Julio Gavín, más allá del recuerdo y el elogio

Imagen de Chaime Marcuello Servós

Una excepción

Érase una vez un rincón de un planeta en el que casi nadie se había fijado. Quienes allí vivían sabían poco de su historia y menos de sus cosas. Apenas se habían preocupado de lo que habían sido sus mayores, ni de lo que podían ser ellos mismos. Era un punto más del universo donde la vida pasa sola, como sin rumbo. Eran viajeros a la deriva de sí mismos, sin más afán que superar y sobrevivir a las abundantes escaseces de su tiempo.

Lo cual, seguro, ya era suficiente. Al fin y al cabo, lo esencial de estar vivos quizá no sea mucho más… O como decían los del país: "bastante será llegar a mañana". De hecho, sentir que se vive es darse cuenta de la precariedad, de la finitud, de la poderosa impotencia de la vida. No terminamos nunca de ser autores radicales de las cosas que nos pasan, como mucho las podemos contar, explicar, narrar… Rara vez escribimos con trazo fuerte sobre el papel en blanco de nuestro día a día.

Sin embargo, incluso en los lugares más escondidos, hay individuos que son capaces de tomar la rienda de su tiempo. Escriben un rumbo a medida que se encargan de su mundo, llegando incluso de transformar lo que encuentran. Son capaces de crear y modelar lo que parece que se impone de suyo. Por eso mismo, resultan excepcionales. A unos se les considera héroes, a otros locos, artistas, genios… o, simplemente, raros. Y son raros porque no se conforman con lo que hay, con repetir como autómatas. Lejos de sentarse en su rincón a ver pasar las horas deciden ponerse manos a la obra. Rompen con la pereza, abren rutas nuevas, reinterpretan lo que parecía adocenado o reconstruyen lo que estaba en ruina.

Julio Gavín ha sido una de esas excepciones. Su rasmia y empenta han sido de tal magnitud que es difícil explicar. Algo se entiende al mirar sus obras. No es exagerado decir que ha sido uno de los principales impulsores y motor de Serrablo. Nos puso en el mapa y dotó de dignidad, respeto e identidad a una comarca donde las conquistas alcanzadas hacen difícil imaginar cómo era esto antes.

Unos recuerdos.

La primera vez que recuerdo una conversación con Julio es en mi infancia. Fue en el club Parroquial de Cristo Rey. Dentro de las actividades que entonces se realizaban -principio de los 70- nos enseñó lo que era coleccionar monedas y sellos. Fueron unas pocas sesiones de las que recuerdo fundamentalmente la meticulosidad de quien se preocupa con mimo y esmero de hacer un trabajo. Coleccionar no era sólo acumular cosas para guardarlas, tenían un porqué, un cómo y un para qué… Lo cual impresionaba entonces y contrasta más, si cabe, con estos tiempos actuales de opulencia y derroche. Después de aquellas pocas reuniones, ya no volvimos a coincidir.

La segunda ocasión que escuché, pasivamente, a Julio fue en la inauguración del Museo de Artes Populares de Serrablo. Allí, de la mano de mi padre, palpé la sorpresa de rescatar lo propio. Tras las palabras iniciales del acto comenzó el paseo por un mundo de trastes próximos, aunque lejanos. Sin embargo para mi padre era otra cosa, estaba en su mundo. Me explicaba con detalle sus vivencias a partir de unos objetos que parecían rescatados de las falsas y casas perdidas. E incluso nos sentíamos parte de ello por un par de toallas de las de antes que donó mi abuela. Ese museo etnológico suponía rescatar del desprecio aquello que constituye parte de los elementos vertebradores de una cultura. Las cosas que en muchos de los lugares de este país se habían ido destruyendo, tirando y abandonando parecían cobrar una posición en el mundo. Alcanzaban un rango distinto. Merecía la pena cuidar y tratar con cariño lo que hasta hace nada se perdía. Y eso ya lo había comprobado al ver cómo se recuperaban paredes espaldadas, camino de la ruina total, de las iglesias que ahora decimos de la ruta de Serrablo.

La tercera oportunidad surgió de un modo muy distinto. Fui directamente a ver a Julio en una de las exposiciones que se presentaban en la Sala municipal de Arte. Y esto fue tras una discusión en clase de literatura de segundo de BUP con la profesora, doña Blanca. Ella nos explicaba que el aragonés era un dialecto del español y, en mi caso, le insistía en que no. Que es una lengua románica, hija del latín, etc, etc. Discutimos sin ponernos de acuerdo sobre el origen del aragonés, sobre sus características propias y para rematar, me terminó diciendo: -mucho hablar de defender el aragonés, pero hacer hacer no haces nada… más valdría que hicieras algo como los de Amigos de Serrablo. Sirvió como acicate y gracias a ella empecé. A partir de la conversación con Julio fui participando en algunas salidas en las mañanas de los sábados y en algunas otras pequeñas tareas. Las primeras fueron a restaurar la iglesia de Allué, desbrozando barzas, picando, tirando piedras… Aprendiendo a descubrir lo que tenía a lado. Guardo en mi memoria muchas anécdotas compartidas también con otros entrañables compañeros, de ellos destaca especialmente Javier Arnal. Seguí después haciendo encuestas y recogiendo dichos, romances y tradiciones populares. De Julio siempre recordaré su capacidad para trabajar y para animar a implicarse con la asociación y con Serrablo. Pero también su receptividad -para escuchar propuestas, ponerlas en su sitio, añadiéndoles sentido común- y también su creatividad -para proponer retos, trabajos, desarrollar ideas-. Un ejemplo de lo primero fue la participación de la Asociación en la primera convocatoria de los premios Ford en España. Le llevé a Julio el recorte de una revista con el anuncio de los premios y después de darle vueltas con Javier, se presentó la candidatura y se ganó el premio. Ejemplo de lo segundo han sido distintas tareas de investigación. La más provechosa, el estudio sobre la persona y la obra de don José Pardo Asso. Otra que -todavía tengo pendiente, los herreros en Serrablo. Empecé en el verano de 1981. He ido acumulando materiales en sucesivas fases sin haber terminado de cerrar el tema sabiendo que Julio tenía ya muchos dibujos para ilustrar el texto… Que terminaré. Pero también fueron unos regalos impagables, -en mi época de estudiante en Madrid-los encargos de Julio para recoger obras de distintos artistas. Eso me permitió conversar y conocer a algunos de los autores con obra en el museo de Dibujo.

Desde esa tercera vez las conversaciones con Julio durante estos años han sido muchas. En mi caso, he aprendido más de lo que puedo ahora explicar. Tengo la sensación de tener todavía preguntas por plantear y cosas nuevas con las que trabajar. Algo que siempre admiré de Julio era su capacidad para innovar y desarrollar… pero también para mostrar con su quehacer cotidiano un modo de estar en el mundo.

De la praxis a la teoría.

Precisamente, a partir de su praxis singular se pueden esbozar unas cuantas cuestiones teóricas que están latentes a la espera de ser conceptualizadas. Si bien no hicimos nunca una reflexión explícita de estos asuntos, algunas de estas cosas las hablamos e incluso discutimos resultados de algunos puntos. Eso sí, Julio siempre puso los ingredientes para plantearlos en distintos campos.

En primer lugar, el desarrollo de una teoría sobre lo público y de las cosas comunes se puede mostrar con una claridad meridiana a partir de los trabajos de Julio Gavín. El espacio público no es propiedad de nadie, pero si que nos corresponde a cada uno, a mí en particular una obligación, una tarea, un ejercicio responsable por cuidar el patrimonio, por hacer bien las cosas para disfrute de todos. Véase las restauraciones de las iglesias, el rescate de los materiales etnográficos, la pasión por mostrar el dibujo a quien quiera verlo… Se insertan en un modo de concebir las cosas comunes y la vinculación personal con ellas. Donde no sé le pide a la Administración que lo haga todo, sino que se le muestra cómo cooperar con la sociedad civil para hacer bien las cosas.

En segundo lugar, la aportación de Julio en y con Amigos de Serrablo es una muestra relevante de lo que se llama creación de capital social. De hecho, hemos analizado parcialmente el caso en un estudio sobre este tema y se confirma. Los valores intangibles con los que se construyen las redes sociales se perciben de manera directa a través de la biografía de Julio Gavín. La creación de capital social de una comunidad pasa por la cooperación, por la confianza y por la creación de redes. Todo esto siempre articulado y concretado en personas. Si uno mira las aportaciones y el modo de trabajar de Julio encuentra en ello una referencia paradigmática con la que responder a las teorías de qué es el capital social y cómo se crea. En su caso se contrasta perfectamente la diferencia entre los que insisten en el carácter acumulativo y los que lo consideran un proceso constante.

En tercer lugar, ligado con los dos anteriores, la forma de gestión y de liderazgo de Julio en la asociación Amigos de Serrablo también se puede tomar como referencia en lo que respecta a la vida de las organizaciones sin ánimo de lucro. Nuestra asociación, pero sobre todo el trabajo de Julio, es un ejemplo para muchas entidades de este tamaño y características. Dicho esto en su conjunto. Aquí es muy interesante revisar las partes oscuras, que también las hay. Es decir, visto en términos globales el balance de gestión es sobresaliente. Pero aparecen dos problemas por resolver. Uno que hablamos infinidad de veces es la renovación generacional. Julio decía: chico no sé cómo hacer para que se apunte algún zagal joven más. Otro, es la reflexión sobre los modelos de liderazgo. En su caso, fuerte y activo, capaz de aglutinar personas y esfuerzos de manera prodigiosa. Ahora tenemos el reto de asumir su herencia y continuar el esfuerzo de las décadas pasadas.

En cuarto lugar, como corolario, a la hora de pensar sobre el voluntariado y las vinculaciones de las personas a las asociaciones, fundaciones -o como tiende a decirse, ONG- la forma de trabajo de Julio se manifiesta como una pauta de comportamiento cada vez más difícil de encontrar. Hay una gran dosis de utopía y de desafección por el lucro, por la mercantilización de las actividades personales. Su tiempo y su dedicación hilvanaban un hilo conductor con el que se puede elaborar un modelo teórico de organización.

En quinto lugar, la apuesta de Julio por la cultura y el arte, la investigación y el estudio riguroso permiten elaborar un reflexión sobre el peso que se da en nuestra sociedad a esos elementos que hacen que la vida de los sujetos vaya más allá de las trivialidades y del espectáculo… sean del futbol, de los coches de carreras o de los cotilleos de la llamada prensa del corazón. Quizá, en esto Julio se sentía cada vez más distante de lo que mueve al público… que en muchas ocasiones parece una masa invertebrada movida por impulsos adocenantes. Lejos de ese mundanal ruido construía el castillo de Larrés como hito para albergar su pasión por el dibujo.

En sexto lugar, Julio ha sido un gran coleccionista, una persona meticulosa hasta el detalle que ha sido capaz de crear colecciones que transcienden su propia persona. Véase lo que supuso en su momento el museo de Artes Populares y lo que es la colección de dibujos del Castillo de Larrés. Pero si uno ve cómo se han ido creando esas colecciones encuentra toda una fuente para pensar sobre los procesos de seducción, la puesta en práctica de las convicciones personales, la fuerza de voluntad y la capacidad de crear empatía… ¿cómo es posible hacer un museo de esta categoría sólo con donaciones? ¿qué procedimientos, que artes hay dentro de tanto arte? Julio también era un artesano de las relaciones personales, prudente, cauto y, sobre todo, montañés. Constante y tenaz con los propósitos que se marcaba.

Por último, en séptimo lugar, si se ven los dibujos a plumilla, los planos, las ilustraciones, los detalles en las restauraciones, los carteles, las portadas… su propio espacio vital rezuma todo una forma de entender la vida conectada a la belleza. Hay un compromiso permanente con el trabajo bien hecho y con el conocimiento personal de los límites. Más de una vez llegué a Julio a contarle una propuesta para hacer ya… a las cuales siempre ponía en su sitio tras medir las fuerzas: porque si vamos a emprender algo tenemos que hacerlo bien. Ese equilibrio de voluntad, disponibilidad y tesón han estado siempre conectados a esa meticulosidad ya nombrada que apuesta por una pasión por la belleza de las cosas.

Habría más y tendría que profundizar más en los esbozos apuntados, pero ya será otro el momento y la oportunidad.

Al atardecer…

Dicen que las lechuzas vuelan cuando se pone el sol. Al atardecer, al final del día, cuando ya las cosas han pasado y han cuajado. Entonces mueve sus alas el ave de la sabiduría. Es a posteriori cuando podemos evaluar lo que somos, lo que hemos hecho y las cuentas que tenemos pendientes. En este caso, a Julio le quedaban muchos proyectos por hacer, por soñar y por seguir impulsando. Pero es tanto lo que ha realizado, lo que nos ha hecho hacer a tantos y lo que nos ha aportado a todos, que probablemente estará descansando satisfecho por la obra bien hecha. Quizá se haya encontrado con Javier y juntos estén empezando a restaurar algo allí en donde estén, recogiendo materiales para alguna exposición, editar algún libro o vaya uno a saber. Se habrá encontrado con Ramona que le habrá puesto en su sitio y le habrá sonreído como siempre.

Ahora Julio ha dejado de ser mortal, para habitar nuestra memoria. Nuestra tarea es tomar el relevo y seguir haciendo camino por las muchas sendas que han quedado abiertas. Julio seguro que seguiría apostando fuerte por trabajar cada día un poco y seguir haciendo.