“Es un mundo tan especial el que descubre. Además, no es preciosista, todo es profundidad e intensidad. Tiene un aliento espiritual. Cuando ves a alguien así de grande es cuando te preguntas ¿y yo qué? Y piensas que al menos tienes la suerte de poder apreciarlo”
Carmen Laffón, pintora
Nos conocimos casualmente en un lugar de Serrablo del que me acordaré siempre. No sabía la obra que llevaba a las espaldas esta persona que hacía bocetos y que me hablaba con una curiosa mezcla de orgullo, impotencia, pena y rabia sobre tantos prodigios de la arquitectura popular que, tanto allí como a pocos kilómetros a la redonda, se estaban cayendo o lo iban a hacer irremisiblemente en los años siguientes. Podría haberme hablado de lo mucho que él y sus incondicionales habían salvado con tanto cariño, esfuerzo y dedicación. Pero no, el tiempo no se detiene ¡y siempre queda tanto por hacer...! Eso no fue hace muchos años, apenas llegan a la decena. Sin embargo, con estas personas da igual un día que cien años. Desde el primer momento se percibe su fuerza, su decisión, su tesón. Auténticas personalidades. Personas que HACEN cosas. Que no sólo convierten sueños en proyectos sino que plasman esos proyectos en realidad...y entonces es cuando los demás nos damos cuenta de que realmente era posible. Personas con la fuerza de mil hombres. ¡Tan distintas de aquellas que siempre se quedan en lo que van a hacer, van a hacer, van a hacer...!
Quedamos para comer en Larrés la próxima vez que pasara por Sabiñánigo y enseñarme “su” Museo del Dibujo de Larrés. Eso hicimos. Me presentó a Javier Arnal, otro “pata negra”. Desde entonces, cuando disponía de tres o cuatro días libres, el destino estaba claro: Sabiñánigo. Las mañanas para andar, las tardes con Javier y las noches en casa de Gavín. Largas noches de invierno, siempre en compañía de una o más personas nacidas y criadas en pueblos deshabitados de Serrablo. Muchas ya desaparecidas físicamente pero presentes en la memoria y en el corazón. Como “Pepito”Buisán, del que alguien dijo que sería algo parco en palabras y que, para nuestra sorpresa, estuvo hablando durante cinco horas ininterrumpidas (literalmente) sobre la vida en Escartín.
Cinco horas que parecieron cinco segundos. Como los siglos en Sobrepuerto. Julio debió percibir que me había impresionado particularmente el relato de Buisán ya que me puso en contacto con José María (“Ferrer” de Escartín) y, desde entonces, esa zona tan peculiar se ha convertido en toda una pasión.
Pero hace dos veranos, fui yo el que llevó un invitado especial a su casa: Antonio Bellostas, de Casa Banastón de Naval, más conocido por estos lares como “Mamón”, uno de los últimos arrieros del Alto Aragón y ya camino de los cien años. Fue una visita con una gran carga simbólica. Años atrás, había conocido a varios arrieros de Alquézar (el entrañable Pedro de Casa Jabonero, Fabián...) y Naval (el propio Antonio, Cardelina, Perús, Casolas,...). Conocer al primero fue todo un acontecimiento personal y luego ya busqué y conocí a los demás. Hicimos muchos viajes en el tiempo. Me invitaron a montar en sus caballerías y a conocer los pueblos de Sobrepuerto y la Guarguera cuando estaban habitados y había un trasiego constante de gente por los caminos. Ellos fueron los que me condujeron al sitio donde conocí a Julio, cuando ya casi todo eran ruinas. Por eso, fue una auténtica satisfacción personal ser testigo del encuentro entre Antonio y Julio, quien no hizo ningún esfuerzo en disimular la satisfacción que le estaban proporcionando las historias del arriero.
Los últimos meses han sido duros y se han llevado a muchos protagonistas de la vida de ese Serrablo que prácticamente cerró sus puertas allá en los años 60. Ahora, un golpe particularmente duro: Julio Gavín, el faro de referencia, el aglutinador, el motor, la cabeza visible de un esfuerzo colectivo... y, por supuesto, el amigo. ¡Me ha costado tanto escribir estas pocas palabras cuando pensaba que sería tan sencillo! Pero, al hacerlo, he vuelto a conversar con él, con Javier, con Pilar Felipe (hija de Pedro de Alquézar), con Manolo Oliván, (el herrero de Fiscal y natural de Cortillas), con Jacinto Broto (del Mesón La Fuebla), con Luis Fernández (maestro de Basarán), con Paulino de Ibirque... y ha sido emocionante y reconfortante. Gracias otra vez.
Como dice un antiguo libro hindú “nunca hubo un tiempo en el que tú o yo no existíamos. Ni tampoco habrá ningún futuro en el que dejemos de existir.” Y debe ser verdad porque, por lo que a mi concierne, sigues más vivo que nunca.