El hombre que dibujaba para los demás: Último adiós al Presidente de Amigos de Serrablo

Publicado en la Sección de Cultura del Diario del AltoAragón, el miércoles, 14 de junio de

Hace ya bastantes años que por todas las escuelas de Europa corre un librito ejemplar. Lo escribió Jean Giono y cuenta la epopeya de un hombre humilde, de un pastor que con su idealismo cambió la faz áspera de un rincón de la Provenza abrasada por la despoblación y el Mistral.

Se llamaba Elzeard Bouffier y murió pacíficamente en 1947 en el hospicio de Banon. El título del libro, ‘El hombre que plantaba árboles’. Y su obra, el haber cambiado el paisaje de una tierra consumida por la erosión a costa de sembrar todos los días de su vida, mientras cuidaba su rebaño, cien bellotas selectas y remojadas el día anterior. Así nacieron los robledales de aquel rincón de Francia, así se humedecieron sus cielos, brotaron vetas de agua y pudieron renacer algunos de sus pueblos semiabandonados; por el tesón de un hombre idealista y humilde.

Esta es la historia conocida, pero hace escasas horas se acaba de cerrar otra parecida, al pie del Pirineo y de los días de San Juan, que también entusiasmará a los educadores que la descubran.

La ha gestado durante muchos años Julio Gavín, un obrero delineante, jubilado, de las fábricas electroquímicas de Sabiñánigo, nacido hace casi ochenta años.

El Julio inquieto creció a la par que esta población inventada, hecha al amparo de la llegada del ferrocarril y las empresas. Y como ella, él también se hizo a sí mismo en una carrera apasionada por lograr la identidad cultural que todos las poblaciones y humanos merecemos.

Como siempre ocurre, en el micelio de esta bella historia, también hubo un maestro, Don Salvador, un mago de la tiza que daba las clases al aire libre mientras iniciaba a sus alumnos, a través de las colmenas del coto escolar, en el más estricto espíritu emprendedor. De aquel néctar bebieron Julio y los alumnos que quedan y que aún hoy, ya sin maestro, celebran todos los años para San Sebastián los días felices de aquella escuela.

Aunque no lo parezca al ver la magnitud de su obra final, ésta es una bella y humilde historia social. Hace pocos días lo volví a comprobar cuando un montañés entrado en años preguntaba en el Ayuntamiento de Sabiñánigo dónde vivía Julio Gavín, porque las goteras de la iglesia, poco a poco, estaban amusgando lo poco que les quedaba en el pueblo del pasado común.

Y es que aquel niño inquieto que sacaba punta a los lápices de los demás en la escuelita de Sabiñánigo, en realidad no ha dejado de hacer obra para el resto a lo largo de todasu vida.

En un cruce de tiempos, circunstancias y formas de ser, nadie podrá catalogarle, porque mal puede explicarse la acracia en un caballero andante que iba todos los días a la fábrica y que se hizo ilustrado compartiendo sueños con un sacerdote de miras sociales. Don Salvador, el maestro, Don Antonio, el sacerdote investigador y utópico, Retortillo, el ministro valedor, Regino, el guía del museo, Peridis, el arquitecto, Nazario, el jardinero...; todos ellos, junto a varios cientos más engarzaron con la cosmovisión de Julio para dar forma y personalidad a una comarca mutada por la despoblación y el cambio social.

Pero, antes de pronunciar la palabra clave, la de Amigos de Serrablo, habrá que decir que la fragua que llevaba dentro aquel niño, que en la escuela ya sacaba punta a los lápices de los demás, le había llevado a ser futbolista y entrenador del Atlético Sabiñánigo, fundador de la Asociación filatélica y concejal de parques y jardines, la mejor encomienda para transformar un paisaje margoso y para hacer brotar en una población nueva un orgullo de identidad.

Así, poco a poco, pero sin tregua, como cuenta Jean Gionno del pastor provenzal, así comenzó aquella bella historia urdida entre la estación del tren y las fábricas.

Todo lo que Julio soñaba o quería transformar, antes lo dibujaba para los demás, los objetos que luego formarían el Museo etnológico, las chimeneas y detalles artquitectónicos que, después, ilustrarían un libro, los milimétricos planos de las ermitas que, a continuación, iban a ser restauradas... Así comenzó a cambiar un rincón del Pirineo, gracias a los dibujos que Julio hacía para los demás.

Primero fue la recuperación de aquel sonoro topónimo olvidado –Serrablo-, a la par, la reconstrucción de aquel rosario de iglesias, mestizas de alma como Sabiñánigo y desparramadas por las orillas del río Gállego; a continuación, la recuperación del patrimonio etnográfico de la zona y la creación del Museo de artes populares; por las mismas fechas una eclosión de actividades diversas, de ganas de saber, indagar, dar a conocer y prestar asesoramiento cultural no sólo hacia Serrablo, sino hacia cualquier lugar donde una humilde asociación lo pedía. Y, finalmente, la realización de su sueño encastillado, la obra más personal, casi solitaria, el Museo de Dibujo Nacional de Larrés (¡qué bonito y cuánto dice el nombre de la forma de entender las cosas Julio!).

Ignoro si llevó un diario de anotaciones. De no ser así, sobrará con el boletín de la asociación, luego, Revista Serrablo, para saber los cientos de conferencias, proyecciones, viajes y ayudas que prestó como una auténtica ONG de la cultura. Ayuda Museo de las mujeres de San Juan de Plan, Ciclo en el Museo Arqueológico Nacional, encuentros de la Juventud y patrimonio en Cabueñes 93, cito sólo tres esquinas de las decenas de recuerdos que se agolpan en mi cabeza...

En fin, Julio, como aquel pastor provenzal, pasará a la posterioridad, se estudiará su trabajo y el fenómeno sociocultural de Amigos de Serrablo, pero lo más importante, lo que no se debe olvidar, es el espíritu que ha unido a dos hombres distantes en el tiempo y la geografía: el altruismo y el amor por la obra bien hecha.

Por ello, hoy que el legado de Julio Gavín y Amigos de Serrablo es tan grande, en piedras recompuestas y lazos humanos, desde Serrablo a muchos lugares de Europa, bien está que se aproveche la verdadera plusvalía de su obra, que no es otra que su actitud pedagógica, universal e independiente alrededor de la salvaguardia del Patrimonio histórico-artístico.

Quienes recojan el testigo no estarán obligados a tanto, porque no todo el mundo puede aguantar dentro de sus entretelas, como Julio Gavín, la Fragua de Vulcano, aunque sí que deberán recoger el bello espíritu de un hombre que, en un Pirineo economicista como el actual, jamás se preocupó de su patrimonio, sino que sólo lo hizo, como aquel pastor provenzal, por el de los demás.

Gracias Julio, aunque ya te las di, una vez más, en el Molino de Periel hace un mes. Perdón por la osadía del dibujo con que acompaño el escrito. Me da que te va a gustar...