El hombre que dibujaba el mundo

Supongo que personas que lo conocieron y trataron más que yo harán el perfil biográfico y humano de Julio Gavín en esta revista suya a la que tantas horas dedicó. Así que yo me limitaré a contar la importancia que para mí tuvo mi tocayo, que sin duda es más de la que imagino. Al fin y al cabo, la influencia de unas personas en otras no está tanto en el tiempo de relación como en la sintonía que entre ambas se establece. Y mi sintonía con Julio (sintonía y simpatía, por lo menos por mi parte) fue infinitamente mayor que el tiempo que pasamos juntos.

Conocí a Julio Gavín de una manera azarosa, de un modo que, al mismo tiempo, explica mucho de su carácter. Fue por el mes de enero de 1987, a raíz de haber publicado yo en el diario El País un adelanto de la novela que estaba escribiendo entonces y que saldría un año más tarde: La lluvia amarilla.

El título de aquel anticipo: Nochevieja en Ainielle, sorprendió tanto a Julio, según me dijo, que inmediatamente se puso a buscar mi rastro, cosa que consiguió a través del periódico, uno de cuyos redactores me llamó por teléfono para decirme que un señor me andaba buscando. El señor no era otro, claro, que Julio Gavín, quien, al otro lado del teléfono, me mostraba su extrañeza y su emoción al desvelarle yo que aquel texto que había leído en el periódico no era un relato, como creía, sino el anticipo de una novela. No hace falta que diga que, al instante, Julio Gavín se ofreció a enviarme todo lo que precisara (mapas, planos, publicaciones, etc.) para perfeccionar aquélla, cosa que, en efecto, hizo, y a acompañarme por Sobrepuerto cuando regresara a él. Lo hice ya publicada mi novela y recuerdo que me acompañó hasta Ainielle junto con un nieto suyo y Enrique Satué, su discípulo, amigo y confidente, y que aquel día nació una amistad que duraría ya hasta su muerte. Una amistad cimentada en la sintonía, más que en la frecuencia de la relación, ya digo.

La última vez que lo vi fue pocos días antes de que muriera. Lo hice junto con Enrique, aprovechando un viaje a la Feria del Libro de Huesca. El, el gran minotauro de los Pirineos, el hombre que casi solo levantó todo un mundo de sueños y de esperanzas en un sitio y en un tiempo que se prestaban poco para el romanticismo, el hombre que dibujaba todo lo que veía, yacía ante nosotros derrotado por lo único que podía hacerle dejar el lápiz y la sonrisa: la enfermedad. Miré a mi alrededor: la habitación, la escalera, el pasillo…, allí estaba todo lo que había construido en una vida de trabajo sin pedir nada para sí que no lo fuera también para sus vecinos: dibujos y más dibujos en ese estilo suyo característico, mezcla de realismo y de evocación poética, que eran todo su legado después de toda un vida soñando un mundo mejor.

Descanse en paz.