Con este título acaba de aparecer en Zaragoza y ediciones Montañas y hombres un librito que es, en definitiva, un enamorado canto al hermoso quehacer de Amigos de Serrablo que se sintetiza en la Casa Batanero del Puente de Sabiñánigo, es decir, un hermoso museo etnográfico que debe su vitalidad al esfuerzo de la benemérita asociación y al pulso e ímpetu de Enrique Satué, director del centro, antiguo alumno nuestro en la Facultad de Letras y enamorado de la montaña y de “la estación” como la gente llama a Sabiñánigo, cuyas andanzas he tenido el honor de compartir en muy diversas y agradecidas ocasiones. Conocí el centro desde sus albores, he participado en las íntimas sesiones nocturnas o veladas, he recorrido su entorno con el alcalde de Sabiñánigo y con todos he disfrutado del más entrañable homenaje que mis muchos años y la gentileza de las gentes me han deparado.
Un maravilloso día me dijeron que iban a aditar un libro fuera de lo corriente, con los posibles beneficios de su venta destinados a UNICEF y redactado por una alegre compañía de amigos que montados en el Canfranero dejaban desfilar por las ventanillas paisajes y amores, recuerdos e historias, y dibujante y fotógrafo, literatos y enamorados de Aragón, tomaron como pantalla la ventanilla del tren, y desde la estación de Zaragoza a la de Sabiñánigo, hablamos y vimos, registramos y, sobre todo, amamos para que “Raíles y traviesas” se convirtiera en la más apasionada declaración de amor hacia unas tierras y unas gentes. Recuerdo de mis andanzas por aquellas tierras, al pisar las trochas y veredas que un día soportaron mis pies durante la guerra civil y luego mis modestos apoyos que así convirtieron en que una sala del museo llevase mi nombre, el una amistad indeleble se sellara en numerosos viajes y colaboraciones, y en que el museo y el licenciado Satué se incorporasen a mi vida académica.
Ahora esos amores se sintetizan en un libro pulcro con sabias ilustraciones, cada una de ellas un poema de glorificaciones populares, un álbum con atinados textos, camineras y gárgolas, restos arqueológicos y personas vivas, la expresión fotográfica de las ideas, lo que parece flotar en el ambiente y que se conserva en pequeños objetos y profundos recuerdos, ancestrales reminiscencias como la expresión gráfica visible de cosas invisibles como el dance de Santa Orosia y personas como Caro Baroja, el equipo de “Raíles y traviesas” y la memoria de largas conversaciones, el capricho de simbolizar un alma infantil y ancestral del centro y la comarca en Pedrón, personaje entrañable, misterioso, travieso y escondido, pero presente; las hogueras de San Sebastián, iglesias románicas o mozárabes, robles sanadores como los que remediaban las hernias infantiles con San Juan por en medio en la noche desu víspera, espanatabruja, y protecciones para proteger que la levadura creciese como Jesús creció en el vientre de María y viejos documentos de casa de Osábal, camineras y ruecas y sobre todo hombres, y la hermosa simbiosis de bestias y matas y árboles, del paisaje grandilocuente, duro y grandioso del Pirineo e íntimo de florecillas en los cementerios. Y una entrañable colección de la alacena de la yaya y humildes artefactos que reflejan la vida diaria y la heroica lucha para subsistir y conservar la esencia en un medio hostil y al mismo tiempo entrañable. Y la resurrección de edificios, lugares, cocina, tradiciones. Le conviene al museo el lema de un centro americano “parva non pereant!”. Que no se pierdan las cosas pequeñas, sobre todo cuando lo diminuto es gigantesco, porque el museo del Puente es un canto épico con Aragón y sus hermosas gentes como tema.
Si fuéramos justos dedicaríamos un homenaje multitudinario a Amigos de Serrablo, al museo de Sabiñánigo y a las gentes que pueden simbolizarse en el equipo que preside estas líneas.
Tengo un voto que procuro escatimar pero que hoy y aquí viene como anillo al dedo, “vivat, crescat, floreat”, es decir, que no sólo pervivan las buenas cosas y las excelentes gentes, sino que crezcan y que den las flores y los frutos como el museo que comentamos y al que se refiere el precioso librito que nos ha servido de tema para estas líneas.
Publicado en el Heraldo de Aragón el lunes 20 de febrero de 2006