En recuerdo de Julio Gavín

Recuerdo perfectamente la primera vez que ví a Julio Gavin. Fue allá por el año 1977, en una reunión de asociaciones de defensa del patrimonio que organizaba Hispania Nostra. Amigos del Serrablo llevaba varios años de funcionamiento a sus espaldas y había realizado ya una ingente labor de recuperación de iglesias en el Serrablo altoaragonés y la Asociación de Amigos del Monasterio de Santa María la Real que yo presidía se acaba de fundar. Julio Gavin fue la persona que más me impresionó de todos los participantes en aquella reunión. El Julio que yo conocí era entonces un muchacho de cuarenta y pocos años. Allí surgió una amistad a primera vista. Caminábamos en la misma dirección, (Julio iba bastantes kilómetros por delante) pero nos guiaban los mismos anhelos: salvaguardar y poner en valor nuestras raíces, el patrimonio de nuestra tierra. Aparte de un extraordinario dibujante, era para mi todo un ejemplo de bienhacer, de generosidad, de laboriosidad, de clarividencia, de tesón y de patriotismo.

He seguido de cerca todos sus logros: la restauración de iglesias, el Museo de Artes Populares y el Museo del dibujo en el Castillo de Larrés, he acudido a su llamada siempre que he sido solicitado y he sentido como propios sus pérdidas y sus dolores y también como propios sus merecidos premios y condecoraciones.

La última vez que vi a Julio Gavin fue en el otoño del 2005, con motivo del rodaje del episodio de las Claves del Románico correspondiente al Serrablo. Yo atravesaba el momento más difícil de mi vida por culpa del cáncer que acababan de detectar a mi hija Marta y que al poco acabaría con su vida. Sacando fuerzas de flaqueza viajé a Sabiñánigo. Julio compartió mi dolor y mis temores y me dio todos los ánimos que podía darme en una situación tan desesperada y que la conocía perfectamente por haberla vivido repetidamente en sus seres más queridos. Pero a pesar de todo, la entrevista con Julio fue memorable, el colmo de la sencillez, de la claridad, del sentido común. No sabía que al despedirme de mi amigo lo estaba haciendo por última vez.

Pocos días después de su muerte tuve que sonorizar ese episodio televisivo, que será un homenaje a Julio y a sus Amigos del Serrablo, y no pude por menos de emocionarme viéndole tan vivo y chispeante como siempre había estado. Habían pasado casi treinta desde que nos vimos por primera vez y Julio seguía siendo el mismo de siempre: un muchacho de poco más de setenta años.

Julio vivirá para siempre, no solo en el afecto y en la memoria de los que tuvimos la suerte de ser sus amigos, sino también en la materia. Mientras sigan en pié darán testimonio de Julio todas las iglesias que resucitó de la ruina y del olvido y mientras cuelguen dibujos en las paredes del Castillo de Larrés dirán a los cuatro vientos que Julio Gavin recorrió los estudios y los despachos de los artistas gráficos para hacer una colección antológica que sin pretenderlo recordará su nombre en los siglos venideros.

Verano de 2006