No es fácil tratar asuntos en los que se cruzan y trufan sentimientos localistas, legítimos o no, con criterios y conceptos de mayores vuelos, entendidos desde el presupuesto aceptado mayoritariamente, de que la cultura es patrimonio común del género humano; y no lo es, porque en esa inevitable colisión dialéctica, casi siempre conflictiva, unos aspectos se suelen utilizar sobre, o contra, otros desde posturas subjetivas no superadas. Rara vez los resultados finales de estos encuentros son ejemplos de objetividad, de generosidad, ni de grandeza.
Aragón ha sido un colectivo humano ejemplar, desde el punto de vista de la valoración, sin ópticas deformantes, de su pasado histórico, de su arte y de su cultura; en esta vieja tierra esos conocimientos tan amados, no se han contaminado, a pesar del aprecio íntimo, con posturas radicales, ni exclusivistas, ni falsificadoras de hechos y categorías. Fenómeno frecuente en otros lares, donde es manoseada bochornosamente no solo la historia, sino también la geografía fronteriza, los nombres de las dinastías y de las comarcas, e incluso la viva realidad, ante la mirada atónita del resto de ciudadanos españoles.
Aquí nos hemos librado de esa nostalgia de la barbarie, de la que hablara el filósofo Gustavo Bueno, al tratar de ciertas ideas localistas, que suelen ser indigestas y reaccionarias, aún cuando se nos sirvan desde bandejas supuestamente progresistas. La cultura asume el hecho primitivo ancestral - ¿por qué no mítico?- de diversas maneras, pero siempre con la ilusión de incorporarlo al redil civilizador de su orden racional. Este presupuesto plausible, aunque ingenuo, acaba a veces convertido en ese lobo wagneriano que abatirá las empalizadas de la razón y devorará los tiernos corderos de la libertad.
En Aragón, por ahora, nos hemos librado de los rostros mas siniestros de esa domesticación imposible de la barbarie primordial, que termina apoderándose de la cultura oficial y ofreciendo a cambio de la libertad tangible, el humo de su mercancía exclusivista y falseadora de la historia. Aún no se ha entronizado entre nosotros el estandarte de la “buena gente“, del hecho nacional inapelable, del nuevo dogma que sirve tanto para excluir al externo impuro, como para enriquecer a los oficiantes de la nueva ortodoxia, que persiguen a los disidentes en su territorio y a todo aquel que dude de su catecismo.
Estos tiempos confusos no tienen por qué ser valorados desde posiciones apocalípticas, hay que confiar en el sentido común; la simple vida arrastra problemas, que la inmediatez agranda, pero que el paso del tiempo devuelve a su mezquino tamaño real, sin mayores padecimientos sociales.
En el Alto Aragón, tierra olvidada donde las haya, hemos tenido la fortuna de contar con figuras excepcionales, tras la inicial de Costa, que supieron defender nuestra cultura y que dejaron una brecha abierta en roca viva, que no será ya abandonada, pues otros ya la siguen labrando.
Durante la segunda mitad del siglo XX, o desde la posguerra civil, tres sacerdotes y un hombre del pueblo supieron defender, desvelar e iluminar la cultura del viejo Aragón, con un trabajo humilde, serio y constante; cada uno de ellos partiendo de matices y acotaciones territoriales que en nada empañaron la grandeza generosa de sus esfuerzos: Antonio Durán, Manuel Iglesias, José María Leminyana y Julio Gavín. No formaron un equipo, ni estuvieron juntos, el grado de sus contactos quizá no fuera excesivo. No disfrutaron de cátedras universitarias, ni de plataformas de poder oficial. Pero desde sus humildes labores individuales, supieron dar forma, y en cierto modo lograron resucitar del sueño cataléptico a un gigante dormido, que estaba esperando sus manos amorosas para volverlo a alzar y lo dieron a conocer desde el olvido antiguo en que yacía. Ese gigante roto en muchos fragmentos era nuestro arte, nuestra historia, nuestra arquitectura, nuestra etnología, en fin: las múltiples formas de nuestra identidad como colectivo histórico aún vivo, que tanto la miseria física y moral, como el abandono secular casi nos habían arrebatado. Sin su esfuerzo estaríamos desnudos.
Ahora se nos ha ido Julio Gavín, el hombre arrojado que no cejó en capitanear un esfuerzo colectivo serrablés, que está aquí, para siempre ya, materializado en edificios singulares reconstruidos o consolidados, salvados para nosotros y para las generaciones futuras. El empuje de Julio abarcó amplios aspectos culturales del pasado y del presente de su tiempo, que es el nuestro, y los supo asir para la memoria, antes de que la vida rural se nos esfumase calladamente, como siempre ocurre con el testimonio sobrio de los humildes.
Julio, este hombre ejemplar, con su carpeta de preciosos dibujos bajo el brazo, y la plomada de piquero -albañil en la mano, nos deja el recuerdo vivo, por imperecedero, de la gran figura que llegó a ser, serio y adornado de virtudes, con su titánico tesón, a quien echamos en falta de todo corazón.
Javier Sauras
Escultor. Académico de Número de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza.
Plasencia del Monte - (Huesca), 7 de agosto de 2006.