratantes y pastores trashumantes, con los que compartían caminos y mesones.

Precisamente, entre los principales medios de transmisión de la tradición oral del Pirineo, se han citado las beiladas, las fiestas, las ferias, las romerías, el trasiego de los arrieros y los contactos durante la trashumancia en mesones y parideras de Tierra Baja (Satué, 1995). Y no se trata de un caso aislado o específico del Alto Aragón. Así, a mediados del siglo XX, y en otra zona montañosa (Cantabria), se relacionaban los siguientes factores de adopción de canciones foráneas: "las comunicaciones y los viajes, los arrieros anteriores al tren, los segadores ambulantes, los quintos, los estudiantes, las criadas de servicio..." (Córdova y Oña, 1955). Resulta ilustrativo que todavía se citara a los arrieros en segundo lugar cuando ya hacía algunas décadas que habían desaparecido casi por completo.

En cualquier caso, los arrieros tomaban lo que podían o lo que le llamaba la atención de balconadas, patios, plazas o cadieras de un lugar y lo completaban con cosas que oían en otros sitios o introducían modificaciones de su propia cosecha. Algunos destacaban tanto que los vecinos rivalizaban para ver quien conseguía que pernoctara en su casa y se intentaba que estuvieran presentes ciertos acontecimientos. Antonio Bellostas ("Banastón" ó "Mamón"), arriero de Naval, nos cuenta que su padre, también arriero, actuó de maestro de ceremonias en algunas bodas y recuerda perfectamente una en Casbas, de la que hablaremos en otro capítulo. Antonio no se da cuenta que mientras nos lo cuenta nuestra boca permanece abierta con su recreación. Estamos en los soportales de la plaza mayor de Naval pero bien podríamos estar en una cadiera de Cortillas una noche de algunas décadas atrás. Al escucharle se comprende toda la fuerza de los antiguos mecanismos de transmisión de la cultura popular.

2.1. De difusores de canciones a cantautores anónimos


Existe un goteo permanente de referencias a los cantos de los arrieros desde el siglo XV pero es a partir del XIX cuando se empieza a destacar su papel como creadores o transmisores del repertorio popular. Posiblemente, este hecho se deba a los comentarios de diversos viajeros extranjeros que recorrieron España desde los Pirineos hasta el sur de Andalucía. Por ejemplo, el célebre Washington Irving (1832) decía que "el arriero es el instrumento general del tráfico y el legítimo viajero del país que atraviesa la península desde los Pirineos y Asturias a las Alpujarras, la Serranía de Ronda e incluso hasta las puertas de Gibraltar. (...) El mulatero español tiene un inagotable repertorio de canciones y romances con los que entretenerse en su incesante caminar. Las tonadas son toscas y sencillas, compuestas de muy pocas inflexiones. El las canta en voz alta, con largas cadencias sentado en su mula, que parece escuchar con gravedad infinita y a la vez guarda con el paso el compás de las cantinelas. Las coplas que cantan son casi siempre referentes a algún antiguo y tradicional romance de moros, o a alguna leyenda de un santo, o de las llamadas "amorosas"; otras veces entonan una canción sobre algún temerario contrabandista o audaz bandolero, pues el contrabandista y el bandido son héroes poéticos en España entre la gente del pueblo. Ocurre a menudo que los arrieros improvisan en el acto canciones, inspirándose en algún paisaje que se les presenta o sobre algún incidente del viaje; esta vena fácil para componer e improvisar es frecuente en España y, según se dice, heredada de los moros. Se siente, pues, una mezcla de severidad y encanto al oír estas estrofas en los agrestes y salvajes paisajes en que se modulan". También se hace eco de sus canciones el viajero inglés Richard Ford en 1845: "el acercarse de los arrieros se anuncia desde lejos: ¡qué alegremente canta ahora el robusto arriero! Y es que, cuando no está jurando o fumando, el arriero pasa el día entero dedicado a una canción monótona y aguda, que como la de su pariente el camellero de Oriente, tiene poco que ver con su animado humor por ser sumamente melancólica y antimusical"

Los arrieros, además de transmitir el repertorio popular "común", son artífices de todo un repertorio de cantos "autobiográficos", en los que recogen las vicisitudes de su oficio, sus costumbres, sus valores, aficiones y temores, incluyendo canciones que recogen escenas galantes entre los arrieros y las mujeres de los pueblos o mesones de paso. Actualmente queda constancia escrita de estas canciones (muchas de ellas jotas) desde el siglo XVII y los temas se repiten de una forma sorprendente a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Como es habitual en el campo de la cultura popular, se desconocen los autores de estas canciones, de las que pondremos un par de ejemplos:

"La vida del arriero
es difícil de llevar,
de noche se acuesta tarde
y por la mañana, a madrugar"

"Arriero chico,
macho grande,
la carga en el suelo,
no hay quien la cargue"
"Baja a la cuadra y verás
A mi burra con jersey
Ay, ridiós! Qué bien le está
Que parece mi mujer"
"El cielo está encapotao
amenazando llover
Y los peñascos, nevaos,
más fieros parecen ser.
Dicen que en la cordillera
la tormenta es de temer.
Qué cosa es vivir de arriero,
huella, nieve, cerrazón,
años cruzando los cerros,
años prendiendo el fogón.
Dicen que, en noches como esas,
en cada conversación,
se pueden ver, de más cerca,
las penas del corazón."

2.2. Del refranero al romancero pasando por el cuento


También existen multitud de refranes, dichos y cuentos de origen y/o temática arrieril, algunos de ellos con numerosas variantes locales. Por lo que respecta a los refranes, tenemos desde el archiconocido y universal "arrieros somos y en el camino nos encontraremos" hasta otros que se han ido olvidando con el tiempo. Es realmente difícil encontrar un refrán sobre este tema que sea exclusivo de Serrablo e incluso de la provincia de Huesca. De hecho yo no lo he encontrado ya que todos los que he recogido hasta la fecha tienen sus correspondientes versiones en otras zonas de la península e incluso en Iberoamérica. La temática de refranes y dichos arrieriles es diversa pero suelen versar sobre las costumbres de los arrieros o su conocimiento de las caballerías. Además, el hecho de que la arriería fuera una actividad exclusivamente masculina propició que en las noches de los mesones se cocieran muchos alusivos a las similitudes entre mujeres y mulas, generalmente para reconocer que, en su relación con la mujer, el hombre siempre lleva las de perder. Veamos algunos ejemplos:

-"No preguntes al arriero si pierde o gana, sino si vuelve y carga"
-"De arriero a arriero no pasa dinero"
-"Macho de muchos, lobos lo comen"
-"Los días de fiesta, ¡qué mal lo pasan las bestias!"
-"Juegan los burros y pagan los arrieros"
-"En pelea de burros, el que pierde es el arriero"
-"A burro torpe, modorro o tonto, arriero loco"
-"Burros o coces, arrieros a palos y voces"
-"El que al macho hace mal, es más bestia que el animal"
-"Lo que piensa el mulo, no piensa el arriero"
-"Lo quiere como la mula a la carreta"
-"Donde no te lleva el mulo, te lleva el culo"
-"No compres burro de arriero ni te cases con hija de mesonero"
-"Cuando el arriero vende la bota, o es que sabe a pez o está rota"
-"Cuando el arriero vende su mula, matadura segura"
-"Arriero que vende mula, o tira coz o recula"
-"El que paga y no manda, es arriero que lleva la carga"
-"Cuando el arriero es malo, le echa la culpa al macho"
-"Buen arriero o mal arriero, la cama tiende primero"
-"Cuando se va para rico hasta las mulas paren potricos"
-"El burro cayendo y el arriero perdiendo, los dos se van entendiendo"
-"El burro sabe a quien tumba y el diablo a quien se lleva"
-"Cuando el burro coge la senda, ni el burro deja la senda ni la senda deja al burro"
-"Ves burro y se te antoja el viaje"
-"Por San Antón de enero, camina una hora más el arriero"
-"El año nuevo, en la jornada lo conoce el arriero, pero no en el dinero"
-"Si entre burros te ves, rebuzna alguna vez"
-"No todo el que chifla es arriero"
-"Todos los días no se le muere el burro al arriero"
-"Mal andan los asnos cuando el arriero da gracias a Dios"
-"Cuando la mula dice "no paso" y la mujer "me caso, la mula no pasa y la mujer se casa"
-"Dios te guarde de travesura de mula y de delantera de viuda"
-"La mujer y la mula cada día te hacen uno y suerte te dará Dios si no te hacen dos"
-"No hay mula con cuernos, ni mujer discreta"
-"Para que suegra y nuera se quieran, un macho ha de subir la escalera"

Los arrieros: mensajeros, creadores y divulgadores de cuentos.
Dejaremos aquí los refranes y pondremos un ejemplo de cuento, en el que ya se pone de manifiesto
la psicología arrieril:

"Tres frailes y un arrieros llegan a un mesón y les ponen para cenar tres pichones. Uno de los frailes echa mano a uno apelando al nombre del Padre, otro hace lo mismo evocando al nombre del Hijo; cuando el tercer fraile se apresura a seguir el ejemplo de los anteriores, el arriero se adelanta: -A quien toque al Espíritu Santo lo hago yesca, que yo soy muy devoto de ese pájaro y nadie tiene derecho sino yo para enjaularlo."

En algunas ocasiones, cuentos y fábulas servían para explicar el origen de un refrán:

"Dicen que iba un arriero por un camino. Y llevaba un burro en tal mal estado que no andaba casi. Y llevaba una caja de sardinas. Y entonces, el arriero: - ¡Arre, burro, que te mato! ¡Arre, burro, que te mato! Y la zorra iba detrás acechándolos y pensando: ¡qué buen lote me voy a dar hoy! ¡qué buen lote me voy a dar hoy!Y anduvieron un buen trecho así pero ¡nada!... que el arriero mataba al burro. Y dice la zorra: ¡De pico mata el arriero al borrico!"

Más adelante, irán apareciendo otros cuentos. Ahora pasamos a otro de los géneros a los que la gente de este oficio parece haber realizado notables contribuciones: el romancero. Algunos han tenido tanto éxito que, con distintas versiones regionales o locales, se consideran como propios en toda la geografía española, Pirineo incluido. Entre ellos destacan tres: "El arriero y los ladrones" (o "El mozo arriero y los siete ladrones"), "Los arrieros asaltados" y "El arriero peregrino y el diablo" o ("El demonio y el arriero"). Veamos una de las múltiples versiones del primero:

"Caminito de Huesca se dirige el arriero
buen zapato, buena media buena bolsa de dinero.
Siete mulas lleva el carro sin contar el delantero
nueve se pueden contar con la de la silla y freno.

En la ruta de Aragón siete quintos le salieron.
-¿Dónde pasea el buen mozo?, ¿dónde pasea el arriero?
vamos para Zaragoza como buenos compañeros.
-Pa Zaragoza vamos todos como buenos compañeros.
-De los siete que aquí vamos ninguno lleva dinero.
-Por dinero no lo hagáis ¡adelante!, caballeros
que tengo yo más doblones que estrellitas tiene el cielo-.

Los quintos, que eran ladrones, se miraron, se rieron
y en la venta de Aragón piden vino y sacan luego
el primer vaso de vino se lo daban al arriero.

-Yo no bebo de ese vino de ese vino yo no bebo
que lo beba el rey de España que yo no bebo veneno.

De los siete que allá había siete sables sacan luego
y el arriero sacó el suyo que cortaba más que acero
de los siete mató cinco y otros dos fueron huyendo
a dar parte a la justicia y al arriero meten preso.

Escribió una carta al rey contándole los sucesos:

-Cinco quintos te he matado en medio de la arboleda
como te he matado cinco te habría matado un ciento-.

Cinco reales para el rey en lo que dure su reino
y otros dos pa la ventera por el vaso de veneno."

Resulta difícil conocer los orígenes y evolución de estos romances pero, según Menéndez Pidal, debieron ser creados y modificados por personas dedicadas al oficio de la arriería.

Fijémonos en los temas de los romances citados anteriormente. Los dos primeros tratan de uno de los miedos tradicionales de los arrieros (ladrones y salteadores de caminos) mientras que en el tercero ya asoma el diablo: señores, "¡aquí huele a azufre!" (Hugo Chávez, 2006)

2.3. Encuentros en la tercera fase


Tanto en el género del romance como en el del cuento, es frecuente que los arrieros sean abordados en el camino por el diablo, ánimas, duendes, brujas, hadas, moros, moras o cualquier otro de los seres mágicos que, como todos sabemos, emergen por las noches en cualquier lugar más o menos solitario y pintoresco; seres con singulares lugares de reunión, como esos fantásticos dólmenes que son capaces de construir sin despeinarse y que, ¡mira por donde!, precisamente jalonaban los caminos de trashumantes y arrieros. Los arrieros del Alto Aragón solían emprender sus viajes de madrugada (allá a las 4 de la mañana) y en ocasiones se les hacía de noche antes de alcanzar un pueblo o mesón. Muchas veces iban solos. Por lo tanto, para la imaginación popular era normal que tuvieran encuentros con todas esas criaturas con las que, en muchos casos, compartían camaradería, confidencias... e incluso tesoros fantásticos. El arriero de Espés, que conoció a una reina de las hadas, es otro buen ejemplo (Gutiérrez, 1999). Los encuentros con moros y moras debían parecer particularmente familiares ya que durante siglos todos los arrieros navaleses eran moriscos y, de hecho, se les conocía en el Alto Aragón como los "moros de Naval" (Gómez de Valenzuela, 2003). Ese pasado se les siguió recordando incluso décadas después de su "teórica" expulsión de principios del siglo XVII. Como dice Enrique Satué (1995), "los moros, las moras y su parentela son los no cristianos (...); son los viejos pobladores del país; son los enemigos étnicos antiguos, etéreos e imprecisos que a partir de la Edad Media son aculturados y asociados al Islam".

La vida errante de los arrieros y su vínculo morisco les hicieron sospechosos de cualquier actividad ilícita o mágica a los ojos de las autoridades políticas y religiosas hasta bien acabada la Edad Media. Es más, "el peregrinaje, el arriero, el mulero, el huésped, el Caín errante, los lobos, el pastoreo, el nomadeo, el jinete sin cabeza..." estaban íntimamente asociados en la memoria ancestral (Martos, 1997). No es casualidad que prácticamente todos los grupos peninsulares que recibieron en su día la etiqueta de "pueblos malditos" (agotes, pasiegos, vaqueiros de alzada, maragatos, chuetas) se caracterizaran precisamente por una actividad arriera febril. Afortunadamente, y por motivos que analizaremos en otra ocasión, los arrieros aragoneses no sólo se libraron de ese apelativo sino que fueron muy queridos y llegaron a tener una relación de familiaridad con muchas de las casas y mesones en los que solían parar. Y esto fue así no sólo en el caso de los arrieros cristianos del siglo XX sino también en el de los moriscos del siglo XVI ó XVII.

La decadencia progresiva y desaparición final de arrieros y otros oficios ambulantes que implicaban un íntimo contacto con la naturaleza ponen en crisis el tipo de leyendas o cuentos que recogen los hermanos Grimm, como los de seres mágicos o tesoros ocultos en el bosque. Pero no desaparecen sino que se trasladan de escenario: ahora los fenómenos insólitos aparecen en carreteras y autopistas ante conductores solitarios mientras que las casas encantadas se sitúan en el entramado urbano o suburbano.