Sabiñánigo era bien conocido por todas las gentes de la montaña, a cuyos comercios acudían periódicamente a comprar los productos que necesitaban para su vida cotidiana, a trueque de los que ellos disponían, o bien a tomar el tren que les trasladaría a la tierra llana. Años más tarde, al producirse el masivo éxodo rural, se convertiría en el hogar principal de acogida de muchas familias de montañeses, que se sintieron atraídos por unas mejores perspectivas de vida: trabajo en las fábricas, salarios, servicios, comodidades… Atrás dejaron muchos pueblos deshabitados, otros diezmados, quedando a merced de los elementos una valiosa arquitectura popular y una cultura tradicional amasada a lo largo de siglos. Pasado un tiempo, asentada y sedimentada la población, comenzó a fraguarse la idea del "rescate" de las manifestaciones de la cultura popular, para evitar que sucumbiese para siempre bajo los pedregales y la vegetación, que avanzaba de forma implacable.
En este ambiente de ilusión encajaríamos la enorme personalidad de Julio: comprendió que era el momento oportuno, que todavía se podía hacer algo, pero había que ponerse manos a la obra cuanto antes, porque el tiempo acechaba…, y supo aglutinar a un grupo de personas que compartían los mismos ideales para llevar a cabo una gran tarea. Desde Amigos de Serrablo, o como ciudadano de a pie, no regateó esfuerzos para conservar la memoria del mundo rural circundante, buscando y gestionando los medios para recuperar más de veinticinco iglesias y ermitas, y organizar el Museo Etnológico, como un verdadero muestrario de una cultura desaparecida.
En este sentido su obra ha sido inmensa, no sólo ondea por los cielos de Sobrepuerto, Ballibasa, la Galleguera y la Guarguera, sino que sus ecos han traspasado los límites del Alto Aragón y figurará para siempre en los anales de la historia de estas montañas. Julio es la memoria de todos los que un día nos fuimos de los pueblos de origen, que los abandonamos físicamente, aunque el recuerdo siga vivo en nuestro ser. Por todo ello le estamos muy agradecidos y le dedicamos un emotivo epitafio, grabado en las duras rocas de esta tierra: JULIO, LA MEMORIA.
Como los grandes emprendedores, no se contentó con consolidar y mantener la obra anterior, sino que se embarcó en la realización de otro proyecto, si cabe más original: la creación del Museo Nacional de Dibujo en el castillo de larrés. En mi opinión, le condujo a ello su indudable vocación artística y su intuición de la metamorfosis que se iba a gestar en el área de Sabiñánigo (salir del exclusivismo fabril al sector turístico y de servicios), de la que le consideramos visionario y precur sor. Sólo él podía imaginar, con su altura de miras, la trascendencia que esta obra ina a tener para toda la zona.
Cuando un buen amigo se va, siempre tendemos a rememorar los momentos más destacados de esa dilatada amistad, haciendo especial hincapié en el cuándo y cómo se inició. Han pasado más de veinticinco años, desde que nos pidió nuestra humilde colaboración para la revista SERRABLO, que con tanto mimo cuidaba:
-Para qué quieres esas notas en casa, pásalas a máquina y mándamelas para el boletín…
Coincidimos en muchas ocasiones, en su casa o en el Museo de Dibujo. Siempre le vimos cargado de ilusiones, de proyectos y de sabios consejos. En la última conversación le pregunté por la iglesia de Otal:
-Si hubiese una pista para llevar los materiales y el personal, podríamos rehabilitarla, pero con los accesos de hoy en día, imposible, -me contestó.
Sentimos que te hayas ido, Julio: tu espíritu planeará siempre por estas montañas, entre las obras que has construido. Las personas que han crecido a tu alrededor en la Asociación las van a continuar. Estamos seguros que donde te encuentres estarás dibujando los planos y alzados de Sobrepuerto, cuyas medidas hace bien poco nos pediste. Gracias por mantener viva la llama de la memoria de nuestra querida tierra, por la proyección que le has dado y por tu amistad.