Julio Gavín en la memoria

Si la memoria no falla, creo que corría el año 1980 cuando conocí a Julio Gavín, cuando pude quedar con él en Sabiñánigo con la idea de entablar sana conversación y de hacerme socio de Amigos de Serrablo. Yo iba con el respeto que me infundaba su persona, casi con devoción hacia la misma y, sobre todo, con -pensaba- mucho atrevimiento. Una osadía -seguía pensando, erróneamente- por parte de, por entonces, un mocoso que ansiaba conocer al cabeza visible, a quién para mí y dado mi desconocimiento de otras alternativas, representaba a Amigos de Serrablo. Unas ansias por conversar, aunque fuera por poco tiempo, con él y, de paso, pasar a formar parte de la Asociación.

Pero he dicho que tenía una concepción errónea. Y así fue. Porque lejos de encontrarme a una persona distante, inalcanzable, me encontré con un hombre afable, cercano, animoso, que llevaba y sentía entre sus huesos la labor que con otros estaba desarrollando en la comarca de Serrablo, con ganas de hablar de todo ello y, por supuesto, de sumar esfuerzos para seguir adelante con la tarea iniciada aún no hacía diez años.

Recuerdo que regresé a Zaragoza, lugar donde vivo desde que mis padres tuvieron que dejar atrás -imperativos de la vida y de esos años- sus -y mis- pagos tensinos, pletórico de alegría por haber entablado sana conversación con Julio y por pertenecer, a partir de ese instante, a Amigos de Serrablo. Aun es más. Fue el propio Julio, dados mis escasos recursos por aquel entonces, quien me facilitó el modo de regresar al presentarme a los entonces -no sé si ahora- propietarios del restaurante Serrablo de la capital aragonesa, quiénes se habían acercado también hasta Sabiñánigo una vez más para compartir unas horas con Julio, y a quiénes éste les pidió que me llevaran en su coche hasta Zaragoza, a donde llegamos ya bien entrada la noche.

Ésa fue la primera vez, para siempre grabada en mi memoria. Como también lo está la figura, sus ideales para preservar un rico patrimonio y la calidad humana de Julio Gavín. Pero no sería la última. A partir de entonces se sucedieron una tras otra. Numerosos y continuos encuentros para preparar las más diversas actividades de la Asociación, acompañados también de personas y miembros de Amigos de Serrablo tan notables y fundamentales en la misma como Javier Arnal, Pepe Garcés o -entre otros- Enrique Satué, a quienes fui conociendo -casi de una tacada- en esos sucesivos encuentros.

Consecutivos reencuentros para preparar una exposición de la Asociación en el Centro Pignatelli o para dejar objetos del Museo de Serrablo para una muestra de artesanía tradicional en La Lonja, ambos en la capital zaragozana. O en diversas conferencias y proyecciones, siempre con la labor de Amigos de Serrablo como hilo conductor. O para preparar, junto con Enrique Satué y Pepe Garcés, el catálogo del Museo de Artes Populares de Serrablo. O para acompañar por tierras serrablesas, en un día inolvidable y contando con la grata presencia de Jesús María Alemany y Pepe Garcés, a José Luis López Aranguren. O por ese fantástico dibujo de Julio, otra de sus ponderadas habilidades, que me regaló y que cuelga en las paredes de mi casa, y que -no podía ser de otra forma- me trae a la memoria su figura, sobre todo en un buen ramillete de días, de tardes, en el estudio de su casa de Sabiñánigo, contemplando sus dibujos o viendo -disfrutando- cómo los plasmaba sobre el papel. O por tantas cosas y proyectos que quedan en la memoria, entre los recuerdos. Esos recuerdos, esos encuentros, también inolvidables, relacionados con los distintos y consecutivos proyectos de restauración de las iglesias del conjunto serrablés. En especial la de Allué. En ese año en el que, prácticamente todos los fines de semana, nos juntábamos el grupo de Sabiñánigo con el proveniente de Zaragoza para, así, recuperar esta bella iglesia románica, que se engalanó con las gratificantes sorpresas que deparó dicha intervención. Allí, a lo largo de ese tiempo, se fue recuperando este edificio. Pero allí, a la par, se hablaba de futuro y de nuevos proyectos, y -sobre todo- se entabló una bella y profunda amistad entre buena parte de los que allí estuvimos que ha perdurado y perdurará pese al paso, inexcusable paso, del tiempo.

Así, con Julio Gavín siempre como alma y motor de la nave, recordaremos las incontables horas recuperando, codo a codo, mano a mano, las diversas iglesias de ese conjunto serrablés único, el empeño personal por rescatar la cultura material de una forma de vida que se desvanecía y que se presentaría -y se presenta- en el incomparable marco de Casa Batanero, su afán por crear un museo único como el de Dibujo del Castillo de Larrés, las numerosas actividades y conferencias que llevadas por su entusiasmo ofrecía en todo lugar que se lo requiriera, o esa voz impresa mantenida año a año, que tiene por cabecera Serrablo.

Un amplio bagaje el conseguido gracias a la persona que llevaba el timón, a Julio Gavín. Ese amplio bagaje que se inició allá por los primeros instantes de la década de los años setenta del pasado siglo. Un descomunal elenco de realizaciones materializadas al amparo de una asociación también singular, Amigos de Serrablo. Ésa que animó a crear su inseparable amigo Antonio Durán Gudiol y de la que Julio ha sido el alma matér, el referente y la principal figura, que habrá que seguir manteniendo en su memoria y como el mejor homenaje que se le puede tributar.


Como apuntaba en un artículo publicado el 13 de junio en el Diario del Altoaragón, con su desaparición, las tierras de Serrablo se han quedado huérfanas al perder a uno de sus principales mentores y difusores. Amigos de Serrablo también se ha quedado huérfana, al perder a esa figura que dio todo por la misma y por los pueblos en los que trabajaba. Todos, sin ninguna duda, nos hemos quedado un poco huérfanos. Pero, al menos, recordaremos los inolvidables momentos vividos junto a su persona. Y, sobre todo, mantendremos su memoria, la de Julio Gavín Moya, a través de su singladura, de sus incontables proyectos y, cómo no, de su siempre dispuesta y entrañable persona.